Anoche, cuando estoy por acostarme, me anuncian que puedo mudarme de cuarto con la promesa de más tranquilidad. Me dicen algo sobre unas goteras, pero estoy tan entusiasmado que no lo escucho.
El hijo de Guglielminetto, escoltado por el rottweiler, me conduce al cuarto.
Se accede por una inquietante escalera de madera, muy angosta, que parece haber sido fabricada de emergencia un minuto antes de mudarme. El material recuerda a los cajones de manzanas. Así cruje al subir: un crujido muy diferente al del descenso, una caída diferente, pero las mismas astillas de cajón de manzanas penetrando en la piel e infectando de tétanos.
Está prolijamente pintado de color bilis claro sobre los ladrillos sin revoque. Parece una celda, un depósito, un lugar donde guardar objetos que estorban.
Un optimismo repentino no me permite renunciar: es mi nuevo cuarto, con su crepitante piso de madera y su cielo raso de largueros a la vista en los que se lee alguna marca extranjera fácil de encontrar en el margen de algún puerto.
Desde la calle puede verse una minúscula ventana, justo arriba y a la izquierda de la portezuela que da al patio siempre mojado, siempre oliendo a orina y heces de perro mezcladas con cloro. Imaginé a veces que era la ventana de mi cuarto, aun después de conocerlo y ver que no tenía ventanas. El tirano Guglielminetto había dicho que mi ventana tenía unos malvones que daban a la calle, igual que esa. De ese modo, siempre que estaba frente a la puertita, antes de que el rottweiler me tirara un frustrado tarascón a la pantorrilla, pensaba “ahí está mi cuarto, ya subo”. Luego, olvidando ese pensamiento, dormitaba asfixiado en mi habitación sin aberturas.
Al subir la escalera se escuchaba siempre un graznido, a veces combinado con una horrible tos, otras con un llanto mitad gruñido. Lo escalofriante era esa respiración humana, discontinua, indecisa, pero perseverante, como si quisiera dejar claro que quien respiraba no prolongaba su vida para el bien de sí mismo, sino para el mal ajeno.
Hay unas brechas en la pared junto a la escalera. La pared es una especie de cerco de maderas más o menos apretadas. Pero aun así un cerco, no más grueso, no más arquitectónicamente elaborado. Las grietas entonces son apenas la separación razonable entre las tablas de esa materia que componía la escalera.
Por fortuna, hay que detenerse demasiado para ver lo que ocurre del otro lado y nunca tuve el valor. Pero se dejan percibir los vaivenes de un cuerpo que se interpone entre cierta luz, tal vez la de la ventana de los malvones, y la pared del cerco.
Es la habitación de el magister. Desde la mía podía escuchar cómo, con una repugnante afectación y un forzadísimo acento germánico, decía “está por llegar mi alumna” y más tarde “oh, acaba de llamar, no ha podido venir”.
Rápidamente, y sin siquiera quererlo, decido que la elección de una chica joven para fingir que tenía alumnos responde a una redundante perversión.
Pero prefería no seguir pensándolo.
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