Camine las calles de tú viejo pueblo, las hojas caían como piezas de un rompecabezas y aunque aquí ya no estas te encuentro en los rostros de cada persona.
La brisa golpea mi cuerpo como aquel domingo cuando estuve en tus brazos; cuando tus caricias me elevaron a un éxtasis del que no podía escapar. Un sol tan brillante ilumina como flashes de nuestra historia. La luna me acompaña como lo hacía cada noche al despedirnos y las estrellas pronunciaban como un coro tu nombre al lado de mi hombro.
¡Es tan cruel! Recordar y aceptar que no te diste la oportunidad de haber mirado atrás aquella noche en la oscuridad. El silencio se volvió un cielo estrellado, aquel que tú y yo recordamos de camino hacia nuestro hogar en nuestro primer viaje al otro lado de la ciudad.
De repente se torno gris…
Las estrellas se escondieron bajo la neblina sombría que cubría su resplandor. Cuando el cielo empezó a llorar, nuestros miedos se convirtieron en las sombras de los arboles, las luces de los semáforos quedaban en rojo dando una señal, tan clara y tan real pero decidimos ignorarlas . Las risas se volvieron llantos. Nuestras miradas que abrían paso a nuestras almas, observaban como nos perdíamos en un barranco sin salida y cuando estábamos por llegar notamos que todo estaba perdido y no había vuelta atras,..
Hoy me despido, tus calles húmedas, tu gente carismática y acogedora. Aquellas hojas se secaron, los semáforos retornaron a sus colores habituales. El cielo despejado y las hojas de los arboles volviendo a nacer. Se siente como la segunda vez en la que nos amamos tan apasionadamente y luego nos despedimos con un adiós definitivo, tan destructivo, tan devastador, que nos hizo fragmentos a los dos.
Una historia, entre dos corazones de papel que volaron bajo una tormenta helada, cuando iban en picada, no hubo nada que los salvara.
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