Esta ahi y todos saben quien es, pero hacen como que no existe; todos se quejan de los efectos de lo que vende, pero eligen no ponerle rostro ni nombre al problema.
Es comprensible el miedo, pero inaceptable la queja vacia e inutil que es solo ruido para contentar a los habladores que gobiernan la opinion publica, sin correr ningun riesgo. Esta ahi en esa esquina que hace ya cuatro años, hizo suya de prepo, a toda hora y a plena luz del dia. Para el no hay restricciones de edad, religion, ideologia, sexo, clase social, les vende a todos por igual.
En el barrio todos saben donde vive, pero si alguien les pregunta sufren de una repentina amnesia, siempre y cuando ese alguien sea quien pueda ir a pedirle al fulano explicaciones acerca de su actividad. Los menesterosos que son producto de lo que vende, se amontonan en baldios o plazas desatendidas en las afueras del barrio; esos tambien son invisibles, pero dejan de serlo por algunas horas o dias, cuando alguno roba o asalta a alguien para pagar su boleto al averno.
El que vende sabe cortar su producto para sacarle redito, y no le interesa la satisfaccion del cliente o el reproche por calidad, el sabe que ahi en su esquina nadie le va a enseñar como manejar su negocio. Tiene ojos al rededor de las manzanas lindantes, por si algun atrevido osa sacarle el monopolio de la venta del producto, tambien para enterarse si alguna «gorra» es parte del acuerdo o no, y si alguien o alguienes tienen la lengua mas rapida que el cerebro.
En el barrio donde el vive, hay obreros de la construccion que le compran, empleados de comercio y madres solteras con sus hijos en andas, que despues hacen la morisqueta de llevar a los crios a la escuela. El que vende sabe como se mueve ese mundo fragil del que vive, y entiende que la unica forma de hacerlo durar es proveyendo a los que consumen, y a los que son socios con la vista gorda.
Pero en el ambiente del que vende, las normas o las reglas estan atadas a la capacidad de violencia que se impone, cual si fuese un leon protegiendo a su aren de hembras. Y como «a todo chancho le llega su San Martin» al dueño de la esquina, al unico que vende en el barrio, estaba a punto de darse cuenta que su quiosco estaba en los planes de un fulano que si lo ve, pero como a un tranza de jardin de infantes que solo sabe cuidar un insignificante seudo imperio del vicio.
En la madrugada entraron los matarifes, y lo hicieron sabiendo quienes eran sus mirones, por eso estos no los anunciaron, le cayeron encima al que vende, ahi en su esquina donde habia construido su invisibilidad; primero gritaron su nombre y cuando respondio al llamado, vio y sintio al unisono los destellos y aguijonazos ardientes que le atravesaron el pecho y el abdomen.
Era curioso, en esa esquina y en toda la cuadra nunca hubo tanto silencio, nadie salio a ver, parecia que a nadie le llamo la atencion la docena de fuertes chasquidos; tampoco hubo sirenas, solo balizas azules y verdes cortando el inexistente transito. Cuando el sol salio, todos pisotearon el charco de sangre semi seca del que nadie conocia y al que nadie veia en la esquina vendiendo; los obreros, empleados de comercio, estudiantes y madres solteras consiguieron su vicio al rato, de manos de un nuevo inexistente, que no tenia esquina sino un vehiculo que comodamente lleva a domicilio.
El mundo y lo vendido siguen su derrotero, los que venden crecen luego caen y los que compran, sacan a relucir su hipocresia mostrandola como libertad de pensamiento.
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