El misterio de la neblina

Un Pegaso sobrevoló ese cielo blanquecino que se abalanzaba como una salpicadura de sal evaporada sobre la cima de la montaña y sus cercanías, apenas visibles por el bramar de la tormenta. Un yelmo opaco y claro relucía intacto portado en la cabeza de la o el jinete del animal de legendas.

El niño, quién yacía en lo hondo de la quebrada, contempló el aire a miles de metros por sobre su cabeza y el vuelo de la esperanza. La bola de nieve gigante con cornamenta, brazos cortos- comparados con la distancia entre aquellos y el cuerpo-, y piernas vastamente gruesas, en frente de él era un obstáculo sólo para aumentar aún más el asombro, no para su vista.

– ¡Una valquiria! ¡No es una tormenta, es la guarida de las valquirias!- afirmó a bocanadas de aire fugaces.

Dos caballos alados más emergieron de la supuesta ventisca impía, la mano derecha de una jinete alzó la lanza; en la espalda acorazada de la segunda domadora de los vientos, un arco tensado ligero y certero; mientras su vigía y primera en aparecer, blandió dos espadas, una en cada guante.

El sonido del cuerno de guerra atisbó a metros de los ausentes orejas del achatado animal que tenía el tamaño de cinco humanos- uno sobre el otro. Su cabeza no sintió el cosquilleo de la melodía rebotando en sus poros, mas sus pelos vibraron levemente, provocando con descaro. La cabeza enorme giró buscando a ese mínimo intento de molestia, antes de ver a la tiradora de flechas y tocadora del instrumento orquestal de la batalla, un sable rasgó su gruesa piel colindante con su cresta lateral izquierda (cornada) y el otro, espantaba al brazo encaminado en su defensa.

Un par de flechas se incrustaron en el hombro derecho, y una recarga extra le llovió en el punto donde se une el brazo con el cuerpo- un poco más abajo. La confusión inundó al atacante que se tornó en presa. Intentó devolver la mano a sus nuevos rivales e inspeccionó su entorno girando sobre su propio eje pisando casi el mismo lugar… fue inútil, la suerte estaba sellada.

El brillo de una lanza color acero filoso cayó en picada, junto con su portadora, apuntando al centro de aquella nevada coronilla. Los gritos de la guerrillera y la enorme criatura se distinguieron nítidamente. El rugir de la lancera resonó hasta los oídos de su Pegaso, tapados por la escarcha flotante en esa nevada acostumbrada.

– ¡Esperen! ¿Ustedes viven en esa tormenta? – preguntó ilusamente el infante.

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