Tumbado en su cama, Martín se ha propuesto ser okupa. No uno como los que aparecen en los telediarios, él tiene estilo propio. Desde que hace unos días conoció a Inés, un sol de zamorana, ha decidido que va a romper los candados de su cuerpo y atravesar la puerta de su mente.

Lo hace por venganza. Ella no dudó en inundar su cabeza con esa agradable voz que resuena y, oponiéndose a la ciencia, nunca pierde intensidad. Es más, tuvo el valor de sonreírle sabiendo que cuando cerrase los ojos al dormir, ese gesto resplandeciente le perseguiría cual gato de un maravilloso país hasta sus más lejanas aventuras oníricas.

‘¿Por dónde empezaré? Debe sentirse como me encuentro yo, como un esclavo que sonríe complacido al recibir los latigazos su amo, un perro después de nacer un bebé en casa o un espía en un tanque de tiburones. ¿Cuál será mi estrategia?

Improvisar no funciona, necesito un plan de ataque cerrado. Podría hacerme notar sin ningún tipo de sutilidad. Llegar, darle una patada a la puerta y meter todos mis trastos a discreción. Ponerme en pie de guerra, gritar a los cuatro vientos que ahora vivo aquí y cuidadito quien quiera acercarse. O de manera más sibilina, romper una pequeña ventana y gradualmente llenar el nido de mí mismo hasta que sea imposible negar que me he adueñado de todo. Observa y adáptate, Martinete.’

Pero le asolan las dudas. ¿Y si Inés, glorioso ángel estampado en este infame mundo, ya está siendo okupada por otras personas? Padres que afianzaron los cimientos de su actitud, amigos y hermanos que pintan las paredes de chillones colores y profesores que, ladrillo a ladrillo, han ido dándole altura a sus metas y amplitud de conocimientos. A su vez puede que aún habiten fantasmas del pasado que todavía la provoquen temblores al mencionarlos, o fenómenos paranormales que hagan que actúe de formas carentes de toda lógica. ¿Aprenderá a vivir con ellos, apreciando lo que aportan o tratará de expulsarlos para monopolizarla, por culpa de sus inseguridades, celos o envidias? No sabe cómo reaccionará, solo desea sentirlo en sus carnes.

¿Cuánto duraría la okupación? No quiere pensarlo, prefiere disfrutar día a día. Descubrir si la calidez de esa tarde fue algo puntual, si era solo cordialidad típica de un anfitrión o si posee el secreto del fuego griego. ¿Y si se aburre de vivir allí? Las mudanzas son tediosas, complicadas y siempre se pierde algo en el camino, pero en ocasiones necesarias. ¿Y si pierde el trabajo? Al menos no paga hipoteca. ¿Y si con el tiempo se llena de grietas, el techo se cae y las ventanas se ahúman impidiendo ver el exterior? Es ley de vida, pero cuando uno siente suyo un lugar para echar fuertes raíces, todo se convierte en nimiedades sin importancia. Y si, y si, y si, si si… ¿No decía que no quería pensar?

Como consiga entrar, tiene claro que irá visitando de una en una todos los rincones de los que se compone la morada. Se deleitará en la cámara de la creatividad de los cuentos, sinfonías e ideas imposibles con la misma inocencia que un niño la primera vez que siente el mar. Pasará horas en el diván de la biblioteca de la memoria para comprender las bases y los pequeños detalles que, unas veces brillantes, otras veces opacos, hacen de esta arquitectura algo única. Tomará un vermut en el jardín de la pasión, viendo como unas flores crecen fuertes y grandes mientras otras florecen y se marchitan de forma efímera sin llegar a soltar ningún aroma. En el despacho de la ética fumará un cigarrillo mientras trata de comprender la calidad de los materiales usados a la hora de hacer frente a distintos retos y actitudes. Y pese a haber decidido no hacer ningún tipo de reforma, da por hecho se armará de paciencia y tesón para airear la buhardilla de los miedos quitando esa gruesa capa de polvo que por momentos hace perder el valor del inmueble.

Martín sonríe cansado porque, sin haber movido un dedo, se nota cambiado. No es el brillo en sus ojos, ni su corazón latiendo violento, tampoco es el trastorno de mirar el móvil cada minuto. Es decisión, arrojo y deseo digno de un pirata que viviera en el siglo XXI, algo impropio de él, pero le puede el sueño, como de costumbre. Siente que no será hoy, pero mañana comenzará todo, lo siente.

Y todo se oscurece, para alumbrarse de inmediato, por sus sonrisas.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS