CAPITULO I
Había apostado al Cinco de Oro llevado por una necesidad
de pertenencia a la sociedad. Veía cotidianamente como
personas de todo tipo y color hacían sus apuestas y
escuchaba luego los comentarios respecto a los números tal
y cual que habían salido sorteados. Todos coqueteaban con
el azar, depositando y comentando sus expectativas respecto
a lo que habrían de hacer con el dinero si sus números
salieran sorteados.
Para él, era plata tirada. Alguna otra vez, quizás tres o
cuatro en su vida, había gastado unos pocos pesos en sorteos
similares. No concebía que la buena suerte pudiera
alcanzarlo. Aunque tenía experiencias suficientes de haber
sido tocado por un mal golpe de suerte. Reflexionaba mucho
al respecto. Pero siempre concluía que ninguno de aquellos
golpes había sido tan duro como para ser compensado con
un millón de dólares.
Para él, enfrascado en sus dificultades cotidianas para
llegar a fin de mes, el costo de una apuesta, por mínimo que
fuera, representaba una pérdida en la contabilidad de su
humilde presupuesto.
Cuando se paró en aquél kiosko frente a la cartelera de los
números sorteados, con su pequeña constancia de apuesta en
la mano, lo hizo como quien hace un trámite de rutina. Para
terminar con el ritual. Con el ritual de sentirse parte del
entorno social. Él lo sabía. Iba apurado, como de costumbre,
y apenas se entreparó. Ya estaba programado para cotejar su
desacierto y maldecir la maldita sociedad de consumo y sus
30 pesos mal gastados en aquella apuesta tan meditada.
Sin embargo, el venturoso azar lo había alcanzado. ¡Había
ganado!
Cuántas veces cotejo los números de su papelito con los
de la cartelera, es difícil saberlo. Fueron muchas. A primera
vista, la similitud de los números de ambas partes lo aturdió
un poco. Comenzó a titubear; miró para todos los costados
posibles antes de volver a fijar la vista en la cartelera. Nadie
había a su alrededor aquel temprano lunes de invierno. Algo
no andaba bien. Porque algo andaba demasiado bien. Todo
su interior se convulsionó. Volvió a mirar la cartelera y su
papelito con la mayor atención que pudo. Sintió una
taquicardia. No sin esfuerzo, sacó y encendió un cigarrillo;
un poco para demorar el momento que intuía pero no creía
posible, otro tanto para calmar los nervios. Después de dos
8
enormes pitadas se dijo a sí mismo “dale cagón, terminá con
esto de una vez por todas.”
En una mano el cigarrillo, en la otra el papelito, los dos
pulsos temblando; pero la vista no le fallaba: 04, 11, 18, 33,
42; sus números, los de la cartelera, Cinco de Oro, era
millonario.
Quiso gritar pero no pudo. Apenas una exclamación en
voz baja: “¡saqué el Cinco de Oro!”
Miró para adentro del kiosko y nadie lo miraba. Un sudor
frío bajó por su espalda. Las manos paralizadas sólo
reaccionaron cuando el cigarrillo, aún prendido, le quemó
los dedos. Agarró el papelito, ahora mágico, y lo dobló
como pudo, metiéndolo en el bolsillo de su pantalón y
dejando la mano dentro. Empezó a caminar calle abajo
alejándose espontáneamente del lugar, mientras confusas
imágenes caracoleaban en su cabeza. Se metió en el primer
bar que encontró y pidió un vaso de agua. Sacó del bolsillo
de su corazón, el blister de ansiolíticos que siempre llevaba
consigo se tomó uno; pese a haberse tomado el de rutina
hacía menos de una hora. Quería tranquilizarse a como diera
lugar. Pero no podía. Conversó con el mozo del mostrador
alguna trivialidad sobre el clima, como para volver en sí,
9
intentando hacer que nada hubiera pasado. Pero era
imposible. Tenía que ir al kiosko lo antes posible y superar
la paradójica pesadilla. Le costaba demasiado incorporar lo
sucedido. Tanto era así que alcanzó a pensar que estaba
llegando tarde al trabajo y hasta preocuparse por ello. Sin
siquiera recordar las veces con que había soñado decirle a su
jefe “adiós enano burócrata de mierda, metete todos estos
papeles en el medio del culo.”
El pánico crecía y su capacidad de razonar se batía en
franca retirada. “Quiero ver a mi terapeuta ahora mismo”,
alcanzó a pensar. “Igual, después de todo, no me van a dar
la plata en ese kiosko de mierda.”
Ahora sólo quería entregar ese papelito milagroso a
alguien que lo pusiera a muy buen recaudo; tener el dinero
en el banco lo antes posible y olvidarse de todo. Quería
sortear como fuera todo trámite y repercusión social del
hecho. Desde la felicitación hipócrita del kioskero, la noticia
en el trabajo y sus connotaciones, entre sus familiares y
amigos, y, por supuesto, la aparición en cámaras de
televisión.
Miró su reloj y eran las ocho y media de la mañana. Hacía
media hora que debería estar en la oficina. Decidió irse a su
10
casa y dar parte de enfermo. “En realidad estoy enfermo”, se
dijo.
Mientras viajaba en el ómnibus, siempre con su mano
izquierda en el bolsillo tocando el papelito, trataba de
calmarse mirando a los peatones por la ventanilla. Por
momentos queriendo ser uno de ellos. Recién cuando llegó a
su casa, escondió el papelito, y dio su aviso al trabajo, se
alivió un poco. Se desplomó en el único sillón de su
pequeño living y comenzó a divagar. Casi nada respecto a lo
que haría con el dinero. Mucho, respecto a por qué le había
sucedido a él semejante cosa. Varios nombres pasaron por
su cabeza para comunicar la noticia: el de sus dos hermanas,
el de su terapeuta y otros. No reparó para nada en su madre,
ya senil, y deseó como nunca, desde hacía tiempo, que su
padre estuviera vivo.
Despotricaba toda su bronca contra sí mismo por el miedo
que sentía. Miedo, por cierto agravado, pero similar, al que
sentía cuando alguna cosa buena le sucedía sin que él
hubiera realizado un sacrificio para ello. Se daba cuenta,
ciertamente, de que esto era distinto. Podía llegar a cambiar
su vida sustancialmente. Se consolaba un poco pensando
que ningún semejante podría tomar un hecho de tal
11
magnitud a la ligera. Pero también se daba cuenta que su
pánico era desproporcionado. Y que, la raíz del mismo,
estaba en que él no era un “apostador esforzado”. De haber
invertido unos cuantos miles en juegos durante algunos
años, tal vez se sentiría merecedor, pensaba. Ç
¿Dormir? Imposible. Callar, ¿hasta cuándo? No tengo
alternativa, pensó. Tengo que actuar, se dijo. “Paso por paso
tengo que atravesar este misterio hasta incorporar lo que me
pasó”. Finalmente, decidió llamar a su terapeuta y pedir una
sesión extraordinaria y urgente.
12
CAPITULO II
— Bueno, ¿qué pasó? — dijo su terapeuta a las dos y media
de la tarde del mismo día.
— No lo puedo creer, respondió Fernando Torres,
extendido en el diván con las manos tapando sus ojos.
— ¿Qué cosa?
— Que saqué el Cinco de Oro
El tono de voz de Fernando fue apagado y lacónico, como
era su costumbre al iniciar las sesiones. Los nervios casi
habían desaparecido. La ansiedad también. De algunamanera, y él lo sabía, siempre iba en busca de su terapeuta,
más para recibir una absolución o un permiso que para
analizar lo que realmente le sucedía. Aunque su terapeuta,
Daniela Ordoñez, nunca cedía a la seducción infantil de
Fernando.
— ¿Cómo dijo? — repreguntó con el énfasis que ameritaba
aquella confesión, ya se tratara de una metáfora o de una
información literal.
— ¡Que saqué el Cinco de Oro!, la voz de Fernando subió
13
de tono y cambió de acento,– que me gané casi un millón
de dólares y que estoy cagado hasta las patas y que parece
que el mundo se me viene encima – Fernando comenzó a
llorar.
A su terapeuta le costó mucho aferrarse a su ortodoxia
analítica ante aquella situación impredecible y sin
precedentes en su consultorio.
— Bueno, lo felicito – dijo con la voz más firme y serena
que pudo, tras un minuto de pausa. Y agregó – el dinero es
objetivamente algo de mucha utilidad…
— Pero yo no soy objetivo – interrumpió Fernando entre
sollozos.
Ordoñez estuvo tentada en retrucar “que nadie es
objetivo”, pero prefirió callar ese aserto tantas veces
trabajado con sus pacientes y esperó a que Fernando
volviera a hablar por propia iniciativa. Como éste se
mantenía en silencio, dijo – hable, dígame lo que piensa —
— Nada coherente.
— No importa, lo que sea, — insistió
— ¿Por qué me pasan a mí estas cosas?
— ¿Qué cosas?
— Sacar el Cinco de Oro
14
— ¿No hizo usted una apuesta?
Fernando enrojeció de furia. Odiaba cuando su terapeuta
le mostraba las posibilidades reales de la vida, con un dejo
de ironía que lo hacía sentir un niño.
— Sííí… , claro, — retrucó – como lo hacen un millón de
personas todos los domingos sin sacar un peso.
— Pero, ¿no lo han ganado ya unas cuantas personas?
— Y sí – respondió Fernando con resignación.
— ¿Y entonces?
Fernando volvió a callar.
— Sí – dijo luego – usted tiene razón. El problema es que
yo no sé que hacer con esto. Y lo que más bronca me da es
que haya tanta gente que quisiera estar en mi lugar y que
estarían ahora saltando en una pata, embriagándose y con
una sonrisa de oreja a oreja.
— ¿Ha realizado usted una encuesta con los que lo han
ganado?
— No. Pero sé lo que piensan y dicen los que apuestan y lo
buscan cotidianamente.
— Una cosa es cuando se busca y otra cuando se
15
encuentra. ¿Nunca ha buscado afanosamente alguna cosa
que cuando la encontró no colmó sus expectativas?
— Bueno, sí. En realidad sí. Pero creo que esta situación
no tiene parangón.
— Posiblemente no. Pero, ¿por qué siempre importan tanto
los demás?
— Es una muy buena pregunta que nunca logro
responderme. Y menos creo poder hacerlo ahora en estas
circunstancias.
— Tal vez, pese a su angustia, sea este el momento más
apropiado para intentarlo.
— No sé, no sé. Estoy tan shokeado.
— Bueno, no somos todos iguales. Tal vez a usted le lleve
un poco más de tiempo incorporar lo sucedido.
— Pero es que tengo miedo. Un miedo incontrolable.
— ¿De qué?
— No sé. De perder el papelito de la apuesta, de que algo
salga mal; pero a la vez de que salga todo bien, y mi vida
cambie por completo, que deje de ser yo. No sé. Hacer todos
los trámites y la transición hasta que ser millonario sea algo
normal para mí, es como atravesar una caverna oscura de
mil kilómetros.
16
— ¿Y por qué insiste en que todo sea normal para usted?
¿Qué sería ser normal? ¿Hay vidas normales y anormales?
— Daniela sintió que se descontrolaba, que iba demasiado a
fondo — ¿Su vida era normal antes de sacar el Cinco de Oro
y ahora es anormal?
— Bueno; no me va a decir ahora también que volverse
millonario de golpe es cosa de todos los días.
— No. Pero querer controlar todas las cosas y tener miedo
a todas las contingencias de la vida tampoco puede ser algo
de todos los días.
Fernando suspiró casi refunfuñando y enseguida calló.
Pasaron dos minutos. La terapeuta se puso de pie y dijo –
por hoy dejamos acá.
Fernando se levantó lentamente, tratando de disimular su
enojo y frustración, y susurrando apenas un “nos vemos
mañana en la hora de siempre.”
La terapeuta asintió.
17
CAPITULO III
Cuando llegó a su casa a las 4 de la tarde estaba exhausto.
Se desplomó en su cama sin sacarse la ropa. Se durmió en
cinco minutos. Apenas alcanzó a pensar que no le importaba
que su ropa de trabajo se arrugara porque podría comprar lo
que quisiera en poco tiempo.
Cerca de las 6 de la tarde, una sucesión de timbrazos
impertinentes lo despertaron. Se levantó aturdido. Había
soñado, algo recurrente en él, con una heterogeneidad de
incongruencias que lo ponían de pésimo humor. Soñaba con
soñar un sueño claro e ilustrativo de su interior. Cómo esos
que había leído muchas veces en la obra de Freud o alguno
de sus discípulos. No tuvo tiempo para pensar quien podía
ser llamando a su puerta. Cuando preguntó quién era, un
timbre de voz más impertinente que el propio timbre
respondió: “médico”.
Fernando ni se acordaba que había dado parte de enfermo.
Por un instante alcanzó a pensar en gritar “váyase a la
mierda”. Y con la misma velocidad, repensó: “no, hasta que
no tenga la plata en el banco no puedo.”
— Ya va – respondió con la mejor voz de enfermo que
18
pudo simular. Antes de abrir la puerta se dio cuenta de que,
pese a su mal aspecto, estaba vestido como de trabajo. Pero
enseguida ensayó una parodia en su mente. Abrió la puerta
lentamente y frente a él apareció un “burócrata” tal cual lo
había imaginado. Maletín, saco y corbata, y con el apuro de
terminar un trámite en los ojos.
— El típico médico certificador – pensó – pase, pase por
favor – dijo luego manteniendo la simulación de una gripe
en el tono de su voz.
— ¿Fernando Torres? — preguntó el médico
— Sí, sí, póngase cómodo – dijo Fernando con un dejo de
ironía, sabedor de lo difícil que era ponerse cómodo en su
apartamento de dos por dos.
El médico sacó de su maletín los papeles de rutina y
preguntó: “Y bueno, ¿qué le pasa?”
— Bueno, mira, — lo tuteó Fernando – tengo todos los
síntomas de una gripe, me duele mucho todo el cuerpo y
tengo unas líneas de fiebre.
— ¿La garganta, resfrío o algún otro síntoma?
— No, por ahora nada más, pero me siento muy débil.
Fernando no había errado en su diagnóstico. El médico ni
19
le miró la garganta, ni le tomó la fiebre, ni el pulso, ni la
presión. Sólo se tomó la molestia de ir al lugar indicado y
decirle que podía ser un “virus”, que hiciera reposo por tres
días y que si no se mejoraba volviera a llamar.
Al fin y al cabo, era lo que Fernando quería: tres días
libres para pensar. Pero no dejó de maldecir al médico
cuando tras estrechar su mano lánguida y cerrar la puerta
pensó: “¿Y si llegara a tener algo grave? ¡Malditos
burócratas! ¡Médicos del carajo! ¡Vayan a manejar un taxi!
El médico se fue mascullando algo similar: “malditos
burócratas; ganan lo mismo o más que yo y no tocaron un
libro en su vida. Yo te voy a dar gripe a vos.”
20
CAPITULO IV
A las 6 y media de la tarde de aquel lunes tan especial, Fernando estaba bañado, con ropa de entrecasa, los pies encima de la mesa ratona del living, acompañado de termo, mate y cigarrillos. Tenía su agenda entre las manos y comenzaba a realizar una obsesiva lista de las personas a las que comunicaría la noticia. Primero la familia, luego sus amigos; se dijo en principio. Pero a poco de cavilar no le resultó tan fácil. Había miembros de su familia a los que convenía no dar por enterados tan de prisa. O mejor, que no se enteraran nunca. Más específicamente su ex-esposa.
— ¿Cómo puedo hacer para que no se entere? — se preguntó por un instante percatándose inmediatamente de lo ingenuo de su pregunta — En todo caso tendría que averiguar todo lo concerniente a cuestiones legales respecto a obligaciones de pensiones en estos casos – siguió pensando.
