Sinceramente tuyo. Carmen Alicia

Acabo de despertar, y esto es lo primero que quiero hace antes de cualquier otra cosa. No es normal que la inspiración fluya tan temprano en mí, y tengo que dejar esto para mis recuerdos de un imparable y venidero futuro.

Soñé contigo. Estabas ahí conmigo. Estábamos en un lugar que no conozco, un lugar que mi mente se esforzó por construir para darnos esa libertad que nunca tuvimos. No estaban tus padres, no estaban mis padres. Éramos básicamente tú y yo rodeados de un montón de desconocidos que complementaban el sueño para hacerlo más creíble.

Estábamos acostados viendo videos en tu teléfono. Yo te abrazaba, podía sentir tu tersa piel junto a la mía, incluso recuerdo las sensaciones exactas; pasaba mis yemas por tu cuerpo, por todo absolutamente, y no fue sexual, más bien se convirtió en una forma de conexión, de comprobar que en verdad estabas ahí. Esa conexión nunca la había sentido en un sueño. Sé que fue real, sé que sucedió. Nadie podrá arrancarlo de mí. Ni siquiera tú.

Y es que no es algo que pase a menudo, pero me hizo darme cuenta de algo. El recuerdo, los días que han pasado. Aún existes en mi realidad, y secundariamente, en mis pensamientos. Tal vez no tú, pero sí. Ese recuerdo es el que se quedó. Esa niña dulce y tierna. No sé si seas lo mismo hoy, pero aunque no lo seas, lo sigues siendo.

La última vez que te vi en ese sueño, aún había sol. Subí a un autobús, no recuerdo para qué. Te vi a través de la ventana, estabas sentada con un niño que se había perdido lejos de su madre. Sé los detalles porque fue mi sueño. Tú cara era de preocupación. No sé a dónde iba, pero me alejaba. A unas seis calles decidí bajar. Comenzaba a llover y todo se hacía gris. Apenas bajando del bus encontré mi mochila, esa mochila vieja y gris, medio abierta y medio mojada, contenía un libro y un ramo de rosas de papel. La tomé y comencé a caminar de regreso. Los minutos se hicieron horas, apenas caminar tres calles ya estaba totalmente oscuro, según el reloj de la calle, eran las 9:48 PM. Sabía que al regresar, ya no estarías ahí, y era lo que más dolía. Saber que es muy improbable que regreses a mis sueños de la forma que lo hiciste y haberte dejado ahí, no podía con la idea.

Cuando asimilé que ya no estarías ahí, desperté. Ya no tendría más sentido mane tenerme en un sueño en el cual, al igual que en el exterior, me lamentaría por las decisiones que de vez en cuando tomo. La idea era despertar a las 6:30, pero volví a dormir y justo ahí naciste tú en mi sueño. No sé de dónde, tal vez de la última vez que vi una foto tuya y vi que ya tenías alguien a tu lado. Han sido demasiados años sin vernos, pero insisto, la mente no deja morir los buenos recuerdos y por supuesto, no dejaría que te fueras de mí.

No sé si algún día volvamos a vernos, pero ese sueño ha quedado grabado en mí, y definitivamente tú recuerdo vivirá ligado a mí hasta que me obliguen a olvidar y a dejar esta pocilga de constantes cambios.

Te quedas después de tantos años por lo que alguna vez fuiste, por lo que alguna vez fuiste y representas. Te quedas porque el recuerdo del pasado sigue presente, y aunque el presente no mantenga relación con el pasado en ese aspecto, me demuestra que puedo mantener la esperanza en que algo distinto puede estar a la vuelta de la esquina. Eres lo que alguna vez me hizo falta, eres lo que hoy me hace falta, y aunque el recuerdo distorsione lo que puedes ser hoy, el recuerdo sigue aquí. Y créeme que eres una de las personas por las cuales voy a luchar para llegar lejos. Hoy soné contigo, soñé que las horas pasaban mientras me alejaba, luego intentaba regresar y ya no estabas, y justamente así paso. No sé si se pueda hacer algo hoy pero el recuerdo sigue existiendo dentro de mí y me encargaré de que no muera.

Carmen, sigues siendo algo dentro de mí.

Sinceramente tuyo,

Carlos.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS