(Extracto de la novela «El preludio y la fuga»)
Despierto cerca del mediodía con pocas fuerzas y con demasiadas memorias. Hay un chirrido en mi cabeza, que también es un recuerdo. Me levanto, me cepillo los dientes, me lavo la cara. El ruido va mutando. Evoluciona hacia una incoherencia insalvable. ¿Nadie se dio cuenta de que el tiempo me borró? Si el chirrido en la cabeza hubiera persistido, lo hubiera guardarlo como el único recuerdo auténtico. Pero eso, como todo lo demás, también se terminó.
Es lunes. Pronto llegará otra advertencia de Berti. En la calle llueve. Llueve desde hace tiempo: cuando no llueve afuera, llueve adentro. Ese día prefiero estar afuera. Tal vez Claudia trata de comunicarse, creyendo que no me deshice del teléfono. ¿A Eugenia o a Claudia le molestaba que usara palabras como “diantre” o “pescuezo”? Creo que a ambas. Detrás de esas cosas se escondía el germen de la soledad.
***
“No respirás cuando dormís”, me dice Eugenia una mañana apenas abro los ojos. Mi primer impulso es disculparme. No quería parecer raro. Algún tiempo después, riendo, vuelve a decirme que no respiro mientras duermo. Hasta que un día, dándose cuenta de todo, me dice alarmada: “¡vos nunca respiras!” Entonces no me animé a responderle, sonaba demasiado seria.
No le presto demasiada atención hasta esa mañana cuando volvió a referirse tan líricamente a mi raro caso de hipopnea. Había estado escuchando ardientes explicaciones acerca de por qué yo era tan especial, ninguna verosímil. Mi respuesta, tácita, como casi todo lo que hago, era una súplica de que dejara de explicar. A veces las objetaba con lacónicas refutaciones, concisas pero escrupulosas en pruebas. Ella insistía en no escucharlas y lloraba.
Mientras tanto, como si yo fuera una estepa baldía, ella me había ocupado. Al igual que una estepa baldía, no encontré manera de oponerme. Un día me di cuenta, horrorizado, de que podría hacerme falta, cada mañana, que me dijera que no respiraba.
En aquellos días Eugenia estaba a mi lado ignorando todo. Yo confiaba en su ignorancia como en un remedio omnipotente, como en una vertiente de la que podía abrevar cada vez que estuviera al borde de la extinción.
La mayor parte del tiempo a Eugenia no le afectaba mi escepticismo. De vez en cuando lloraba, otras veces tenía ataques de pánico. Con el tiempo supe que eran teatralizaciones estratégicas, para demostrarme cuánto le importaba que no le creyera. Intentaba conmoverme, la calmaba un poco y esperaba a que se fuera. Siempre era mejor así: se iba y entonces me encerraba a recordarla y a extrañarla, a veces a llorar por ella, imaginando que me había abandonado. Aquella frase, “no respiras cuando dormís”, dicha con tanta ingenuidad, había sido guardada como una acuarela perpetua. Pero era mejor contemplarla cuando se iba.
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