Fernando tenía un hijo y una hija. El hijo estaba por cumplir los 18 años. La hija, apenas tenía la mitad. Tenía muy buena relación con los dos, y hasta había logrado, pese a la diferencia de sexo y edad, que cuando estaban con él
compartieran los tiempos con su padre como hermanos. Esa conquista era todo un orgullo para Fernando, tras cuatro años de divorcio. Tener una familia partida, pero familia al fin. También lo era, la franqueza permanente con ellos, se tratara del tema que se tratase.
Pero ahora el tema en cuestión lo desbordaba. No sólo porque no quería ni soñar con la idea de tener que pasar buena parte de su nueva fortuna, sino porque le seguía costando mucho incorporar la idea de verse y que lo vieran millonario.
Pensó en sus amigos más íntimos. No tanto para comunicarles la noticia, sino para elegir a uno solo de ellos para poner todo el dinero a su nombre. Tenía que ser casi como un hermano de sangre. Y aunque tenía dos hermanas, no tenía ningún hermano. Y se llevaba con ellas casi tan mal como con su ex esposa. Comenzó a divagar con esa idea y con las dificultades que le traería aparejada materializarla.
Por ejemplo, cada vez que quisiera sacar dinero. Al mismo tiempo sus temores y fantasmas respecto a la posibilidad de “perder” dinero con ex mujer aumentaban ahora por la de que mucha gente amiga y conocida le pediría “favores.” Esto lo enemistaba con la idea de cobrar personalmente y
poner todo a su nombre.
El mate se fue enfriando, las colillas de cigarrillos desbordaron el cenicero, la noche se cerró y la lista quedó en blanco. La angustia comenzó de nuevo. Aunque no tenía mucho apetito, decidió salir a comer algo. Sin darse cuenta, comenzaba a gastar a cuenta. Su presupuesto no alcanzaba para esas pequeñas gratificaciones. Se consoló pensando que aún tenía dos días más para aclarar su mente y dar los pasos más convenientes. Y más aún, antes de cerrar la puerta, alcanzó a pensar con un dejo de alegría algo perversa “cuántos giles se estarán preguntando quien fue el hijo de puta que sacó el Cinco de Oro”.
El Cinco de Oro comenzaba a penetrar lentamente la acorazada estructura psíquica de Fernando. Podía ser real.
Primero se dirigió al bar de la esquina de su casa. Algo lo detuvo en la puerta. Dudó entre comer alguna minuta barata, en soledad, o ir a un boliche de “otra categoría”. En su obsesión, tenía miedo de que lo viera algún compañero de trabajo. “Después de todo es lunes y difícilmente encuentre a alguien de joda”, pensó. “Me lo merezco, me lo merezco una y mil veces”, se dijo luchando contra su espíritu de
mártir. “Mañana duermo hasta que se me cante así que me voy a algún lugar de esos donde jamás soñé con poder entrar. Pago todo con tarjeta de crédito y hasta capaz que encuentro una mujer.”
Hacía más de dos años que Fernando no tenía algo parecido a una pareja. Pero cuando pensó “hasta capaz que encuentro una mujer”, no pensó en una mujer para pasar la noche. Pensamiento que encajaría perfectamente en ese rapto de rebeldía general contra sí mismo, contra sus miedos y costumbres, contra el miedo de tener dinero. En realidad no recordaba haberse acostado con una mujer de primera noche. Ni siquiera con una prostituta.
Caminó bastante en busca de lo que él concebía como un lugar de categoría. Era un pub por el cual había pasado varias veces, refunfuñando contra los dueños de los lujosos autos estacionados cerca de la puerta.
Tenía una fachada exterior gobernada por madera, farolitos y coloridos vitrales, que emanaba una atmósfera de intimidad selecta. Decidió entrar. Había una larga barra de lustrosa madera que hacía de mostrador, tras la cual había botellas de infinitos tamaños, formas y colores. Caminó
bordeando los taburetes que estaban pegados a la misma, sentándose casi al final del mostrador, contra una pared. Echó una mirada a su alrededor, y, efectivamente, había algunas parejas, que promediaban los 50 años de edad, y que coqueteaban en amplias y lujosas mesas, ubicadas y adornadas con bastante intimidad.
Por los parlantes semiocultos y celosamente distribuídos por el local, se escuchaban melodías en inglés, que Fernando registró como de las décadas del 60 y 70.
Casi todo era como lo había imaginado. Primero pidió un whisky escocés y una carta. Luego, tras librar una titánica lucha contra su interior , pidió que le trajeran el plato más raro y caro que había visto en el menú. Dio un par de sorbos y se distrajo con la cara y la postura muy rígida de uno de los mozos que estaban detrás de la barra. “Si no te aflojás esa moña te va a explotar la nuez”, se burló en voz muy baja.
Apuró el whisky y su mente se fue del lugar. Comenzó a recordar el momento en que había roto con su última pareja estable después de su matrimonio. La relación había durado unos pocos meses. Para quien los veía, recordaba, estaban enamorados como dos adolescentes. Y haciendo un
esfuerzo, él mismo recordaba haberse sentido así. Pero la relación terminó abruptamente cuando ella le metió los cuernos. Para Fernando, que ya pasaba los 40, era la primera vez en su vida que una mujer le había sido infiel.
La había sorprendido en el lugar menos pensado, para ella y para él, con un hombre un poco mayor que Fernando pero con muchísimo más dinero. Nunca le reclamó nada, ni le hizo la más mínima escena. Pero por supuesto, tampoco respondió nunca sus llamadas ni sus mensajes, y, en noches de soledad, la puteó en varios idiomas durante un par de meses. Realmente la había olvidado hace tiempo. Pero ahora, aquella noche, físicamente en ese boliche, pero con la mente lejos de él, la recordó por unos minutos y no pudo evitar verse en un auto más lujoso que el de su matador, arrojándole un fajo de mil dólares y diciéndole a ella con desprecio “tomá para que puedas comprarte algo, muerta de hambre.”
Cuando su mente regresó al lugar donde estaba, le sorprendió ver su vaso ya vacío y que de su cena ni noticias.
— ¿Qué carajo habré pedido?, pensó.
Se fastidió con la idea de que fuera un menú muy
abundante porque seguía sin mucho apetito. Casi nunca lo tenía cuando comía sólo. Buscó con la mirada al personal del boliche y parecía que todos estaban en sus horas de descanso. Se sintió algo ridículo en su ajenidad respecto al lugar. No había una persona sóla, igual que él. Mucho menos una mujer para pasar la noche. Miró su reloj y comprobó que hacía media hora larga que esperaba su pedido. Unos minutos después, un mozo desgarbado como un jockey se le acercó para preguntarle: “¿le puedo servir en algo caballero?”
— Sí. ¿Me puede hacer un favor? Dígales al mozo que me tomó el pedido, al cocinero y al dueño de este boliche de mierda que se metan la comida que pedí hace una hora en el medio del orto. De parte de Fernando Torres.
CAPITULO V
No habían pasado 24 horas desde que Fernando se enterara que había sacado el Cinco de Oro. Sin embargo, de regreso a su casa, fue recordando algunas actitudes suyas, que, aún juzgándolas superficiales, consideraba como gérmenes de un cambio en su patrón de comportamiento.
Llegó a su casa mucho más temprano de lo que había presumido.
Agarró una manzana que mordisqueó de mala gana y se acostó a tratar de dormir.
Pensó que le sería difícil conciliar el sueño. Se equivocó.
Se durmió profundamente con la luz y el televisor encendidos. Había sido un día de mucho trabajo aunque no hubiese ido a trabajar. En el contestador del teléfono había un par de mensajes que Fernando no había querido escuchar esa noche.
Pero hablemos un poco más del entorno de Fernando mientras éste duerme.
Uno de los mensajes era de su madre. El otro de un compañero de trabajo.
Fernando percibía la relación con su madre como pésima.
Su madre, una mujer octogenaria, la consideraba casi normal. Hacía ya unos años que él la llamaba doña Esther, para no decirle un mamá que no sentía; pero ella parecía vivirlo como un detalle de cuidadoso cariño. Fumadora irreversible, preñada de un sesgo viril que se manifestaba en cada gesto y forma de vestir, rígida y dogmática, era lo menos parecido al estereotipo de madre con el que Fernando deseaba tener. Ya de vieja, él percibía en ella, cómo los avatares de la vida y el tiempo le habían acentuado algunos de sus sesgos menos maternales. Además la veía cada vez más avara y mezquina. Cada actitud de éste tipo que Fernando percibía lo ponían de pésimo humor. No poder decirle que cuando muriera los buitres se despedazarían entre ellos para hacer un debido usufructo de sus bienes, sin importarle su persona, le generaba un nudo en la garganta.
Rara vez estaba Fernando disponible para sus visitas. Y más raro aún, era que él la visitara.
Sin embargo, ella se las arreglaba bastante bien con el teléfono para estar al tanto de la vida de su hijo. No tanto con lo que conseguía arrancarle a él en sus lacónicas charlas telefónicas, sino por lo que averiguaba por sus familiares más cercanos de sangre y espíritu; como el hijo mayor de
Fernando, Juan Pablo, que era un verdadero diplomático entre su padre y su abuela.
Fernando se despertó a media mañana. Con apetito y de buen humor. Cuando fue a la cocina por su desayuno alcanzó a ver en el contestador un tercer mensaje. Se preguntó si habría sido ese llamado que no escuchó el que lo había despertado. Pero mucho más se preguntó quien podía ser. Su lucha interior continuaba. Deseaba desayunar tranquilo, hojeando algún diario o revista, de ser posible, y darse un buen baño. Pero la ansiedad lo devoraba y terminó cediendo a sus rituales obsesivos de cada mañana.
— Al fin y al cabo – se dijo – ese desayuno que veo en mi mente, sólo lo recuerdo de la televisión. Yo nunca lo he vivido. Y si alguna vez lo viví, ya no me acuerdo.
Apuró un café, encendió un cigarrillo y a medio vestir se dirigió a la contestadora.
Primer mensaje: — Hola Fernando. Habla mamá. Quería saber cómo estabas. Cuando puedas llamáme.
Segundo mensaje: — ¿Qué haces Nando? Así que estás de bandido ¿ehh? ¡Mirá vos! Bueno, por las dudas que no me
reconozcas, soy Cacho. Llamáme ni bien puedas.
Cacho era un compañero de trabajo. Y Fernando tuvo una pequeña palpitación en el el pecho cuando escuchó el mensaje. Más precisamente cuando escuchó “bandido”, palabra que su cola de paja tradujo en su mente como “ganador del Cinco de Oro que se hace pasar por enfermo para que nadie se entere”.
El tercer mensaje era de Juan Pablo, su hijo mayor.
— Hola papá. Quería avisarte que me dieron el resultado de matemáticas y salvé con nota. Así que ahora soy bachiller. Te quiero mucho. Un abrazo.
Los ojos de Fernando se humedecieron de inmediato. Y cuando cerró los párpados para ver la foto de su hijo en la mente, una lágrima de cada uno de ellos cayó en rodillas aún desnudas.
— Es el único que no me pide nada – alcanzó a balbucear antes de incorporarse.
Fue al baño. Se enjuagó la cara y se miró un largo rato en el espejo. Supersticioso, muy a su pesar, fantaseaba con la idea de encontrar algo distinto en su rostro. Tal vez un brillo
distinto en sus ojos o una sonrisa diabólica. Tenía miedo de los efectos secundarios de tener dinero. Como si el mismo pudiera llegar a producir en él una metamorfosis total. De mente y cuerpo. Recordó entonces lo que hacía ya unos meses le había dicho su terapeuta a propósito de su miedo a ganar buen dinero en trabajos desvinculados por completo de su formación netamente humanística.
— ¿Usted tiene miedo a convertirse en Midas? ¿Le parece que el adquirir dinero lo hará olvidar de todo lo que usted es y le importa?
En aquél momento había contestado con un no poco convincente. Pero ahora la fantasía estaba mucho más presente.
Se bañó, se vistió informalmente, tomó su ansiolítico matinal, y se dispuso, con la obsesión de costumbre, a organizar su día.
Habitualmente trabajaba de 8 de la mañana a 6 de la tarde, de lunes a viernes, desde hacía casi 10 años, en un Despacho de Aduanas venido a menos.
Pero aquel martes, tan particular como el lunes precedente, no iría a trabajar. Tenía una licencia médica inventada y una licencia económica real, que lo eximían de
aquellas diez rutinarias horas de trabajo a las que nunca se terminaba de acostumbrar.
Sin embargo, diez horas libres de golpe, lo incomodaron por completo. Porque ni siquiera los fines de semana, repartidos entre sus hijos y sus quehaceres domésticos, tenía tanto tiempo libre. Y continuaba torturándose pensando cuántos querrían estar en su lugar, y cómo habrían salido de ese trance mucho más rápidamente.
Pese al dolor y la confusión, agarró su agenda y anotó lo siguiente:
— LUIS
— RODOLFO
— Omar
— llamar a Juan Pablo
— terapia 19 y 30 hs.
No quiso avanzar más. Sabía que después de sus sesiones de terapia, la mayoría de las veces, veía todo diferente por el resto del día.
Además pensó que la elección de su amigo confidente le llevaría bastante tiempo. Y no sabía cuán larga resultaría la
conversación con su hijo.
Se vistió con la ropa más de entre casa que tenía. Seguía pensando en que no podía descuidar su parte de enfermo. De concretar algún encuentro para ese día, tendría que ser en su casa. Sus tres candidatos eran amigos de la adolescencia. Amigos que se habían alejado y vuelto a encontrar, entre sí y con él, a lo largo de treinta años, al ritmo de sus ocupaciones y sus nuevas familias.
No había puesto a Luis en primer lugar por casualidad. Casi se diría que corría con el caballo del comisario. De buena posición económica, de profesión oncólogo, quince años de matrimonio vigente; era para Fernando un candidato de hierro, con un legajo impecable. — él no me va a cagar – pensó.
Rodolfo no estaba mal para el cargo. Solterón, bohemio, las puertas de su casa siempre abiertas de par en par, no le conocía enemigos y siempre parecía tener tiempo para todo. Su profesión de peluquero lo convertía casi en un hombre público. A sus cuarenta y pico se le presentaba a Fernando como aún muy jovial, manso, sin grandes ambiciones.
En cuanto a Omar, aparecía en la lista con letra más chiquita no por casualidad. Como un profesor que aparece
en la terna de un tribunal de examen a último momento y por descarte. Se preguntaba por qué lo había nominado. Tal vez – se decía – porque tenía con él una afinidad emocional un tanto extraña pero profunda. Porque Fernando, que no tenía hermanos varones, veía algo fraternal en él. Después de tantos años de idas y venidas con sus amigos, era a Omar al que sentía más cerca; al que más quería. Pero al mismo tiempo era al que menos confianza le tenía para manejar aquel secreto. Omar era jugador empedernido. Casi un ludópata. Y a esa altura de la vida, Fernando lo juzgaba casi incurable.
Estuvo haciendo garabatos alrededor de aquellos nombres hasta casi traspasar la hoja de su agenda. No se decidía por ninguno. Le vinieron ganas de defecar. Cerró su agenda con violencia y se dispuso a ir al baño. Se sorprendió al mirar la hora. La una de la tarde de su segundo día libre para pensar. Comenzaba a sentirse en una carrera contra reloj. Atrapado en su tiempo libre.
Cuando Fernando aún no terminaba con sus heces sonó el timbre. — ¿quién mierda será a esta hora? — Y no encontró a nadie en su mente. — Tengo que atender… vaya uno a saber.. Con los pantalones a medio subir, arrastró sus pies hasta el
portero eléctrico.
— ¿Quién es?
— ¿Tiene algo para dar?
— Mmm, no. No tengo.
— Gracias.
Fernando volvió lo más rápido que pudo al water.
— Claro que tengo. Pero no puedo dártelo porque estoy cagando. Y si no estuviera cagando, seguramente tampoco podría, porque hace ya mucho tiempo que vengo acostumbrándome a no dar nada, aunque no lo use. ¿Y querés saber más? En este preciso momento, si no fuera tan tarado, te podría dar hasta plata para que te compres lo que se te antoje.
Mientras pensaba en voz alta estas cosas, empezó de nuevo a sollozar. Salió del baño decidido a romper con su soledad. Comenzaba a sentir una impotencia agobiante.
Pensó que hablar con cualquier ser humano le haría bien. Lo había experimentado otras veces.
— ¿Pollo? ¿sos vos?, ¿qué haces pollito?
— Perdón, ¿con qué número quiere hablar?
— ¡Ah!, perdón, ¿Héctor Vidal se encuentra?
— ¿Con qué número quiere hablar?
— Con el 908-65-40
— Sí, es acá, pero no vive ningún Héctor Vidal.
— Pero ¿ahí no es la OSE ?
— No. Hace más de un año que este número no es de la OSE.
— Ahhh, disculpe.
— No, no es nada.
El pollo, era una amigo de su época de Facultad, que Fernando veía cada tanto, pero con el que hacía tiempo no hablaba. Tenía su número del trabajo y pensó que a esa hora lo encontraría allí. Era un amigo de esos con los que podía conversar de cualquier tema. Algunas veces habían pasado horas conversando, pasando por un abanico de temas que iban desde el fútbol hasta los existenciales. Además, Fernando admiraba cómo el pollo, en estos tiempos de vida tan vertiginosa, siempre se las arreglaba para tener tiempo. Para Fernando y para todos los amigos y conocidos que tenía. Un instante antes de tomar el teléfono, pensó que tal vez el pollo, le podría contar alguna novedad interesante, después de un tiempo prudencial sin verse. Quizás algo tan
novedoso que opacara por un rato su novedad tan acaparadora de todos sus sentidos.
Pero Fernando no había elegido a la persona ni el número de teléfono meditadamente. Había puesto el índice de su mano derecha en el medio de su agenda telefónica, y había decidido en su desesperación, llamar por sorteo en el número donde primero se fijaran sus ojos. Más aún, cuando vio el nombre y el teléfono, pensó que una señal del destino le decía que el pollo era el verdadero destinatario de su confesión y confianza respecto a su inminente y millonaria cuanta bancaria.
— ¡Ahora te da por esas supersticiones baratas — se maldijo — cuando hace más de veinte años que desprecias a todos los creyentes de cualquier cosa.!
— Esto se está poniendo muy raro y feo – pensó – Falta que me cague en los pantalones y soy un perfecto bebé. Un bebé sin mamá.
— Papá, papiiito – de nuevo a llorar.
La imagen de su padre muerto le vino a su mente de muchas maneras. El sollozo devino en un torrente de lágrimas, hasta que un llanto verdadero y profundo salió de sus entrañas más recónditas, y terminó echándolo en su
cama, donde se quedó en posición fetal.
Cinco, diez y quince minutos hasta que se calmó. Se bañó nuevamente, se vistió con la ropa más limpia y cómoda que tenía y decidió salir.
CAPITULO VI
Fernando vivía cerca de la costa, a dos o tres cuadras de la playa, según el camino que tomara. El cielo totalmente despejado. La humedad ajena. Atípico día de invierno por estas latitudes; donde el sol es azul y no celeste cuando el sol se adueña del firmamento. Caminando por la rambla se fue sintiendo mejor. Cruzó su mirada con unos pocos jubilados caminantes y algún que otro esforzado corredor entrados en kilos. Renegaba contra la idea de que el clima incidía directamente en el estado de ánimo de los seres humanos. Para él era apenas un apéndice del apéndice de los factores que determinaban tal circunstancia. Pero ese mediodía consideró aquel cielo tan azul como el complemento indispensable de una alimentación anímica insuficiente. Sintió el aire frío y puro en su cara, en su nariz y en sus pulmones. Expectoró dos o tres veces, lanzando al viento con violencia escupitajos de mucosa y nicotina.
Logró distraerse un buen trecho de rambla. Hasta que se topó con una pareja y sus hijos que caminaban en sentido contrario. Los dos iban de sport. Semiabrazados y sonrientes. Una niña en bicicleta y un niño de a pie,
completaban el marco familiar. Fernando no pudo evitar preguntarse: “Y éstos, ¿de qué vivirán ?”
Le parecía obvio que no trabajaban. Que vivían de rentas, o que eran hijos de empresarios exitosos.
Los siguientes doscientos metros los caminó pensando en cómo serían sus vidas. Envidió la felicidad que aparentaban y hasta sintió el impulso de dar vuelta atrás e intentar conversar con ellos. Tal vez podrían decirle algo de cómo se hacía para vivir de rentas. Fue la última elucubración que hizo respecto a la pareja ideal. Luego le ordenó a su mente con firmeza que cambiara de frecuencia, y juzgó estúpido e ingenuo todo lo que había escuchado en ella.
Desandando el camino e intuyendo la “prisión” de su casa, la nostalgia por la familia acaparó su mente. Volver a tener una familia era un camino mucho más difícil de desandar, pensó. ¡ Pero cómo la extraño ahora!, exclamó con bronca. ¿Cuánto tiempo hace que me he vuelto un misántropo?, se preguntó. Dudada, si pensar en cómo construir algún tipo de nueva familia agregaría otro problema a su problema o si podía ser un camino para reencausar su vida. Trató de apartarse de tal disyuntiva por el momento. Pero sabía que ese antiguo recuerdo
despabilado; infiltrado entre el mar y la brisa, entre su soledad y el contacto con el mundo, ese darse cuenta, volvería tarde o temprano a golpear en su mente.
Metros antes de llegar a la calle que conducía a su casa, bajó a la playa. Se sentó en la arena seca. Cruzó sus piernas y puso erguida su cabeza y su cuerpo, en una posición típica de yoga. La cual detestaba. Cerró los ojos para no verse él y para no ver que alguien lo viera. Tenía vergüenza. Intentó meditar; cosa que nunca había entendido bien que era y que luego de diez minutos abandonó por completo. Sacó un bolígrafo y una pequeña libreta que llevaba en el bolsillo de su campera. Agradeció haberse olvidado de traer los cigarrillos. Comenzó a escribir:
— Hola. Vivo en un pequeño país ubicado en el hemisferio sur de este planeta. Bastante al sur dentro del sur. Aquí hace bastante frío la mayor parte del año. Aquí la gente es bastante solemne, gris y para adentro. Soy uruguayo. A mí país le pusieron por nombre Uruguay hace unos doscientos años. Es un nombre indígena que no sé exactamente lo que quiere decir. Pero nosotros, sus habitantes de hoy, poco y nada tenemos que ver con sus pobladores autóctonos. La gran mayoría de nosotros somos descendientes de italianos
y españoles. Pero en esos países, y en el resto de los países que la prensa denomina del primer mundo , apenas saben que existimos. Cuando lo saben. Y mucho menos cómo vivimos.
Sin embargo, una cosa nos emparenta hoy más que ninguna en la historia: la importancia del dinero.
Yo acabo de hacerme acreedor, por causas que poco agrega explicarlas, de una buena suma de dinero. Al menos para esta región del planeta, es una muy buena suma. Pero no sé qué hacer con él.
Pido, a quién dudo muchísimo reciba este mensaje, que escriba algo al respecto. Cualquier cosa que se le ocurra. No sólo para mí. Para cualquier ser humano en similar situación. Y pido mucho más, a la que sólo en este momento de desesperación creo, tú diosa o dios del mar, que me ilumines la mente y el cuerpo, que tantos y tantos veranos he zambullido en tu vientre. Antes de que me vuelva loco.
Así sea
Evitó concluir con un amén, aún sabiendo que significaba lo mismo, porque ya se sentía bastante perturbado por el tenor religioso de su misiva.
Buscó una botella para echar la carta adentro y arrojarla al mar. Mientras la buscaba lo entusiasmaba la idea. Cuando no la encontró se sintió ridículo y rompió la carta en mil pedazos.
Volvió a su casa.
CAPÍTULO VII
A las casi 6 de la tarde, Juan Pablo se preparaba un café con leche. Bien caliente.
Miraba de reojo los leños que ardían en la estufa del living. Allí estaban su madre y su hermana. Mirando sin leer una revista de modas la una y haciendo los deberes, de mala gana, la otra. Sólo se oía el chisporrotear de alguna astilla y el canto de los pájaros que despedían el día. Juan Pablo se sentó en el sofá. De frente al fuego y de espalda a ellas.
Adoraba el fuego y, algunas veces, cuando llegaba tarde y todos dormían, se quedaba semi hipnotizado frente a las brasas.
Apenas pasadas las 6, la noche cayó de golpe. La madre se levantó de la mesa, encendió un para de lámparas y rompió la modorra.
— ¿Te falta mucho Graciana? Hace casi una hora que llegué y seguís en la misma página.
— Es que no entiendo – Graciana hacía sus deberes de inglés.
— Hay tres diccionarios por falta de uno. Vas a tu cuarto, te sentás en tu escritorio con el cuaderno y el diccionario
que más te guste al costado y terminás eso de una buena vez.
Graciana se levantó de mala gana y con trompa, y se encerró en su cuarto. Juan Pablo cruzó una mirada de reprobación con su madre, pero antes de que alguno de los dos hablara sonó el teléfono.
— Familia Aragón
— ¿Adela?
— Sí, ¿quién es?
— ¿Estás sorda?
— ¡Ah, sos vos, nena!
— Sí, soy yo. Pero, ¿qué te pasa?
— No, nada. Es que la mandé a Graciana a estudiar al cuarto y ya me hizo una escena y bueno, no sé, estaba con la cabeza en otra.
— Bueno tranqui. Ya se le va a pasar.
— Sí, yo que sé. Pero bueno, ¿que decís Paty?
— Bueno, mirá, no te quiero joder. Todavía estoy trabajando, pero no aguantaba más las ganas de llamarte.
— ¡Pero si hablamos hace dos días!
— Por eso nena. No es para chusmear de cualquier cosa. Y
te digo que no te quiero joder porque te quiero hablar de Fernando.
— ¿Qué pasa con el inútil?
— Mirá, ahora no puedo hablar mucho.
— Bueno, yo en realidad tampoco.
— ¿Qué? ¿Está Juan Pablo?
— Exacto.
— Bueno, te la hago corta. Resulta que, viste cómo es Ana, sale a correr por la playa religiosamente. Y hoy lo vio a Fernando en pleno día.
— ¿En la playa? ¿Y no estaba laburando?
— No sólo eso. Dice que estaba haciendo yoga, cerca de la orilla.
— ¿Y qué más.?
— No sé bien. Me dijo que pasó por al lado y que no se le movió ni un pelo. Viste que ella dice que está divino y todo eso, y que entonces lo reconoció enseguida, a 20 metros, y que pasó bien por el costado, a propósito, para que la viera. Pero parece que el tipo estaba como Buda.
— Che, ¿anda bien tu hermana?
— Dale boluda. Para que me va a mentir. Bueno te dejo porque estoy tapada de gente. Después hablamos.
— Dale, beso, chau.
Adela se dio vuelta para volver a encontrarse con los ojos de Juan Pablo, pero éstos estaban otra vez puestos en el fuego. El tronco de su cuerpo levemente inclinado hacia adelante, las piernas bien abiertas, y entre ellas las manos juntas, con los dedos entrecruzados.
Adela se acercó con cautela. Puso su mano derecha sobre la cabeza de su hijo y sacudiéndole suavemente el jopo le preguntó: “¿Y a vos qué te pasa che?
— Nada, ¿por?
— No sé. Desde que terminaste el bachillerato te veo como aburrido, como si no supieras qué hacer. Ni siquiera hiciste algo para festejar.
— Sí. Puede ser.
— Bueno, no importa. ¿Querés que te prepare algo rico para la cena?
— No, gracias.
— Está bien. Como quieras. Pero no puedo verte así. ¿Por qué no te pones a hacer algo útil?
Juan Pablo se quedó en silencio un instante. Luego se dio
vuelta y miró a su madre a los ojos; desafiante.
— ¿Para vos la vida se divide en sólo dos cosas no?
— ¿Cómo?
— Claro. Están las cosas útiles y los inútiles.
Adela se ruborizó totalmente. Sintió bronca, ira y vergüenza. La alusión de Juan Pablo a su conversación telefónica era clara. Que había tomado perfecto registro de que hablaban de su padre, también. Pero además, Adela se sentía juzgada. La sentencia: frívola.
Estuvo tentada de darle un cachetazo a su hijo que continuaba mirándola con desdén y con un dejo de satisfacción por el brete en el que había conseguido dejar a su madre sin usar malas palabras.
Adela se contuvo como pudo. Se llevó la mano derecha a la cabeza. El pulgar en la sien y el resto de los dedos en la frente. Bajó su mirada al piso. Suspiró.
— Mirá Juan Pablo. Perdoname por hablar de tu padre adelante tuyo. No te creas que es fácil para mí. Bueno, eso ya lo sabes porque mil veces lo hemos hablado y mil veces más se me escapa de nuevo. Es tan difícil ponerme en tu
lugar como que vos te pongas en el mío. “
— Eso lo entiendo mamá. Lo que no entiendo es por qué me seguís tratando como a un pendejo. ¿No te das cuenta que aunque lo hables en inglés yo me doy cuenta?
Adela calló. Ahora se llevó las dos manos a la cara y sollozó un instante. Juan Pablo se levantó del sillón y la abrazó. Pero Juan Pablo no lloraba tan fácil. Estuvieron así unos minutos. La cabeza de Adela recostada en el hombro de su hijo, que ya hacía un tiempo era el más alto de aquella familia rota. Quizá también el más fuerte.
Adela fue al baño a lavarse la cara. Se peinó y se arregló su casi imperceptible maquillaje.
Juan Palbo llamó por teléfono a un par de amigos y quedaron en encontrarse en un cybercafé que frecuentaban.
–¡ Chau mamá!¡Capaz que vuelvo tarde!
— Abrigate bien – alcanzó a gritar Adela, aún dentro del baño.
— Sííí.. — gritó Juan Pablo casi cerrando la puerta de calle.
Adela permaneció un instante más frente al espejo. Se miró a los ojos y casi susurró: “¿y si soy frívola qué? ¡Qué
sabrás vos de la vida pendejo!
Salió del baño reconfortada con su imagen del espejo que daba un mentís a sus 44 años. Se disponía a mirar alguna película cuando se acordó de Graciana. Le llamó la atención el largo rato que no se le escuchaba. Fue a verla. Entró sin golpear. Graciana estaba acostada boca arriba, el televisor encendido, su cuaderno de inglés sobre el pecho y ella totalmente dormida. Su madre se enterneció. Le sacó el libro y sus zapatos, y así como estaba vestida, la tapó con un acolchado. Eran las 9 de la noche. Adela abandonó la idea de ver una película. Puso un disco viejo y se sentó en
— Mal día para dejar de fumar – se dijo por enésima vez en los últimos años. Encendió un cigarrillo y comenzó a recordar.
CAPITULO VIII
— ¡La quiero matar!
— ¿A quién?
— A mi madre, quiero matar.
— ¿Está seguro de que es a ella a quien quiere matar?
— Sí. Y no me haga buscar misterios donde no hay. La quiero matar cada vez que abre la boca para decir una reverenda estupidez. Más aún, ni siquiera necesito que hable para sentir ese deseo. Aunque pensándolo mejor, tal vez tenga usted algo de razón: no la quiero matar literalmente.
Quiero que cuando voy a su casa, que jamás pude sentir como mi casa, y que nunca más jamás podré, se amordace la boca, apagarle el cigarrillo en la trompa, vestirla elegantemente o al menos como a una mujer, tirarle el montón cachivaches que guarda por toda la casa, inyectarle una porción de ternura y cariño que cambie cada uno de sus gestos, movimientos y expresiones. Darle un par de cachetazos que le sacudan el cerebro para que pueda hacerme una pregunta mínimamente interesante. Que no me hable más de sus muertos y amistades enfermas, ni de accidentes, robos, ni de lo mal que está el mundo. Que por
un día no se queje de alguno de sus achaques. Que me deje vivir en paz. O mejor, que la tan católica, me trasmita algo de paz. Odio hasta el último de los poros de su piel. No la puedo ver, ni escuchar, ni sentir.
Fernando dio un largo suspiro.
La catarata de insultos contra su madre, la vehemencia de su expresión, inquietaron a su terapeuta hasta llegar a asustarla un poco. Éstas esperó que se calmara y luego preguntó: ¿por qué fue usted a verla hoy?
— No lo sé. Si le dijera que fue porque el lunes me dejó un mensaje en el contestador usted sabe que le mentiría.
Definitivamente no lo sé.
Había sido una de esas raras sesiones en las que paciente y terapeuta dan por concluida en el mismo instante. Había comenzado a las 19 hs en punto y se había extendido algo más de lo habitual. En el tiempo transcurrido entre que Fernando llegó de la playa a su casa y la hora de la sesión, su tormento se había reiniciado. No consiguió decidirse por ninguno de sus amigos confesores, y no había llamado a
ninguno de ellos. Tampoco había podido hacer lo propio con su hijo.
Una hora antes de dirigirse a la terapia, llevado por un impulso inconsciente, pasó por la casa de su madre que le quedaba de camino. Tras llamar a la puerta, ya se había arrepentido, y deseó que ella no estuviera. Pero ella estaba. Vivía en un amplio apartamento que Fernando juzgaba demasiado para ella. Céntrico, con muebles de estilo, en impecable estado, tercer piso por escalera y ascensor; diría el aviso que Fernando pondría en el diario si estuviera a la venta. Pero a esa hora, ya de noche y con una sola lamparita de 60 wats encendida en toda la casa “¿a quién le resultaría atractivo o acogedor?”, pensó mientras entraba.
— ¡Mijo, que sorpresa! Pasá que estaba a punto de poner el informativo.
Hasta “qué sorpresa”, todo bien. El resto de las palabras de recibimiento fueron para Fernando como una patada en las bolas. Porque ella, mientras decía lo que estaba a punto de hacer cuando él llegó, efectivamente lo llevó a cabo.
Encendió la radio para escuchar el informativo y hablar con Fernando al mismo tiempo.
Fernando disimuló su irritación.
— Estaba de camino y pasé a saludarte. ¿Cómo estás?
— Y yo ahí ando mijo, ¿y vos?
— Bien, bien.
Enseguida su madre sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo derecho de un viejo saco deportivo. Encendió uno. No se sentó. Apagó la radio y caminó hasta su cuarto para encender el televisor. “El otro día te llamé , pero no estabas.”
— Sí. Ayer.
— Che. Qué frío bárbaro que hace. Hay un pueblo con gripe.
— Sí. Igual que todos los inviernos.
— Sí, pero no, nene; como éste hace tiempo que no veo. Y además la lluvia, ¿viste las inundaciones en el campo que terrible?
Fernando comenzó a resoplar y a incomodarse en su asiento.
— Bueno, pero y vos, ¿cómo estás? ¿en qué andas?
— Y bien, pero muy cansada. Hoy tuve un día agotador. Fui al grupo de vida trascendente, que tenemos un montón de trabajo. Después quise dormir la siesta y no pude porque
justo vino el cobrador de Nuestra Señora de la Salud. Quise pasar por lo de Mirta, que anda tan mal la pobre, pero no pude porque tuve que ir a sacar plata del cajero, que vos sabés como me complica, pero quería pagar hoy la luz y el teléfono, así me lo saco de encima. Y cuando quise acordar se me hizo tarde. Pasé por lo de tu hermana a ver un rato a los chiquilines, pero demoré como media hora en estacionar. Al final sólo estuve 15 minutos. Ah Fernando, antes que me olvide, ¿vos te acordás de los Freiría?
— No – dijo Fernando seco y cortante, aunque se acordaba.
— Pero ¿cómo no te vas a acordar?, los que vivían allá en el barrio, en el edificio que estaba encima del almacén de Leonel. Bueno, no importa; resulta que me crucé con la mujer y está desesperada con el nieto mayor. Dice que no estudia, no trabaja y que no quiere hacer nada. ¡Está con una angustia esa mujer!
El casi monólogo de su madre se mezclaba con la voz del televisor cada vez más y la irritación de Fernando se acercaba a la erupción.
— Bueno doña, me voy yendo porque se me hace tarde.
— ¿Ya te vas?
— Y sí. Me tengo que ir. Después paso con más tiempo.
— Bueno, bueno, andá nomás mijo. Cuidate del frío y saludos.
— ¿A quién mierda?, estuvo tentado de gritar Fernando.
Salió hecho un huracán. A paso militar. Transpirando dolor de su cabeza hirviendo.
La sesión de terapia que vino luego, fue más que nunca una catarsis. Tan sólo y tan luego, le había quedado una pregunta: ¿por qué había ido a ver a su madre en tales circunstancias y conociendo aquella película de memoria escena por escena?
Cuando salió de la terapia, pocas ideas se hicieron firmes en su mente. — Si yo no puedo cambiar, ¿por qué habría de cambiar mi madre a los 80 años y viuda hace unos pocos?
— Yo no necesito matar a mi madre; ella está muerta en vida.
— Seguramente, mi madre seguirá viviendo dentro de mí, haga lo que yo haga con mi dinero.
CAPITULO IX
— ¿Fernando haciendo yoga? ¡No me lo puedo creer!
Las veces que me tuve que bancar su arrogancia de intelectual incomprendido. Su aire de científico riguroso en cada uno de sus razonamientos y formas de proceder. Sus burlas por mis curiosidades por la metafísica o por las flores de Bach. El muy tarado era incapaz de reírse con el Horóscopo Chino. ¿Cómo pude estar quince años con un tipo así? Y peor aún, como puedo seguir pendiente de lo que haga o deje de hacer. No, no y no; no mezcles a Juan Pablo y a Graciana en esto. Mi relación con él por nuestros hijos es necesaria y obligatoria. Pero yo la relleno con muchas otras cosas. Sí, sigo pendiente de él. ¿Hasta qué punto? Y no es que me preocupe que no esté yendo a trabajar. Si hace rato que perdí la esperanza de que me pase la plata que me tiene que pasar. Además capaz que tiene licencia. Lo peor sería que hubiera perdido el trabajo. ¿Cómo puedo saber?
No. Tampoco puedo echarle la culpa a lo que Patricia me contó por teléfono. Si cada vez que sonaba estaba esperando que fuera él para ver si cumplía con Juan Pablo por lo de su examen final. Hasta fantaseaba con que le regalara algo
tangible y no una carta; por una vez en la vida.
Adela se acomodó en el sofá, se sacó los zapatos, se tapó los pies con un par de almohadones, encendió otro cigarrillo y siguió pensando. — ¿qué me está pasando? He tenido buenos amantes en estos últimos años, mi trabajo va mejor que nunca, me jacto de mi condición de mujer independiente, hago casi todo lo que quiero. Pero el rencor por ese inútil no me lo saco con nada. Sí; pensaste inútil, dijiste inútil, una y mil veces inútil. Le pese a quien le pese. Lástima que no se lo pueda decir en la cara cuando discutimos porque el muy hijo de puta enseguida me enreda con sus ironías y palabras raras y me mete el analfabeta de mierda y eso sí que no me lo puedo bancar. Por más que disimule que me importa un carajo, no me lo puedo bancar.
Pero, ¿por qué me pasa esto ahora? No me reconozco.
¿Cuándo empecé a pensar como pienso ahora? Hasta hago cosas que él me decía y me parecían boludeces. ¿A quién le dije el otro día que era agnóstica porque sonaba bien?
¿Cuando iba yo a leer una novela histórica? ¿Será la influencia de Juan Pablo? No, no. No mezcles más. ¡Qué impotencia, por Dios! Juan Pablo tiene cosas de él. Pero no
es él. Se parece mucho más a mí. O a mi familia. ¿A mi familia? ¿Qué familia? Me parece que hace un buen rato que no tengo una familia.
¡Basta pendeja! Otra vez buscándole la quinta pata al gato. Otra vez Fernando.
Hasta lo de la familia está bien. Entiendo que algo parecido a una familia me hace falta y punto. Aquí me quedo.
Se levantó, se preparó una sopa crema instantánea y se aprontó para acostarse. Eran las más de las 11 de la noche. Pero no pudo parar. Siguió pensando. Le costaba dormirse.
–¿Tomo una pastilla? Sí, pero no, ¿cómo puede ser?
¡ma sí! ¡¿quién te crees que sos?!
A la 1 de la mañana llegó Juan Pablo. Su madre y su hermana estaban profundamente dormidos. El fuego de la estufa se extinguía lentamente. Dudó entre avivarlo un poco y sentarse a contemplar o irse directamente a la cama.
Estaba un tanto embriagado por unas cervezas. Sonó el teléfono. Corrió presuroso hacia el mismo para que nadie se
despertara. Consiguió levantar el tubo un segundo antes de que volviera a sonar. — ¿Quién es?, contestó con el tono más bajo y audible que pudo. Por unos segundos nadie contestó. Se escuchaba sonido ambiente de bar.
— Mirá pibe. Perdoná la molestia y la hora. Te hablo del bar Las Acacias. Lo que pasa es que acá hay un tipo totalmente en pedo que me pidió llorando como un niño que llamara a ese número. Dice que sacó el Cinco de Oro y mil boludeces más. Cuando atendiste le iba a pasar el tubo pero se largó a vomitar. Te pido mil disculpas.
— No. No es nada. No te preocupes. Chau.
— Chau, chau.
CAPITULO X
El miércoles Fernando se despertó casi al mediodía. La resaca era grande. Recordaba poco y nada de la noche anterior. Tomó su medicación de inmediato. Se lavó la cara con agua fría y tomó un sorbo de refresco cola, ya sin efervescencia pero bien frío, que quedaba en una botella solitaria en la heladera. Tenía una sed furiosa y un malestar generalizado. Hizo un poco de gimnasia para entrar en calor y despabilarse. Pensó que debía bañarse. Pero no. Se vistió. Agarró su ropa sucia de la noche y la tiró en un rincón del baño. Encendió un cigarrillo y avanzó a paso firme hacia el teléfono. Llamó a Juan Pablo. Del otro lado de la línea atendió su hijo.
— ¡Hola enano! ¡Te felicito bachiller! ¿Cómo andas?
— Hola papá. ¡Qué alegría! ¿Qué haces?
— Alegría la que me diste vos con tu llamado y la noticia.
Te felicito guacho. ¿Y?, ¿qué se siente?
— Bien, lindo. Todavía festejando un poco.
— Y claro nene. Te lo mereces.
— Sí, bueno, tampoco es para tanto.
— Bueno, cada uno sabe en su interior. Pero para mí, da
para festejar. Mirá, escuché tu llamado del otro día. Pero estuve engripado desde el lunes y me dejé estar un poco. Perdoname por no llamarte antes.
— No pasa nada. ¿Y ahora cómo estás?
— Mejor, mejor. Mañana ya voy a trabajar.
— Me alegro.
— Bueno, mira juanpa, quería invitarte para que vayamos al fútbol el sábado al estadio.
— ¿Te parece viejo? ¿Con este frío y para ver a esos
perros?
— Bueno, es sólo para fijar un lugar de encuentro; el partido es lo de menos.
— ¿Y por qué no nos vemos en tu casa?
Fernando se puso nervioso. Su casa se estaba convirtiendo lentamente en un bastión contra el mundo exterior. Incluso con sus hijos allí, no se sentía del todo cómodo últimamente. Además ahora guardaba allí, la constancia de una apuesta y un premio millonario, que nunca le parecía estar del todo bien escondido.
— No; yo por tu hermana, que viste cómo es la pichona, también va a querer venir. Y está todo bien que venga, pero tengo ganas de conversar algunas cosas contigo más
tranquilos.
— Sí. Yo también. Bueno, según como esté el día vemos,
¿ta? No quiero que chupes frío y que recaigas. En principio nos vemos seguro el sábado. Nos llamamos sobre el mediodía para confirmar adonde. ¿ta?
— Me parece bárbaro. Bueno, te mando un abrazo grande.
Te quiero mucho.
— Yo también papá.
— Chau
— Chau
Fernando sintió aún más satisfacción por haber logrado cumplir con su deber de agenda atrasado que por la emoción de hablar con su hijo en forma tan gratificante.
Muchas veces había pensado con tristeza, que vivía la vida como en un proceso permanente de sacarse compromisos pendientes de encima. Fantaseando con la idea de unas vacaciones de compromisos. Y también se daba cuenta de que era él, el que le daba un carácter de compromiso a sus citas y quehaceres.
Pareció cobrar impulso y sin levantarse de la silla del teléfono, volvió a su agenda. Buscó el número de Luis, que ya no recordaba de memoria, y se dispuso a llamarlo.
Titubeó un instante al recordar el “misterioso” llamado de Cacho, su compañero de trabajo. Consiguió seguir concentrado y siguió adelante.
Sabía que Luis, pese a su abarrotada agenda de trabajo, casi siempre se las arreglaba para almorzar en su casa.
Encontró el número y llamó.
— “Familia Brugnini” ; la ortodoxia de Luis al contestar el teléfono era inconfundible.
— ¿Podría hablar con el doctor Luis Brugnini?, respondió Fernando impostando su voz, para lo cual tenía gran facilidad.
— Sí, con él habla.
— Ah, mire, lo llamamos del Hospital Británico para una operación de emergencia; continuó Fernando con su parodia.
— Disculpe señor, pero debe haber un error porque yo no trabajo allí.
— ¿Y tu juramento hipocrático donde carajo quedó?, terminó el juego Fernando con una risa.
— ¿Quién es? ¿Nando?
— No, Maradona.
— ¡Pero qué nabo tan grande sos! ¡Tengo media hora para
almorzar y vos me la cortas con esa estupidez.!
A Luis no le había gustado la broma. Y no era por lo del almuerzo. Era muy celoso de su profesión y de su legajo. Y aunque Fernando era un amigo, Luis era muy susceptible a cualquier insinuación que pusiera un ápice de duda en su carrera ejemplar. Se había vuelto bastante rígido con los años, y no tenía la risa fácil.
Fernando trató de enmendar de inmediato lo que él mismo juzgó como un pésimo chiste, propio de quien está nervioso y necesita romper el hielo de cualquier forma para luego ir al motivo real de la llamada.
— Bueno, perdoname Luis – dijo con un tono mucho más grave y serio – hace tiempo que no te veo y sólo quise que nos riéramos un rato. Sé que estás muy ocupado, pero en realidad lo de la urgencia, sin ser médica, no es mentira.
— ¿En serio? ¿Qué pasó nando?
— Mirá, prefiero hablarlo personalmente. Es algo muy importante para mí y necesito de tu apoyo y de tu confianza.
— Siempre que no sea manguearme algo – pensó Luis, pero dijo – Bueno, está bien, pero me dejas preocupado. Por
lo menos adelantame algo.
— Lo único que te puedo decir es que me pasó algo que me puede cambiar totalmente la vida.
— ¿Pero para bien o para mal?
— Para bien, para bien. Tranquilo, ya te dije que no era una emergencia médica. ¿Cuándo nos podemos ver? Yo sé que tenés una agenda recargada. Pero necesito una mano.
— Está bien. Yo te llamo. Ahora estoy con Adriana y voy a colgar antes que me haga una escena. ¿Te puedo llamar de noche tarde?
— Sí, no hay problema, voy a estar acá.
— ¿Acá, adonde?
— En mi casa.
— ¿Y no estás trabajando?
— Estoy con licencia médica hasta mañana. Una gripecita nomás.
— Bueno, bueno. Te llamo entonces.
— Gracias. Un abrazo.
— De nada. Igualmente.
Fernando se sentía satisfecho. En diez minutos había dado dos pasos enormes que no había podido dar en dos días.
Sabía que la cita con Luis no podría ser antes del fin de semana. Y, con Juan Pablo, ya había arreglado para el sábado; por lo que tendría un tiempo para pensar qué y cómo decir. Tan sólo le quedaba, pensó reconociendo su ingenuidad al pensar “tan sólo”, encarar el tema en el trabajo.
La resaca comenzaba a desvanecerse y sintió hambre.
— ¡Cómo necesito una mujer en esta casa! Cuando cobre la plata me consigo una doméstica de lujo – balbuceó, no sin dudar que, por su idiosincracia, nunca lo haría. Por el momento decidió seguir gastando a cuenta: salió para almorzar en un boliche medio pelo. Casi sin darse cuenta, y pese a todos los momentos de nerviosismo paralizante, aquellos tres días de licencia médica se fueron pareciendo bastante a unas vacaciones.
Antes de salir se aseguró que el papelito de su apuesta se encontrara en el mismo lugar donde lo había escondido. Se abrigó lo suficiente para enfrentar el frío perseverante. Por la ventana vio que comenzaba a llover. Se detuvo un instante en el perchero de la puerta de calle. Tomó su paraguas negro y manoteó una gorra que jamás había usado. Ni esa ni ninguna otra. Había sido de su padre. La metió en
el bolsillo derecho de su gabardina y pensó que a lo mejor se animaba a ponérsela. Bajó por la escalera. Salió del edificio a paso lento. Caminó tres cuadras y pasó por la vereda de enfrente a la peluquería de Rodolfo, que a esa hora siempre estaba más llena de amigos que de clientes. Alcanzó a verlo entre la solapa de su gabardina y la lona del paraguas casi sobre su cabeza. — ¡si éste supiera! — pensó.
Dos cuadras más y ya estaba en el boliche elegido. Se sentó contra una ventana. Cuando el mozo vino a atenderlo la mirada de Fernando casi se petrificó, atravesando al mozo como si fuera de cristal. Atrás de la caja registradora estaba Omar.
CAPITULO XI
— ¿Pero estás segura que era Fernando, nena?
— Pero claro, ¿cómo me voy a confundir?; esos papitos
no se ven todos los días y menos en la playa en invierno.
— Sí, tenes razón, esos tipos de padre no se ven todos los días.
— Bueno, aflojá un poco che; siempre dándole palo.
— ¿Y qué queres? ¿Que le haga un monumento? Claro, de afuera sólo se ve la cáscara.
— Sí. Pero qué cáscara.
— Bueno, basta, termínenla. — intervino Patricia entre su hermana Ana y Adela. — vos terminá con las pendejadas y vos Adela no te enrosques más. La culpa es mía por chusmear al pedo. Perdoname, la verdad es que no pensé que a esta altura te afectara tanto lo que hiciera o dejara de hacer Fernando. En realidad si no fuera por lo del yoga Ana me habría dicho solamente que había visto a Fernando yo ni te hubiera llamado.
— No. De última la tarada soy yo – dijo Ana – yo sé que soy una pendeja y que no tengo idea de hijos ni de divorcios. Además ya tengo 30 pirulos y me la paso franeleando al pedo. Reconozco que posiblemente, de no
ser tu ex, no me atraería tanto.
— Bueno, esperen que llamo al cura y nos confesamos todas – dijo Adela riendo y las tres rieron.
— Pero hablando en serio, no da para hacer una novela por una pavada. Lo que pasa es que coincidió con estos días en que ando media entreverada. Tuve algunos rollos en el trabajo, Graciana no estudia nada, y Juan Pablo no me da ni pelota.
— Hijos chicos, problemas chicos, hijos grandes….— intentó consolar Patricia desgastando aún más una frase hecha que no sirvió demasiado.
— Tampoco es para tanto – insistió Adela.
— Bueno, pero si te sigue el entrevero llamanos – insistió Patricia — ¿cuánto hace que no nos juntamos todas?
— ¿y yo que sé? Un toco.
— Bueno – siguió Patricia – yo me pongo las pilas y organizo algo.
— Bueno, dale – dijo Adela.
Pidieron la cuenta y se despidieron. Habían convenido almorzar juntas en un Shoping , por iniciativa de Adela, que quería aclarar cuentas pero terminó más confundida.
Eran pasadas las 2 de la tarde. Las tres volvieron a sus
obligaciones. Se fueron taconeando cada una por distintas salidas. Las tres recibieron algún piropo; pero a Adela le tocó el más perseverante. La siguió hasta el auto tratando de arrancarle una mueca o una palabra de su boca. Adela apenas lo miro por el rabillo del ojo cuando ya estaba frente al volante y el hombre se retiraba rendido.
— Sos lindo nene – pensó – pero andá a saber los líos que tenes. Acabo de entrar en abstinencia total de afectos hasta mejores días.
Puso en marcha el auto y se concentró en el trabajo.
Siempre había podido separar bien las dos cosas. Alguna vez alguien le había señalado ese don como una virtud poco común. Pero no recordaba quien. En aquel momento se enorgulleció de ello. El resto de su jornada transcurrió sin mayores sobresaltos. Sintió la rutina. Fue a buscar a Graciana a la escuela. Llegó a su casa a las 6 de la tarde, tras dejar de camino a una compañera de su hija. Juan Pablo no estaba. Por una vez decidió creerle a Graciana que no tenía deberes para hacer. Encendió la estufa. Puso una música alegre para su hija y la invitó a jugar a las cartas. La alegría de Graciana no cabía en su sonrisa y su sonrisa no cabía en su boca.
CAPITULO XII
— Dice el señor que está en la caja que su cuenta está pagada.
Fernando se ruborizó hasta la nuca.
— Bueno, está bien, gracias. Ah, sírvase — atinó a sacar 10 pesos del bolsillo para darle al mozo.
Había hecho lo imposible para que Omar no lo viera.
Había comido casi de perfil contra la ventana. Había abierto el diario de par en par cada vez que pudo. Había agachado la cabeza y hasta había deseado que el bar se llenara de gente. Había comido incómodo y nervioso, dispuesto a pagar un precio alto para que Omar no lo viera. El precio fue mucho más alto que el que torpemente esperaba, aunque Omar hubiese pagado la cuenta.
— No recuerdo haberme sentido tan estúpido – pensó.
Las palabras del mozo hicieron que bajara la guardia con dolor y resignación, mirando directo a la caja. Omar lo miraba con un sonrisa mientras continuaba trabajando.
Fernando meneó la cabeza con vergüenza y maldiciendo. Tomó lo que restaba de vino en su copa de un sólo trago
para tomar también coraje. Se levantó y enfiló derecho a su amigo.
— ¿Qué haces acá? — dijo porfiando en su disimulo con una mala actuación.
— ¿Y a vos qué te parece?
— Dale, en serio, ¿ desde cuándo estás trabajando en este boliche?
— Y ya hace como dos meses. ¿Y vos? ¿Te conseguiste un curro de detective o qué?
Fernando percibió que, pese a su comportamiento evasivo, Omar no estaba resentido. Por el contrario lo notaba contento. Pensó que tal vez sería el trabajo, que sabía que hacía un tiempo que no tenía y que el tenerlo ahora lo hacía desdeñar pendejadas.
— ¿Por la gorra y la gabardina me lo decís?
— No, boludo. Porque me pareció que me estabas espiando todo el rato. Por las dudas te digo que lo conseguí por derecha. Un viejo amigo que se vino de Brasil compró una parte y me puso en la caja sin condiciones.
— No sabés cómo me alegro.
— Gracias. Yo también. ¿Y tus hijos?
— Bien, bien, bastante bien. ¿Y tus hijas?
— Y ahora yo las veo mejor; pero supongo que igual siempre están bastante bien con sus madres. ¿pero qué haces por acá a esta hora? ¿y el laburo?
— Saqué una licencia cortita. Por las vacaciones de invierno de los nenes, viste.
Fernando ya no se soportaba mintiendo, y al hacerlo ahora con Omar se sentía llegando al límite. Le hubiese derramado toda su historia reciente como un vómito arriba del mostrador, olvidándose del bar, de la gente y de todos sus miedos. Dos mozos se arrimaron a la caja a buscar sus tickets. — Atendé, atendé – aprovechó Fernando — ¿y ahora qué le digo? — pensó.
— Bueno Nando, ¿por qué no nos juntamos para charlar.
Tengo algunas cosas que me gustaría contarte. Algunas cosas parecen cambiar.
— Claro Pelado. Cuando quieras.
— Yo tengo libre los lunes; ¿vos siempre seguís saliendo a las 6 de la tarde?
— Sí, por ahora…
— Entonces, ¿puedo ir por tu casa?
— Sí claro, te espero. Cualquier cosa que se me complique
te llamo. — quién sabe lo que puede cambiar mi vida de acá al lunes – pensó Fernando.
— Bueno, está bien. Si tenes un caso de homicidio urgente para resolver avisame. — ironizó Omar sabedor de lo rutinaria que era la vida de Fernando en los últimos tiempos y que casi no salía de su casa.
— No seas malo. No me cargues más que ya pasé bastante vergüenza.
— Está todo bien Nando – dijo Omar aunque lo seguía curioseando mucho aquella actitud de su amigo.
— Bueno, dale, nos vemos.
Se dieron un semi abrazo por encima del mostrador.
Fernando hubiera querido abrazarse con Omar un largo rato. Omar también. Esa tarde no pudo ser.
CAPITULO XIII
A las 7 de la tarde de aquel miércoles, Daniela Ordoñez ajustaba los preparativos para un seminario sobre Psicoanálisis y Psicofármacos, en el cual tendría que exponer la mañana siguiente. Sin embargo, cuando miró su reloj de pared, vio en su mente la figura de Fernando Torres, con quien siempre tenía sesión a la misma hora martes y jueves.
Trataba a Fernando hacía más de tres años y notaba en su proceso cierto estancamiento en los últimos meses. Aquel Cinco de Oro, desde otra perspectiva, también la había afectado. De muchas maneras se preguntaba cómo terminaría afectando a Fernando aquel azar.
Solterona, con sus sesenta y pico a cuestas, comenzaba a notar en ella algunos síntomas de escepticismo respecto a su profesión. No respecto al rol del terapeuta en abstracto. Sino respecto a ella como mujer terapeuta.
Sus muchos sobrinos y sobrinas se hacían más y más grandes, y llenaban cada vez menos el rol de hijos postizos que un día habían cumplido. Alguna vez tuvo un novio, algún que otro amante y una sola vez, que bien recordaba,
estuvo enamorada. Enamorada casi a la par de su profesión. Pero ésta había ganado la batalla por márgenes capilares.
— ¡Maldita partida! — rezongaba a veces — ¡maldita monja del psicoanálisis! — se acusaba ahora que los años y la soledad ganaban terreno — ¡En verdad, nunca jugaste tu carta!, ¿pensaste que había otra mano? ¿o fue un dogmatismo barato? ¡ahora qué importa! — pensaba a veces.
Veía, sin embargo, cómo esta tardía toma de conciencia influía en su comportamiento terapéutico. Desde hacía un tiempo se había descubierto incitando a sus pacientes a jugar sus cartas de una forma poco disimulada. Una forma que casi no podía controlar. Sabía que tendría que luchar mucho contra sí misma para no atropellar ahora a Fernando. Eso le preocupaba.
Pero esa tardecita, mirando el mar desde su noveno piso, su ánimo se tiñó de una melancolía que casi no recordaba haber sentido. — ¿Por qué no me llamará alguien que no sea un paciente con un ataque de pánico o una depresión aguda? Un amigo, o al menos un conocido. Y que no sea para hablarme de un libro nuevo, ni de un seminario, ni de un paciente. ¿Por qué no me llamará al menos un hermano o una hermano o un pariente para preguntarme cómo estoy? O
mejor, para dar un paseo a cualquier lado. ¿Por qué no me llamará un hombre? ¿Por qué no tengo a un hombre a quién llamar?
Con mucho esfuerzo terminó de ordenar sus papeles, subrayando algunos párrafos. Sacó una botella de licor del armario del comedor. Bebió dos copitas. Bebió tres, y cinco. Se colocó sus lentes de leer y abrió el diario en la cartelera de espectáculos. Agarró su agenda. Pero lo dejó todo en 3 minutos. ¿Qué carajo me pasa? Se sintió presa. Agarró un abrigo, las llaves de su auto, y abrió la puerta de su apartamento. El teléfono comenzó a sonar antes de que cerrara. Dudó unos segundos. Imaginó una voz recurrente en el contestador. Cerró la puerta con vehemencia antes de oír el mensaje y caminó directo al ascensor. — Hoy estoy sólo para mí – se dijo mientras descendía. Subió al auto, abrió el garaje y condujo rumbo a la rambla. Puso música en la radio y fue aumentando de velocidad, acompañando el ritmo con los dedos en el volante. Primero se dejó llevar.
Luego perdió el control.
Cuando despertó, lo único que recordaba era un enorme semáforo rojo. A poco se dio cuenta que estaba en una
ambulancia. A su lado, un joven y fornido enfermero le mostraba su mejor sonrisa mientras la tomaba de la mano.
— Tranquila señora, todo va a salir bien.
— Pero ¿qué pasó? — dijo Daniela mientras recobraba velozmente la conciencia.
— Nació de nuevo – se apresuró a responder una joven médico que completaba el cuadro asistente.
No había sangre, ni huesos rotos. No sentía dolor. Sentía miedo.
— ¿Cómo, cómo?
— Bueno, fue un accidente – dijo el enfermero – pero
¿cómo se siente?
— Me duele mucho la cabeza y no entiendo mucho – respondió Daniela con voz entrecortada.
— Bueno, tranquila, la estamos llevando al hospital para que la revisen. ¿Cómo se llama?
— Daniela Ordoñez.
— ¿Qué edad tiene?
— Sesenta y tres.
— ¿Cómo es su número de cédula de identidad?
— 997.608.-3
Daniela respondía automática y correctamente a las preguntas. Tardó un poco en darse cuenta que el enfermero ensayaba un primer diagnóstico sobre las secuelas de pérdida de conocimiento.
— ¿Dónde vive?
— Bueno, ya basta señor. Estoy bien, sé muy bien quién soy y adonde voy. Si quiere otro día le cuento la historia de mi vida.
Daniela se había irritado pese a la amabilidad del enfermero. No con él. Con la situación.
— Está bien, está bien. No se ponga así doctora. Usted sabrá comprender. Hace diez minutos, cuando llegamos al lugar del accidente, ninguno de nosotros apostó unas monedas a su salud. Ya sabe, el pecho el volante, la cabeza contra el vidrio, las manos…..
— ¿Y usted que apostó? — reaccionó Daniela con una dosis de estoicismo y orgullo impropia de la situación.
— Yo, esteeee, mmm, bueno….– el enfermero se sonrojó y la joven médico contuvo una risa.
— ¡Perdónenme! ¡Nunca pensé que podría pasarme algo así! ¡No entiendo cómo pude haber chocado! — y casi al
instante de decir lo dicho se percató de su omnipotencia infantil tras más de 30 años de ejercicio de su profesión.
— Bueno, lo importante es que se le ve muy bien.
— Pero, ¿y el otro? ¿qué pasó con el otro? ¡por favor no me diga que maté a alguien!
El enfermero no pudo dejar pasar la oportunidad de una revancha que le obsequiaba en bandeja aquella vieja orgullosa e ingrata, pensó y luego dijo: “bueno en realidad el árbol no dijo nada. Estaba un poco astillado pero no hizo ningún reclamo.”
— Bueno, menos mal – dijo Daniela, disimulando y tragando su vergüenza.
Se hizo un silencio durante 2 minutos.
— ¿Puede decirle al chofer que ya puede apagar la sirena por favor?
— Sí, como no; además ya casi llegamos.
— ¿Cuánto voy a demorar en el hospital?
— Bueno, según, habrá que ver el resultado de los exámenes.
— Pero yo mañana temprano tengo que trabajar.
El enfermero se impacientó. Su voz cobró acento grave y severo.
— Mire señora: en primer lugar dele gracias a Dios o a quien usted crea por estar viva; en segundo lugar déjenos hacer bien nuestro trabajo. Cualquier compromiso que tenga puede esperar y usted tiene una más que buena justificación.
Daniela calló. El enfermero calló. Y la joven médico, también callada, la miró condescendiente.
En 5 minutos llegaron al hospital. Daniela Ordoñez comenzaba lentamente a asimilar el doble golpe.
Pensaba en los compromisos a posponer el día siguiente. Pensó en el seminario, en su profesión, en Fernando, en el azar. Pero sobre todo no daba crédito a su pérdida de control Una vez internada, y ya pronta para los chequeos de rutina, logró renunciar a su omnipotencia tanto tiempo oculta para sí misma. De todos modos le costó cumplir con su rol de paciente. Era una oportunidad única para dejarse mimar. No la aprovechó del todo bien.
CAPITULO XIV
A las once y media de la noche de aquel miércoles sonó el teléfono en la casa de Fernando Torres. Era Luis Brugnini.
Tras su encuentro con Omar, Fernando se había sumergido en una planificada siesta. Haciendo reposo, como le había sugerido el médico, y tratando de disfrutarlo.
Al despertar tomó su merienda y se puso a mirar telenovelas, alternando en la tanda de comerciales con con viejas revistas de chismes. Totalmente consciente de su actitud evasiva igual disfrutó de aquellas horas como de un viaje a la adolescencia, cuando era el hermano mimado de sus hermanas.
Ya en la noche, retornó su angustia. El inminente reintegro al trabajo con una parodia de mutis por el foro no le sentaba nada bien. Casi se había olvidado de su última conversación con Luis. Mucho menos recordaba haber pensado una estrategia de cómo se lo diría.
— Hola ¿Nando?
— Sí, ¿quién habla? ¿Luis?
— Sí, ¿dormías?
— No, no. Todo bien. ¿Cómo andas?
— Bien. Perdona la hora pero no pude llamarte antes.
— No, está bien, si vos me dijiste tarde – recordó.
— Bueno, ¿cómo llevas lo de tu urgencia?
— Y, ahí voy, más o menos.
— Bueno, mirá, yo mañana a las 7 de la tarde me puedo hacer una escapada y conversamos.
— Pah, justo a esa hora tengo terapia.
— Bueno, pero si es tan urgente podes faltar ¿o no?
— Por poder puedo. Pero necesito ir.
— Ay Nando. ¡Mirá que sos complicado!
Fernando disimuló su enojo.
— Y sí, vos me conocés ¿no? Pero te juro que esto que me pasa ahora amerita estar complicado.
— Me vas a enloquecer con tanta intriga.
— ¿Y no te podes hacer una escapada ahora? — le preguntó Fernando, más buscando una anestesia a su solitaria angustia que sabiendo cómo se lo iba a decir.
— Pero Nando; mañana a las 6 tengo que estar arriba.
— Bueno, no sé, entonces buscamos otro día – el tono de voz de Fernando ya era lastimoso.
— No, para, para, ya salgo para ahí – dijo Luis mitad compasivo y mitad carcomido por la curiosidad.
— Gracias.
Durante los veinte minutos que demoró Luis en llegar, Fernando se tomó dos whiskys y se fumó casi tres cigarrillos. El tercero lo apagó por la mitad cuando sonó el timbre del portero eléctrico.
— Subí Luis.
— Dale.
Se saludaron con un abrazo en el que Fernando fue más efusivo.
— ¡Qué facha flaco! ¡Siempre impecable!
— Hago lo que puedo – dijo Luis simulando restarle importancia a lo que le importaba bastante – ¿y vos?
¿cuándo vas a dejar de fumar? La baranda a pucho se siente desde afuera.
— ¿Tan mal me ves?
— No. La verdad es que por afuera estás muy bien. Pero el cigarrillo trabaja por adentro.
— Y bueno, capaz que algún día me doy el lujo de ser tu paciente.
— No jodas con eso pelotudo. Si trataras todo el día con los despojos humanos que trato yo se te irían las ganas de joder.
— Bueno Luis, aflojate un poco, ¿querés tomar algo? — Fernando se sirvió su tercer whisky.
— No, gracias.
— ¿Te acordás cuando éramos los galanes del barrio?
— Y sí, ¿y entonces?
— No, nada, no sé porqué me acordé ahora. Luis comenzó a impacientarse.
— Bueno Nando, ¿por qué no vamos al grano?
— Es que hace tanto que no hablamos que quería ponerme un poco al día.
— Bueno, ya vamos a tener tiempo.
— ¿Ves? Eso es lo que dice todo el mundo. Lo que todos decimos a cada rato con amigos que nos cruzamos de casualidad – Fernando comenzó a caminar de un lado para el otro con su vaso en la mano derecha. Luis lo observaba más impaciente que expectante.
— No te lo niego. Pero es parte de la realidad.
— ¿Y no se puede cambiar al menos un poquito?
— Sí. No te digo que no, pero justo ahora….
— Estoy harto de eso – lo interrumpió Fernando con cierta brusquedad – de esas charlas que terminan siempre con un “bueno, nos vemos che, vamos arriba”, en las cuales los dos saben que ni se van a ver y que no vamos arriba de ningún lado…..
Luis era de carácter firme pero sereno. Era difícil hacerle perder el control. El ejercicio de su profesión había reforzado necesariamente ese carácter. Pero comenzó a sentirse muy incómodo, a mirar la hora de reojo y a presionar a Fernando mientras pensaba – sos mi amigo pero no mi paciente, contigo puedo perder la paciencia – y dijo — ya basta Nando. A mí también me molestan esas cosas.
Pero ahora tranquilizate, sentate y contame de una vez lo que me necesitabas contar.
Cruzaron sus miradas un par de segundos. Fernando se sintió acorralado.
— Está bien. Voy a tratar. Ahí voy – y se tragó hasta los restos de hielo que quedaban en el vaso – resulta que estoy harto de trabajar todo el día en un trabajo tedioso por unas monedas. De tener muy poco tiempo libre y no saber que hacer con él cuando lo tengo. De sentir que el resto de mi vida va a ser muy parecida. De tener que tomar pastillas e ir
a terapia para bancarme la angustia y la depresión….
Fernando comenzó a hablar más y más rápido, el volumen de su casi monólogo se hizo más y más alto, su rostro comenzó a desencajarse y se movía como un chimpancé enjaulado.
Luis, sin perder del todo el control, comenzó a sentir que había cometido un gran error en aceptar encontrarse esa noche.
— Estoy harto de que mi vida no tenga ni un poquito de aventura y tenerle tanto miedo al riesgo – de aquí en adelante Luis se resignó a asentir con la cabeza.
— De tener miedo de perder cuando no tengo nada para perder. De ver a la gente enferma de tedio. De no encontrar un semejante sinceramente apasionado por algo. De que la calle esté llena de pobres muy pobres, de pan y de espíritu, y de estar volviéndome uno de ellos, cuando tengo todo para ser lo opuesto. (a la postre sería lo único relacionado con el Cinco de Oro que Fernando diría aquella noche) De ver occidentales de cabo a rabo que piensan que leyendo unos mal traducidos libros de oriente y prendiendo un par de
velas se van a convertir en quién sabe qué clase de guías de nuestra sociedad. Del yoga, las caminatas y el aire puro para sentirse bien. Estoy harto de hacer trámites como para ver a un ministro cuando solo quiero ver a un amigo. De que los niños y niñas, entre ellos mis hijos, tengan una infancia tan corta…
Luis se levantó de su silla. Fernando lo miró con los ojos llenos de lágrimas y se arrojó en sus brazos como un niño.
— Tranquilo Nando, tranquilo. Yo te entiendo; te juro que te entiendo.
— Perdoname flaco, perdoname. Estoy como el culo.
— Tranquilo Nando, ya va a pasar. Ahora es mejor que te acuestes y duermas. Mañana vas a estar mejor. Esta descarga te va a hacer bien. Podés llamarme cuando quieras.
Cuando Fernando se calmó realmente y Luis se marchó, eran la 1 de la mañana.
CAPITULO XV
— Buenos días Torres, ¿está mejor?
— Sí, gracias. Un poco débil, pero mucho mejor – respondió Fernando al patrón del despacho de aduana donde trabajaba. Eran las 8 en punto de la mañana del jueves.
— Bueno, no se preocupe, porque por unos días va a tener un compañero nuevo que le va a aliviar la tarea.
Fernando se estremeció – primero un compañero y después un sustituto – pensó.
— Permítame que le presente.
Rita, dígale a Vaan Sanden que venga a mí oficina – le dijo por el interno a su secretaria.
— Van Sanden, el es Fernando Torres, quien le va a mostrar a usted cómo funcionan los trámites fundamentales de despacho en la empresa.
Un joven alto y rubio, impecablemente vestido y que no llegaba a los 30 años, le extendió la mano a Fernando. Éste, un tanto desconcertado por la situación y por la resaca de la noche anterior, le devolvió el gesto.
— El señor Van Sanden es un experto en programación y va a colaborar con nosotros en todo lo que a racionalización informática se refiere.
— Mucho gusto – dijo Fernando tras tragar amargamente.
Y pensó – ¿para qué carajo necesitamos un tipo así para hacer unos trámites burocráticos de mierda que los puede hacer hasta un síndrome down bien entrenado?
— Bueno señor Martínez Caña. Cuando usted lo disponga estoy listo para empezar – dijo el nuevo empleado.
Fernando controló una náusea y alcanzó a pensar – uy que mal que viene esto, ¿de dónde habrá sacado a este alcahuetazo?
Roberto Martínez Caña, que así se hacía llamar y así firmaba, emanaba hilitos de baba de la comisura de sus labios cuando lo nombraban con sus dos apellidos que el pretendía hacer pasar por uno compuesto y con alcurnia.
Fernando sabía eso perfectamente como casi todos sus compañeros, y evitaba llamarlo así siempre que podía. El sentimiento de explotar con la gran noticia y mandar todo al demonio brotó ahora en Fernando con más fuerza que nunca. Pero se detuvo en su garganta.
Empezó y terminó su jornada de trabajo lo mejor que pudo, apelando a lo mejor de su pésima diplomacia para cargar con el joven Van Sanden a su lado casi todo el día.
Contrariamente a lo que había imaginado, habló más que de costumbre con sus compañeros de trabajo. Un poco para olvidarse del Cinco de Oro , otro poco para intentar marcarle el terreno a su joven estampilla alemana; como diciendo – mirá nene que hace 10 años que estoy acá y estos son mis amigos – aunque nunca los había sentido realmente como tales.
Al terminar la jornada se acercó a Cacho. Aquel compañero cuyo mensaje en el contestador, que en su momento lo perturbó, nunca había respondido.
Cacho parecía un poco molesto por no haber sido correspondido. Por lo que Fernando se esforzó. Palmeo su espalda antes de irse y le dijo: Cachito, perdoname que no te respondí el llamado, pero me sentía bastante mal y tuve un montón de visitas.”
— No. Está bien. Ahora que sos galán, estás un poquito agrandado.
Fernando quería evacuar toda duda respecto a que Cacho supiera algo de su afortunada apuesta, por lo que siguió
indagando.
— ¿De qué me hablas Cachito; si yo galán fui siempre?
— ¡Noooo! , pero ahora te fuiste bien arriba.
— ¿Por ?
— Dale, no te hagas el coso conmigo. El domingo de noche te vi saliendo del teatro con la rubia del informativo de canal 20, y no me vas a decir que le estabas pasando alguna primicia.
— Escucháme Cacho. La verdad es que me encantaría porque está divina. Pero más me gustaría que te operaras de una vez la vista. Mirá como estás de mirar papeles tan de cerca. Pareces el Jorobado de Notredame.
— Pero ¿en serio no eras vos?
— No, Cacho, no. El domingo de noche ya estaba con fiebre y en cama.
— Bueno, tampoco da para calentarse che!
— No boludo. Que me voy a calentar por eso. Me caliento contigo que sos más terco que una mula.
— Tenes razón. Me convenciste. A partir de mañana encaro cómo conseguir la plata para el láser.
— Así me gusta Cacho– dijo –y pensó – quién sabe si no termino dándotela yo – mientras le decía hasta mañana.
CAPITULO XVI
La luna llena se había apoderado de la noche aquel jueves. Un veranillo de quién sabe que santo que no era Juan, completaba una atmósfera impropia de fines de Julio.
Los enamorados andaban sin prisa las calles serenas, más enamorados que de costumbre. Las parejas maltrechas por la rutina de los años, alborotaban sus almas como alas en busca de tiempos perdidos. Y los solos; los solos como Fernando Torres buscaban un refugio a prueba de nostalgias. Cualquier droga que ahuyentara su soledad. De preferencia una mujer encantada. Una amante hada madrina para armonizar con la noche hasta que se la llevara el día.
Ningún libro, ninguna película, ningún amigo, ni siquiera el alcohol, serían una anestesia adecuada. Ni la terapia que no tuvo porque su terapeuta no estaba; tal vez también dolida, no sólo por el golpe en la cabeza, sino porque en aquellas noches, también de soledad sufría.
De tal modo que Fernando deambuló aquella noche por quien sabe cuantas calles. Desde que salió del trabajo a su terapia. Desde su sesión frustrada, que nadie le avisó nada, hasta los balcones y puertas de tanto amigo, amiga o antigua
amante, donde no se animó a golpear puerta. Hasta la silueta de Adela pasó por su mente y estremeció su corazón. Porque a poco que pensó en llamarla sin saber porqué ni para qué, escuchó en su mente el tono cortante de su voz, más lejana y ajena que la voz del Dios en que una vez había creído.
El tiempo, caprichosamente lento, al fin pasó.
Dejó caer de sus manos el último cigarrillo, junto con la caja vacía, cuando estaba a 20 metros de su casa. Ya en ella, ningún llamado en el contestador, la nostalgia se transformó en ira, y Fernando o su ira, o los dos, hicieron de las suyas. Pateó algunos muebles y tiró algunos papeles y libros mientras blasfemaba contra todo y contra todos. Retazos de conciencia detuvieron sus manos cuando se abalanzaba contra el escondite secreto de su papelito mágico.
Aquella noche pudo haber terminado con todo aquel juego diabólico, que apenas cabía en él. Quién sabe qué lo detuvo en realidad. Pues nadie llamó a su puerta y él a nadie llamó.
Mientras intentaba dormir dio gracias a sus hijos, a Graciana y a Juan Pablo, por existir, y por haberle regalado una enorme foto de los tres, que tenía empotrada en la cabecera de su cama.
CAPITULO XVII
— ¿Qué te dijo tu padre del fin de semana?
— Quedamos en que nos llamábamos el sábado al mediodía.
— ¿Por?
— Porque según como estuviera el tiempo veíamos lo que hacíamos; si salíamos a algún lado o si nos quedábamos en la casa.
— ¿Y de Graciana no te dijo nada?
— No. Bueno sí. Que después hablaba con ella, pero que quería charlar un poco a solo conmigo.
