Me enamoré del retrato ajeno.

Me enamoré del retrato ajeno.

Aquella estrella que deslumbraba en la gran manzana, era ella.

La fuente de inspiración que tanto anhelaba había llegado, pues no encontraba motivo que extrajera de mi ser el talento que tenía para fructificar retratos. La aceché durante semanas, y sin ser visto iba pedazo a pedazo fotografiando con mi mirada su bello rostro, no dejaba perder ningún detalle hasta que un día una traba llegó a mis ojos. Un incorregible lunar posaba sobre su mejilla, quería plasmarlo sobre el lienzo como cualquier lunar, pero éste tenía un peculiar hábito de cambiar de lugar cada vez que a ella se le escapa una sonrisa ficticia, cuando reía a carcajadas o cuando fruncía el ceño por un piropo mentecato que le lanzaba el barrendero del sector. Esa era la parte final que me faltaba, al echarle briznas de amor y paciencia logré crear el vivo retrato de ella, pero había dedicado tanto tiempo a la pintura que me olvidé de su progenitora, ese amor carnal que existía por ella se lo había transmitido a su retrato convirtiéndose en un amor pintoresco y lleno de colores que era más mío que de ella.

Mantuve esa llama viva cada mañana al despertar y verla allí colgada junto ala ventana cayéndole rayitos de sol que adornaban su belleza.

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