Me acerque lentamente a ella y la mire a los ojos. Sus ojos te decían todo lo que estaba sintiendo, te describían su angustia perfectamente. Era una angustia profunda, pero se notaba que era reciente.
No me animé a preguntarle que le pasaba. La abracé en silencio y sentándome, la miré esperando que ella sola decidiera contarme. Tardó menos de lo que yo esperaba en darse cuenta de mi intención, y empezó a contarme lo que le pasaba. Luego de un segundo abrazo que le dí cuando termino, le mostré la manera que yo encontraba para sentirme mejor. Caminamos un buen rato por la playa hablando de la vida de ambas, al anochecer me acompaño a casa y prometió volver, y como todas las promesas que me ha hecho: la cumplió.
Y como si fuera una tradición desde ese momento, siempre que ella venía íbamos a la playa a caminar y a ponernos al día.
Tres años después mi vida se puso cuesta abajo, en el único momento que encontraba un segundo de paz era al verla, abrir la puerta y encontrarla esperándome para ir a caminar y contarme todo, ansiosa por saber que fue de mi vida. Nunca le puede decir todo lo que me estaba pasando, su mirada buscaba en mi felicidad, nunca pude desilusionarla.
Un día, después de 6 meses de que mis padre murieron en un accidente de tránsito, decidí que ya no iba a aguantar mas con mi tía. Escribí una carta:-«Perdón por no estar para esperarte, pero tenía que irme, buscame que vos sabes donde encontrarme»-fue para despedirme de la única persona que me importaba.
Intente aguantar mas, y realmente lo hice.
Un día llegué a casa después del liceo y me encontré con mi tía diciéndome que en dos meses nos íbamos a ir del país. Pero yo no me podía ir, yo tenía que seguir estando ahí para esperarla a ella.
Tomé la carta que había escrito cinco meces atrás y junto a un papel mal recortado que decía: «dásela a ella cuando llegue». Las dejé en la mesa de la entrada.
Me fuí a la playa y me despedí de ese hermoso lugar que por tanto tiempo había el único lugar donde me sentía bien. Caminé tres cuandras hasta el túnel, y esperé cinco segundos, fueron los únicos que necesité para terminar de despedirme de todo.
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