Adela y Juan Pablo conversaban a la mañana temprano del viernes. Graciana estaba en el baño aprontándose para la escuela.
— ¿Te animas a llamarlo hoy para preguntarle que piensa hacer con Graciana?
— ¿Y por qué no lo llamás vos?
— Dale Juan Pablo. No empieces. Vos sabés cómo son las cosas.
— No. No lo sé. Sólo sé que quedé con él en hablar el sábado al mediodía.
Adela se mordió los labios. Juan Pablo le dio la espalda y se fue a desayunar. La relación entre madre e hijo se hacía cada vez más y más tensa.
Rumbo a la escuela, Adela y Graciana hablaron muy poco.
Adela mascullando bronca. Graciana bostezando. Antes de bajarse del auto, Graciana le dio un beso a su madre y le preguntó: ¿ no sabés si papá viene a buscarme mañana?
— Sí mi amor. Quedate tranquila.
— Otro viernes sin poder planificar nada por este pelotudo
– se fue repitiendo Adela de camino al trabajo – ¡Ah no!
¡Hoy sí que me va a escuchar!
Después de desayunar, Juan Pablo decidió llamar a su padre al trabajo. Aunque la consideraba una consentida, y hasta a veces le dijera “pendeja malcriada”, sentía ternura por su hermana. Su padre mismo le había dicho más de una vez que lamentaba no poder conseguir que Graciana tuviera más presente su figura paterna. Que entre Adela y sus tías (las hermanas de Fernando), más el ambiente pituco del colegio, la tenían en una bola de cristal. Y que, pese a todo, Graciana no era tan frágil como parecía.
— Hola papá. Perdoname que te joda en el trabajo pero quería preguntarte por el fin de semana.
Fernando se había asustado cuando le pasaron el llamado avisándole que era su hijo.
— No pasa nada enano. Pero ¿que pasó? ¿no quedamos para el sábado?
— Sí. Conmigo sí. Pero es por Graciana.
— ¿Qué le pasó a Graciana?
El interior de Fernando estaba alarmado. No su voz.
— Nada. No le pasó nada. Bueno, no te calientes, pero mamá me pidió que llame porque cuando le dije que habíamos arreglado para vernos solos el sábado se puso histérica.
— Pero a Graciana la puedo ver el domingo ¿Cuál es el problema?
— Eso me pregunto yo, papá. ¡Cuál es el problema! La verdad es que no me gusta nada esta posición de intermediario entre vos y mamá.
Fernando no podía hablar tranquilo ni pensar con claridad. Nunca podía hacerlo desde el trabajo y menos ahora con la presencia de Van Sanden, cuyos ojos azules sentía en la
nunca.
— Bueno. Tranquilo juanpa. Tenés razón. Cuando salga del trabajo llamo y arreglo todo.
— Gracias viejo. Y perdoname – dijo Juan Pablo con culpa.
— No es nada querido. Perdoname vos – se despidió Fernando con más culpa todavía.
Fernando comenzó a destilar bronca. Se aflojó violentamente el nudo de la corbata. A Van Sanden, que seguía merodeándolo, lo atravesó con la mirada de tal forma que el joven germano se alejó sin decir palabra.
— Llamo y arreglo todo – quedó sonando como un eco en su cabeza – arreglo todo, arreglo todo……
— Todo es todo – se dijo y en ese todo iba el Cinco de Oro con su casi millón de dólares incluido – te los voy a refregar bien por la jeta, concheta hinchahuevo de mierda – siguió pensando por un rato, totalmente herido, lacerado. — no tenés ni medio ovario para llamarme – continuaba.
El día se hizo largo. Desde que había sacado el Cinco de
Oro, cada uno de los dos días en el trabajo se le hicieron eternos.
A las 6 de la tarde de aquel viernes, parecía que dos vientos huracanados iban a chocar de frente y nadie sabía hasta donde ni hasta quien podrían llegar a salpicar las olas.
CAPITULO XVIII
— Fernando fue siempre un tipo solitario. Muy solitario si me apurás.
Vos podías verlo rodeado de gente. En el fútbol, en un asado, en la playa, en cualquier parte; pero siempre una parte de él no estaba ahí. Supongo que eso trasmitía cierta fascinación en la gente que lo rodeaba. En mí también, claro. Porque a la vez era muy seductor. Y eso a voz no te lo tengo que decir. Pero era una seducción algo perversa.
Siempre tenía una ocurrencia exactamente graciosa, o alguna opinión oportunamente lúcida para cualquier circunstancia o tema que se tratara. Pero te la dejaba ahí, picando, y después no la seguía. Su cabeza se iba a cualquier parte, pero sin dejar de mirarte. Algo así como diciéndote: “tomá nene, mastica este chicle de piedra que me pediste y cuando puedas hacer un globito seguimos conversando.”
En un tiempo eso seducía a quien estaba con él y a él mismo. Pero a la larga todos se fueron aburriendo. Porque se cansaron de compartir cosas por la mitad. Porque a la hora de la verdad, a la hora de decidirse por un proyecto
común de largo aliento, no se decidía por nada. Y así se fue quedando sólo, ya antes de casarse contigo, y mucho peor ahora. Y no es que se haga el intelectual incomprendido, como vos decís siempre. Él se da cuenta de cómo es, de cómo ha sido. Pero no lo puede cambiar. Sigue esperando que los demás lo busquen a él, como cuando era bastante más joven. Y es incapaz de arrimarse a hombre, mujer o grupo, con algo concreto, decidido a compartir en serio.
Porque tiene pánico de ser rechazado. Porque no sabe perder ni a la bolita. Se siente herido, lacerado en sus entrañas.
Siente que la vida le sacó mucho sin haber jugado una carta de verdad. Aunque se haya jugado la carta del casamiento y la familia. En el fondo de su corazón siente que todas las cosas que hizo fueron ajenas a su verdadera voluntad. Que las hizo por sus padres, por Dios, o por quién sabe quien. Le resulta muy difícil pensar, entender y sentir que todo el mundo tiene sus problemas; que al igual que él, todos lidiamos con nuestros rollos que no sabemos desenredar. Y que no podemos estar a su disposición. Es como si sintiera que le debemos algo. Algo muy caro para él. Pero eso yo no sé lo que es. Y el tampoco lo sabe con claridad.
Perdoname el atrevimiento Adela, pero necesitaba
escribirte esta carta. Lo conozco hace 30 años, es mi amigo y lo quiero. Y, aunque sé que leeras estas líneas con la lente de una mujer, de su ex mujer, pensé que sería bueno que tuvieras otra visión.
Además, alguna vez, vos lo sabés, todos éramos amigos. Y yo también extraño aquellos tiempos.
Un beso. Omar.
Adela había llegado a su casa poco antes de las 6 de la tarde. No podía más de la ansiedad por llamar a Fernando, pero sabía que no lo encontraría en la casa antes de las 7. Aprovechando que era viernes había dejado a Graciana en la casa de una compañera. Y rogaba que Juan Pablo no llegara antes de la hora señalada, mientras devoraba un cigarrillo tras otro.
Al chequear su correo electrónico, para hacer pasar el tiempo, se encontró con el mail de Omar.
Pese a los 4 años de separación, no había cambiado su dirección: adefer@adinet.com.uy . Omar no lo sabía, pero maniático jugador se jugó una corazonada.
Luis Brugnini, tras la noche de su traumático encuentro
con Fernando, había llamado a Omar para ponerlo al tanto de toda la situación. Sabía que Omar lo conocía mejor, que era el que había estado más cerca de Fernando últimamente.
La lectura que Omar realizó de lo que Luis le contó, sumada a la extraña caricatura del Fernando Torres que Omar encontró en el bar, lo impulsaron a escribirle a su es mujer antes de hablar con él. Sabía de su pésima relación con Adela y pensó que en su estado de ánimo Fernando sería capaz de cualquier cosa con tal de lastimar a Adela y a él mismo; aún a riesgo de perder su buena relación con sus hijos. Y Omar quería a los hijos de Fernando casi como a sus hijas, a Fernando como a su alter ego y veía en Adela a una bien intencionada madre. Omar nunca había tenido madre.
Adela se levantó de la computadora y comenzó a dar vueltas alrededor de la casa. Luego entró en las habitaciones de Graciana y de Juan Pablo. Extrañamente la de Juan Pablo estaba sin llave. En un rincón, semi escondido, había un porta-retrato reparado, que tenía una foto de toda la familia. La foto había sido sacada siete años atrás. Adela recordaba haberla roto junto con otros recuerdos en un acceso de ira.
Nunca pasó por su cabeza que Juan Pablo la hubiese
reparado, ni que la tuviera en su cuarto.
La carta de Omar, el silencio de aquella casa, la foto, colocaron en su mente un cartel de pare. Y Adela paró. Rompió el discurso que tenía preparado en su mente para Fernando. Llamó por teléfono a un par de amigas a las que no encontró. Decidió no intentar con una tercera. Marcó 6 números de los 7 del teléfono de Fernando pero colgó antes de marcar el último. Sintió frío. Se preparó un poco de café. Se dispuso a encender la estufa a leña. No lo consiguió. Sin embargo no se fastidió. El cansancio le fue quitando fuerzas a la ira. Se sentó en el sofá frente a la estufa. Juntó sus rodillas a su pecho y extendió su saco de lana por sobre ambas piernas. La invadió un cierto desasosiego. Intentó rezar. Sólo pudo balbucear algunas palabras y comenzó a llorar. Mansas pero sin pausa sus lágrimas fueron bañando su rostro. — ¿por qué sos tan boludo Nando? ¿por qué? — fue la única frase clara que salió entre cortada de su boca.
Fernando llegó a su casa a las 18 y 45hs. Sin una sola evasiva se sacó el sobretodo y se dirigió al teléfono. Miró el contestador y no había ningún mensaje. Pero el teléfono
sonó antes de que levantara el tubo.
— Hola mijo, ¿cómo andas?
— No muy bien doña Esther.
— ¿Pero por qué? ¿qué te pasa?
— Nada, nada. Después te cuento.
— ¿Pero es algo de salud? ¿estás con gripe?
— No mamá, nada de eso, ahora no puedo hablar.
— Pero nene, por favor, decime algo.
— Está bien, te digo: ¡andá a la puta madre que te parió!
Fernando colgó el teléfono con tal brusquedad que hasta la mesita quedó temblando. Pateó su sillón preferido para patear. Y le dio un puñetazo a la pared. Sus nudillos comenzaron a sangrar. Fue por hielo y una venda sin dejar de maldecir por un segundo a su madre y a la vida. Tomó un calmante. Merendó y fumó. A la media hora la melancolía tenía en jaque a su bronca. Seguía necesitando hablar con Adela. Pero de otra manera.
CAPITULO XIX
— ¿ Dos de azúcar como siempre?
— Sí, gracias.
— No conocía este lugar.
— Yo tampoco. Una amiga me dijo que había abierto hace poco y que estaba rebueno.
— Sí. Está original.
Fernando y Adela intentaban torpemente romper el hielo que los separaba.
En un exabrupto Fernando había decidido llamar a su ex mujer “para conversar”. Adela se aseguró de que Graciana se quedara a dormir en lo de su compañera de clase y de dejar comida preparada para Juan Pablo. Fernando se aseguró de que su papelito mágico siguiera en su lugar.
Como quien guarda un as en la manga. Tras la descarga con su madre, su ánimo era más el de dialogar realmente. Por lo menos como para llegar a una “paz armada”. Sabía que de tener que echar mano a su carta se transformaría en un “as de espada”, y no quería.
Tonos de voces cansadas y unas palabras burocráticas
habían convenido la cita telefónicamente.
Ahora estaban frente a frente. Como hacía tiempo que no. Y los dos se curioseaban los ojos y las caras entre palabras huecas.
— ¿ Que tiempo loco eh?, dijo Fernando ironizando la situación.
Adela no pudo ni quiso evitar la tentación y su casi perfecta dentadura le iluminó el rostro. Fernando cobró entusiasmo. Más aún cuando Adela lo piropeó.
— Bueno. Empezá vos que sos el que habla mejor.
— No sé, me parece que en estos casos la elocuencia no sirve de mucho. Tal vez sea mejor hablar poco pero claro.
— Sí, tenés razón. Pero es difícil cuando una no quiere herir ni herirse más.
— Bueno. Vamos a tratar de poner anestesia a las palabras
¿ta?
— Ta.
— Yo te quería decir…– ahora hablaron uno encima del otro y enseguida rieron – “vos me querías” — pensó Fernando pero no lo dijo.
— Dale, dale. Decí vos. — se apuró Adela.
— Bueno, yo te quería preguntar qué pasó con Juan Pablo.
Porque me llamó al trabajo, cosa que nunca hace, y me dijo que vos te habías enojado porque yo había arreglado para verme sólo con él el sábado. Y me dijo que estaba cansado de hacer de intermediario.
Fernando hizo una pausa y terminó su café de un sorbo. Adela puso todo su empeño en hablar con tranquilidad.
— Lo que pasó es que Juan Pablo me dijo que no le habías dicho nada de lo que pensabas hacer con Graciana y yo me calenté porque necesito planificar con anticipación el fin de semana. No me molesta que te veas a solas con Juan Pablo. Pero todos los viernes, y éste no fue la excepción, Graciana me pregunta si la vas a ir a buscar y cuándo. Y a mí se me ocurre que podrías planificarlo un poquito antes.
Poquito antes le sonó algo sarcástico a Fernando, pero Adela pretendía ser sincera. Sólo que no le salió decir el miércoles o el jueves.
Fernando tosió levemente a propósito como para recordar los códigos de diálogo preestablecidos. Adela se percató inmediatamente.
— Quiero decir, si no podrías definirlo el jueves a la noche a más tardar.
— Lo que pasa es que tuve una semana muy particular…
— Sí, ya sé – dijo Adela recordando lo que le habían contado Patricia y Ana respecto a la playa y el yoga, mientras Fernando se perseguía pensando — ¿y ésta que sabe? — recorriendo obsesivamente en su memoria si se le había escapado con alguien lo del Cinco de Oro.
— Pero los dos sabemos – continuó Adela – que esta forma de planificar los encuentros con Juan Pablo y Graciana no son sólo de esta semana.
Fernando calló y respiró hondo. Adela bajó la mirada y revolvió la cucharita en la borra del café.
— ¿Vos leíste a Habermas? — dijo Fernando
Adela abrió los ojos como el dos de oro y se los puso encima a Fernando con un letrero luminoso que decía “te lo advierto”, mientras pensaba “no, por favor no, otra vez no”.
— Tranquila, por favor, tenéme paciencia, no lo puedo
evitar. Resulta que el tipo habla del Codigus y el Habitus. El Codigus sería la ley, la norma, lo ideal. Y el Habitus, la forma en que se puede cumplir o adaptarse a esa ley, norma o plan. Yo hago lo que puedo con la norma de estar, tener y atender a nuestros hijos.
Pese que a Fernando su ilustración filosófica le resultó breve y apropiada para explicar la situación, fue suficiente para que Adela se irritara y dijera: decime una cosa; a vos, en todas las carreras que estudiaste ( y que nunca terminaste, estuvo tentada de agregar pero se contuvo) la materia “sentido práctico” no estaba en ninguna ¿no?
— No. Y en lo que hayan leído o estudiado mis padres se ve que tampoco.
Fernando respondió esperando obtener cierta indulgencia de Adela. Tratando de que ella leyera entrelíneas: “me hicieron así y no puedo cambiar”. Pero Adela leyó y pensó así: “Bueno Fernando. Pero ahora el que es padre sos vos. Y tus hijos y yo necesitamos cierta seguridad y coherencia.”
