Relatos desde la Pandemia #11

Relatos desde la Pandemia #11

Lo único que habían tenido en común, hasta ese día, era la afición por ver películas de Jodorowsky y comer helado de chicle. Ramón Valadez notó, durante la evolución de la pandemia, y sin mucha sorpresa, que Natalia Serrano era una mujer insoportable, pedante y francamente horrible. El encierro y las video llamadas por facebook los habían obligado a mantener su romance  de la manera más histérica que la vida contemporánea permitía. Natalia Serrano, por su parte, vio en Ramón Valadez al hipocondriaco y paranoide pusilánime más insufrible, sin sorprenderse mucho, tampoco. Siempre sacándose mocos de la nariz, pensando que el zoom de la cámara en él no aplicaba, hablando de estadísticas, datos probabilísticos y la curva de contagios del Instituto Hopkins. Ella, siempre con una cara de hastío, con el cabello revuelto, sin cambiarse de pijama y suplicándole que se sacara la verga. «¡Algo tenemos que hacer pendejo, lo único que haces es hablar de López-Gatell! Si eres puto, mejor dímelo y dejo de perder el tiempo contigo.» El encierro había mermado en el amor propio y en la vida sexual de ambos. 

Intentar masturbarse frente al monitor fue la cosa más oprobiosa que Ramón había hecho hasta ese día; la erección resultó imposible y tras varios intentos frenéticos desistió. Natalia reía con sorna, afilando esa nariz puntiaguda que Ramón tanto llegó a odiar. «A ver tú, estúpida, métete un dedo en el culo y enséñame». Natalia no dudó un instante y se dio la media vuelta, pero sólo pudo enfocarse una imagen borrosa de algo que parecía encaje y piel humana. Después de un rato Natalia le mostró el dedo como prueba irrefutable de su hazaña. «No se vio ni madres, no puedes ni enfocar la cámara, a ver, te enseño idiota». En un despliegue de logística poco usual, Ramón Valadez le dio un tutorial, a su entonces novia, de como enfocar una cámara y, posteriormente, se metió el dedo en el culo. Tras un rato de forcejeo y sudoraciones Ramón se volteó para demostrarle el dedo a Natalia. La chica estaba estupefacta y sólo alcanzó a decir: «Papi… Métete un plátano, mi amor». Ramón sintió un escalofrío, pero no dudo ni un instante. 

La sesión duró lo que tuvo que durar y se usaron los objetos que el destino puso a su alcance. «Creo que hemos terminado Natalia» le dijo, agitado y falto de aire, Ramón Valadez, bañado en sudor y con una extraña expresión en el rostro. «Sí Ramón, lo comprendo. Te voy a extrañar». Nunca más volvieron a hablarse.

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