En mis reflexiones mañaneras y otras nocturnas, me salió una frase muy cierta. De esas veces que una está limpiando con todo el corazón y se pone a analizar lo que hace y dice… Dado que no salgo mucho por la contingencia y porque soy parte de la población en riesgo (aunque dicen que a los asmáticos no les produce nada y otros dicen que sí. Me gustaría pensar que no, porque a nosotros ya no nos puede ir peor).

Durante este tiempo de salidas escasas y de rutinas muy relajadas, de las pocas veces que hablo con las personas vía redes sociales y de los escenarios que siempre me invento, he sido buena y mala persona.

Bueno, depende mucho de perspectiva y en realidad, yo soy muy temerosa de hacer el mal (también lo he hecho a propósito contando con que el karma/universo/Dios/ etc., me lo cobren luego) y si lo hago, muchas veces es por mi tendencia a no entender al prójimo porque me recluyo mucho en mis propios mundos.

Todos somos los malos en las historias de alguien. Muy a veces, porque los narradores de esas historias siempre han sido víctimas hasta de sus propias decisiones. Causa y efecto. Las pocas veces, porque decidimos dejar de pendejear por la vida y tomar el toro por los cuernos, con miedo, vamos zangoloteados por el toro llamado «Valor». Es ahí cuando la gente cambia de parecer hacia nosotros, porque siempre fuimos el conforte, pañuelo de lágrimas, solucionador de problemas y casi nos van chupando las ganas de vivir cual garrapata en oreja de perro. Vaya, como si se le hubiese subido el muerto, literal no está ahí pero, es esa tensión sobre los hombros.

Hay personas que con solo mencionarlas, a uno le produce un choque eléctrico en el cerebro que da dolor de cabeza.

Somos víctimas de las acciones de los otros y dejamos de serlo cuando nos cansamos de lamentarnos. Muchos de nuestros errores de perder personas, cosas, trabajos y a nosotros mismos han sido gracias a que llegamos a la zona de confort. Odiosa. Nos rendimos cuando parece que no nos sucede nada y no nos damos cuenta que dejamos de hacer muchas cosas y cuando remembramos esos momentos sólo se quedan en memorias porque ya no tenemos ganas de hacerlas.

Cuando llegamos al fondo de la nada es que todo ese caos que un día parecía tranquilidad pura, se va reacomodando con cambios que no nos gustan y que no entendemos. Luego, el sol brilla de nuevo y después de tanto relajo, nos reímos del pasado.

Siempre decimos qué hicieron y dijeron. También decimos qué hicimos y dijimos. Eso sí, somos villanos con motivos muy justos, razonables.

En realidad, sólo fuimos muy humanos y aprendemos a vivir con eso (superación), buscamos la manera de tener la última palabra (rencorosos activos), esperando el karma (para los rencorosos pasivos) o alentando al olvido (para los que pueden).

De lo que uno debe estar consciente es que para unos será el chingón y para otros, el pendejo. Villano, en cualquier bando. De cualquier modo, a cada quien le llega su momento de aceptarlo y el mío ya llegó.

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