Y de repente la vida se me hace pesada incluso cuando sigo estacionada en tus brazos hasta nuevo aviso. Mi cuerpo no te ha advertido que algo anda mal, y la verdad es que tampoco estoy segura de que así sea. Pero me siento repleta. Como si todos los malos pensamientos que alguna vez he tenido se lanzaran contra mi pecho al mismo tiempo.

Me duelen los dedos de las manos, mi piel se sonroja como cuando me da por exponerme al frío en mitad de la noche porque me ayuda a calmar las pesadillas. Mis piernas tiemblan y esta vez no es porque te he descubierto mirando directamente hacia mi escote. Sonrío, pero me siento falsa al hacerlo y al segundo después me arrepiento, porque sé que no puedo volver atrás y deshacer esa mueca patética de mi rostro. Me escuece la cara el acné que nunca he tenido y me urge pintarme los labios de rojo, como si fuese así de fácil: distraerte de las lágrimas que están por escapárseme de los ojos y gritarte que no he hecho nada bien desde que conocimos. Pero por dentro sé que ya estás enterado desde hace tiempo, quizá desde la primera noche en que compartimos la cama.

Fuiste un escape hacia donde tú quisieras llevarme. A tu ritmo. Con tus manos. Bajo tus sábanas. Me gustaba mirarte a las tres de la madrugada y memorizar tus facciones para cuando ya me hubiese aburrido de aquello y aun así no quisiera olvidar tu cara. Memoricé muy rápidamente la forma en que me tocabas. Caricias que ruegan por ser documentadas en el margen de algún libro viejo, de esos que no sacas de la mochila antes de irte a recorrer el mundo.

Y ahora soy yo la que quiere que no te vayas nunca.

Tu respiración sobre mi cuello ha callado a todos mis monstruos.

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