(Extracto de la novela «El preludio y la fuga»)
El horizonte, esa pretenciosa trinchera amarilla que se ve desde cubierta, se muestra tan fácil de alcanzar que parece ofrecerse con solamente arrojarse por la borda.
Navegamos ondulando la escabrosa tierra de la Costa Esqueleto, propicia para náufragos de todos los siglos y pueblos. Las dunas del desierto persiguen hasta mar adentro a las embarcaciones que, luego de zozobrar en el agua, deben prepararse para hacerlo en la arena interminable.
Estuve padeciendo con imprudencia el violento sol meridional. Fue algo que llamé un sufrimiento tolerable, uno que se vuelve efectivamente intolerable no como sufrimiento sino como circunstancia en la que uno no empieza ni termina de sufrir.
Deseaba estar a la deriva y que nadie me rescate, que nadie se preocupe por mi visión del mundo. Estar a la deriva: dejar de nadar en pleno mar y dejarme flotar y flotar sin mover brazos ni piernas, flotar y más flotar.
Estuve escribiéndole a mi madre, explicándole. Aunque debió haber, no hubo antes de esa ninguna carta. Ahora es cada vez más difícil justificar mis acciones. No solamente porque mis acciones sean cada vez menos justificables a medida que el buque se aleja, sino porque la mente se nubla cuando se acerca al trópico. Era difícil imaginarlo al zarpar ¿Hay un lugar de donde se aleje este buque? ¿A esto se le puede llamar zarpar?
Puedo escribir. Puedo contarle a mamá que, simplemente, hice algunas cosas, como estar acá mismo ahora, en el océano, camino a algún violento embarcadero, expresar las cosas tal como las estuve viendo y advertirle que este barco no dispone de servicio de correspondencia, que la llamaré desde algún remoto puerto africano en unos días.
“A veces, ciertos turistas sensibles, por vacacionar barato y diferente, se embarcan en buques rompehielos o en balleneros”, le escribí a mamá, “tal vez en busca de regiones donde nollegan las señales de celular. Pero no es mi caso. Si estuviera en alta mar o atravesara hielos polares nadie debería inquietarse por mí. Así, yo tampoco me preocuparía.’
’No estoy en un rompehielos, mamá ¿me imaginás en uno? claro que no. Tengo muchos puertos y a todos llego por tierra. Mañana será un día distinto. Quiero decir ¿será? Me embarco con bandera de complacencia.
Te dejo mi corazón y lo que queda de mi capacidad de disculparme por lo que haga.”
Tuve algunos problemas a bordo, un asunto que no me gustaría mencionar mucho. Un hombre de origen turco me atacó con un cuchillo hace unos días. La tripulación vivió con algo de perplejidad el desenlace de esa situación. Todo se debe a un malentendido que empeoró porque no domino ninguno de los idiomas que se hablan en el barco y también porque los que entienden mi idioma, para divertirse, fingieron ser más extranjeros de lo que son.
Me hostigan recriminaciones de la conciencia que con el sopor reinante se reducen a expediciones aburridas y letárgicas por mundos fronterizos en los que soplan el siroco y las pestilencias. Después de eso, termino con una equivocadísima mirada de mis propias tribulaciones. Es como despertarse de una siesta después de un mal sueño creyéndose la persona más desdichada del mundo.
Vivo en un espejismo. Deambulo por un sueño entrecortado, interrumpido por un gato de Angora que trae a sus crías a dormir bajo mi cobija. Vivo en un sueño incoherente en el que estoy muerto. La incoherencia se deja advertir cómodamente. Voy olvidando las calles transitadas a pie, los pedazos de cartón planeando en el viento ceniciento de algún suburbio de La Matanza ¿Cómo podría estar muerto?
La tarde se reclina sobre la línea ambarina del desierto, pero no nos aparta de ella. La
Costa de los Esqueletos permanece a la distancia de las brazadas de un héroe. Imagino, por momentos, que el buque busca el naufragio. Sueña con encallar en un médano submarino y, como por descuido, despojarse de las vulgares y secretas mercancías y de los años de piratería que pesan sobre él. Mis esperanzas, por momentos, se renuevan. Voy sepultando el doliente peregrinaje por estrechos arrabales de Temperley o Morón. Pero sé que no será así. No nos hundiremos. Hay puertos –demasiados, sospecho– puertos no señalados en los que se regatearán mercancías. No habrá naufragio. No hay horizonte. La línea serpentea en el último calor, entre el ocre y el azul. Si este es mi destino, es un destino bastante anacrónico. Pero no lo es. ¿Por qué no lo es? Porque no hay destino, nada más que por eso.
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