Fernando se llevó las manos a las sienes. “Tus hijos”, lo perturbó; “necesitamos seguridad y coherencia”, lo desbordó. Toda la frase de Adela junta lo sumió en un “hago
lo que puedo, hago lo que puedo, una y mil veces no entendés que hago lo que puedo y que además estás trasladando tus necesidades a las de nuestros hijos.”
Pero se quedó sin palabras. Con los códigos preestablecidos para aquella charla, no tenía palabras.
Adela lo miraba y pensaba: “ahí viene la vícitma, seguro que ahí viene la vícitima.”
— Está bien. Este sábado estoy con Juan Pablo, el domingo con Graciana, y a partir de la semana que viene el miércoles de noche te aviso lo que voy a hacer el fin de semana.
Fue inesperado. Claro como el agua clara. Directo como una flecha. El tono de voz sereno. Ni Fernando le creía a Fernando que hubiese sido él quien había hablado.
Mucho menos Adela, que quedó totalmente desguarnecida. Muda hasta que dijo ¡ay! , porque la brasa de su cigarrillo le cayó en el dorso de una mano.
Viéndola tan a su merced como para un golpe de gracia Fernando estuvo tentado de decir unas palabras más que para su suerte calló.
Adela alcanzó a pensar en plantear el tema de la plata, como un manotón de ahogado, pero el silencio que sucedió a las palabras de Fernando fue demasiado largo y elocuente como para que cualquier otro reclamo sonara a “vine a pelear” o a “de qué se trata que me opongo”.
— ¿Estará haciendo yoga nomás este loco de la guerra? — fue lo último que cruzó por la cabeza de Adela.
–¿Quedamos así entonces? — dijo Fernando, sintiéndose mucho más ganador de aquella batalla que del mismísimo Cinco de Oro, y pensando que le sería más difícil cumplir con su promesa que cobrar su premio.
— Sí. Me parece bárbaro. — dijo Adela con su peor fingida sonrisa.
Fernando, con viento en la camiseta, pidió la cuenta y pagó sin titubear.
Caminaron lentamente hacia el auto de Adela, intercambiando palabras vacías, casi imposibles de soportar sino fuera por la peor alternativa del silencio.
— ¿Te llevo? — se sintió en la obligación Adela.
— No, gracias. Tomo un taxi. — dijo Fernando que seguía gastando a cuenta.
CAPITULO XX
La mitad del camino de regreso a su casa Fernando se la pasó haciendo cortes de manga en el asiento trasero del taxi. No podía gritar. Podía cantar pero no le salía nada.
Espontáneamente festejó con aquel gesto lo que sintió un triunfo aplastante sobre Adela. Ya al bajarse y entrando a su casa hizo una parodia de las declaraciones de un futbolista: “bueno, pienso que fue un partido difícil, pero la única oportunidad de gol que tuvimos y después controlamos el partido”
Se rió de la situación y de sí mismo. Se sacó el abrigo, los zapatos y se sentó en el sillón poniendo los pies cruzados en la mesa ratona, y los brazos abiertos sobre el respaldo del sillón. Contempló su casa en silencio, lanzando algún suspiro de alegre alivio de vez en cuando. No entendía muy bien cómo había podido lograr aquél comportamiento frente a Adela. Volvió a pensar en el poder del dinero. En la seguridad que podía darle un millón de dólares al cobro.
Veía extraño su comportamiento. “No sé que hacer con esa plata, ni me animo a cobrarla, pero saber que cuento con ella me da fuerza y creatividad”, pensaba.
Sin embargo, no se se engañaba respecto a dos cosas: no sería tan fácil librarse de nuevos reclamos de Adela y mucho menos librarse de sus paradójicos deseos de volver con ella. Sacó los pocos cigarrillos que le quedaban en su paquete al compás de un “la amo, la odio”, que terminó en “la odio”. “Pero igual la amo”, continuó, “ciertamente amo y odio a esa mujer.”
Sólo había pasado una hora de aquél momento de euforia y ya se sentía confundido y angustiado de nuevo. Tomó su pastilla y se fue a dormir sin cenar. Cada vez le costaba má comer sólo.
CAPITULO XXI
El sábado a media mañana Juan Pablo miraba una foto de su padre; al cual se le parecía y más por momentos se quería parecer.
Fernando, miraba una foto del suyo, cuando éste tenía más o menos su edad, y sostenía a upa a sus tres hijos: parecías fuerte viejo. Pero no lo eras tanto– pensaba.
Doña Esther, la madre de Fernando, miraba una foto de su madre, también muerta, y meditaba respecto a donde la había mandado ir Fernando el día anterior.
— Perdonalo Dios, porque no tiene idea de lo que dice; y vos también mamá, por no entender el milagro de concebir y dar a luz – rezaba entre mate y mate, pero sin derramar una sola lágrima.
Tampoco se preocupaba mucho en pensar lo que Fernando pensaba de ella ni de la vida. Tal vez porque ya lo sabía y no lo quería recordar. Siempre católica ferviente, más partícipe de un cristianismo social en su juventud, se había refugiado en una fe casi ingenua tras su viudez. Enjuta y pacata.
Llevaba una vida casi monacal en su propia casa, donde el olor a cigarrillo gobernaba sobre todos los demás.
Pero tras su aparente dureza estaba herida. Siete años de soledad tras cuarenta y cinco de un matrimonio casi simbiótico, el alejamiento de algunos amigos otrora importantes, tras la muerte de su marido, y la nunca buena relación con sus hijos ( no sólo con Fernando) , le había encorvado la espalda y el alma. Sólo podía entenderse, y obviando algunos temas, con su hija María Inés. Aqué mediodía de sábado necesitaba desahogarse con ella, y decidió ir a visitarla.
Juan Pablo llamaría a su padre como habían convenido y Fernando esperaría su llamado.
Comenzó a llover en forma un tanto repentina pero definitivamente fuerte, justo cinco minutos después de las 12hs. Por lo que, cualquier encuentro, convenido o imprevisto, sería bajo techo.
Solamente una rayo que cayó muy cerca de su casa consiguió que Adela despertara de una noche pesada.
Rodolfo abrió su peluquería más tarde que de costumbre. Algunos de sus clientes y amigos se atajaron de la sorpresa del chaparrón, debajo del sobretecho de su local.
Sólo uno de ellos había ido a cortarse el pelo: Omar.
A Omar le decían el pelado. A Rodolfo le decían Rodolfo
a secas. Omar tenía pasión por el juego, las mujeres y el fútbol en ese orden. Rodolfo era menos apasionado pero mucho más polifacético. Él decía que su oficio lo había llevado a ensanchar su horizonte de curiosidades. Muy afecto a todo tipo de música en su juventud, poseedor de una colección discográfica envidiable, se lamentaba a menudo de no haber grabado muchísimas conversaciones con sus clientes. Decía que no tenía nada que envidiarle a curas, psicólogos y tacheros.
Escuchando el murmullo de los cuatro o cinco amigos parados en el escalón de entrada esperando a que amaninara, Rodolfo abrió el diálogo.
— ¿Hoy cómo lo quiere el señor? — ironizó ante la calvicie cada vez más pronunciada de Omar.
— Orejas bien descubiertas, nuca medio militar. Eso sí, el cerquillo no me lo toques por nada.
Los dos rieron y se abrazaron.
— ¿cómo andas pelado?
— Y bien; siempre haciendo honor al seudónimo.
— Pero ¿y cómo te va en el bar?
— Yyy, una guita saco. Pero ni la veo. Hasta que no le pegue a un número bien pegado.
— Pero si ya le pegaste unas cuántas veces.
— Sí. Alguna patitia de burro, y alguna que otra buena mano de póker, pero nada más.
— ¿Y no sacaste la lotería hace un par de años?
— Sí, es verdad, ya me había olvidado. Pero era un número colectivo y se me fue todo en pagar deudas.
Uno de los amigos que estaban en la puerta interrumpió la conversación sugiriéndole a Rodolfo que en vez de vender discos y cosméticos para ampliar el rubro, invirtiera en paraguas.
Rodolfo apenas hizo una mueca por sonrisa de aprobación. Omar se molestó un poco. Últimamente la peluquería de Rodolfo era para aquél, mucho más un lugar de confesiones que una cuestión de estética.
— Entiendo eso de que “el cliente siempre tiene razón”, pero ¿no se revuelca de nabo ese pibe?
— Bueno, ¡no es para tanto che!– intentó mediar Rodolfo.
— Está bien, tenés razón – dijo Omar e intentó ignorar aquel barullo en aumento — ¿y vos que contás ?
— Laburo, laburo y más laburo. Algunos creen que hago lo
que quiero, que como soy soltero y soy mi jefe no me canso, y que estoy siempre de buena onda. Pero la verdad es que estoy un poco saturado.
— ¿Y para cuando una pareja, una familia? ¿nunca se te pasa por la cabeza?
— Divagando, mil veces al día. Pero más precisamente, cada vez que le corto el pelo a un niño que lo trae el padre o la madre.
— ¿Y qué pasa Rodolfo? ¿A cuál estás esperando? ¿O querés terminar como un viejo verde adentro de esta peluquería?
Pese al volumen de la música y el bullicio en la puerta, que, como la lluvia, no cesaba, el comentario de Omar caló hondo en Rodolfo. — ¿qué le pasa a este tarado? — pensó enojado, pero no dijo nada. Estaba casi terminando el corte y no quería arruinarse la tarde por lo que percibía como un mal día de Omar. Pero Omar no se detuvo allí: “mirá que a tú edad, soltera, linda y con plata no vas a encontrar”
Rodolfo ya no pudo contenerse. Sin levantar la voz pero con firmeza habló: “tenés razón; voy a seguir tu camino, dejando un hijo en cada esquina.”
A omar se enrojeció hasta la calvicie de vergüenza y bronca. Ya no volvió a hablar. Lo que restaba del corte de pelo demoró 2 minutos que se hicieron eternos para ambos.
Omar le tiró 100 pesos arriba del sillón de peluquero y arrancó foribundo, atravesando a los muchachos de la puerta que seguían esperando que amainara la lluvia.
— ¿Y a éste qué le pasa? — dijo uno de los más allegados a Rodolfo.
— Nada, nada. Estaba apurado – disimuló el peluquero que también hervía por dentro y alcanzó a pensar con rencor – aunque sea con malos modales me pagaste un corte en diez.
Llegó a verlo alejarse. El rencor se fue transformando en pena. Omar no estaba para indulgencias. Solo sentía rencor.
CAPITULO XXII
Caminó un buen rato bajo la lluvia. No tenía ganas de volver a la pensión. Tal vez hubiera entrado en algún bar si no fuera porque desde hacía un tiempo, cualquiera de ellos le olía a trabajo. Los besos apasionados de dos adolescentes en una parada de ómnibus desierta, le evocaron otros tiempos y a dos o tres amantes que estarían dispuestas a recibirlo a cualquier hora. Sin embargo siguió su camino sin rumbo.
A las 2 y poco de la tarde, Fernando y su hijo estaban de sobremesa. Habían conversado animosamente desde el tempranero almuerzo. Fernando lamentando interiormente aquella tormenta traicionera; obstáculo insalvable para un paseo al aire libre. Juan Pablo fascinado con la posibilidad de un almuerzo “íntimo” con su padre.
Cuando surgía cualquier tema que tocase tangencialmente el futuro de Juan Pablo, el Cinco de Oro venía a la cabeza de Fernando, y su mirada se iba de foco. Y entonces su hijo se percataba y lo traía de regreso — ¿dónde estás papá?
— Estoy acá Juan Pablo, ¿dónde voy a estar?
— ¿Cómo me dijiste?
— ¿Yo? ¿Qué cosa?
— ¿Qué cómo me llamaste?
— ¿Qué decís nene?
— Que me dijiste Juan Pablo.
— ¿Y entonces?
— Y que nunca me decís así; por mi nombre.
— ¡Andaaaa!
— En serio; nunca me llamas por mi nombre y recién me lo dijiste. Me cayó la ficha porque me sonó raro. Incluso cuándo te pregunté me volviste a decir nene.
— Perdoname. Yo que sé. Me sale decirte así: nene, guacho, juanpa, no sé. Lo siento como más afectuoso.
— No pasa nada. Yo también. Sólo que me llamó la atención. Y cuando lo dijiste fue raro, no sé, es como que me hiciste sentir más grande. Como que estábamos hablando de hombre a hombre.
Fernando se quedó en silencio. Midió el tamaño y el porte de su hijo con la mirada. Evocó en su mente la voz precozmente grave y el vocabulario adulto de Juan Pablo.
Entonces, fugazmente, su propia imagen de 18 años apareció en su cabeza. Y le pareció que se parecían mucho. Y pensó – me parece que hace ya un buen rato que yo hablo contigo como si ya fueras un hombre, como un hermano más que como un hijo, perdoname —
Casi sin darse cuenta, había estado hablando casi dos horas con su hijo sin decir una sola cosa trivial. Contándole sus penas y carencias, invirtiendo totalmente los roles.
Juan Pablo aguardaba que su padre volviera a hablar pero sin preguntar más, sin presionarlo.
Finalmente Fernando habló: Cuando tu madre quedó embarazada empezamos a barajar nombres. Estábamos muy entusiasmados. Por supuesto, como es común en estos casos, toda la familiar quería meter cuchara en el asunto.
Sobre todo porque tu madre y yo no nos decidíamos y la panza le crecía y le crecía. Pero yo no quería intrusos en el tema. Nunca los quise y vos lo sabés bien. Después de mucho conversar, me acuerdo que teníamos resuelto un nombre de mujer pero no uno de hombre. Habíamos decidido no saber el sexo. Que fuera una sorpresa. Justo cuando tu madre estaba de 8 meses, el Papa vino de visita al Uruguay.
Juan Pablo cambió bruscamente de posición en su silla, pero Fernando no se amedrentó. — de hombre a hombre – se dijo para adentro y continuó.
Mi madre, tu madre y la madre de tu madre, con su miopía supersticiosa, no pudieron ver en esa visita más que una señal. Otros familiares cercanos, como mi padre, tu abuelo Antonio, apreció el nombre como simpático. Y a mi no me disgustaba ni me disgusta. Pero hubiera preferido tener la capacidad de elegirte un nombre junto con tu madre sin que nadie se metiera. No tengo que repetirte lo que pienso de la Iglesia Católica, el Papa y todo su séquito.
Así es la historia Juan Pablo – Fernando casi deletreó el nombre de su hijo – y pienso que tenés razón. En el fondo nunca terminé de asumirlo.
Juan Pablo había escuchado con atención y creciente expectativa. Cuando el padre terminó el relato, le costó mirar a su hijo a los ojos. Esperaba algo así como – y a mí qué carajo me importan tus rollos con mamá y con tu mamá, la religión y todas tus persecutas. Yo soy tu hijo carajo. Y todos me llaman Juan Pablo.
Sin embargo, nada parecido a eso sucedió.
Lo único que hizo Juan Pablo fue reírse y soltar un “qué
pelotudos” , para luego acomodarse el jopo y ofrecerle a su padre jugar una partida de ajedrez.
En vez de sentir desahogo por haberle contado aquella vieja historia a su hijo, que tantas veces había soñado con contarle, Fernando se preocupó ahora pensando que su hijo lo idealizaba demasiado. Se compadeció a sí mismo por su neurosis.
Tras el postre, el café y los cigarrillos que Fernando fumaba con culpa frente a su hijo y que su hijo se había jurado a sí mismo nunca más decirle nada al respecto,la partida de ajedrez comenzó.
Entre movida y movida Fernando celebraba interiormente el hecho de poder jugar a ganar frente a su hijo. La frase “de hombre a hombre” seguía resonando en sus tímpanos mientras recordaba épocas en las que simulaba torpemente haberse equivocado en cualquier juego para que Juan Pablo ganara. Era lo que seguía haciendo con Graciana y siempre se preguntaba si hacía bien o si hacía mal.
Juan Pablo dudaba. Le gustaba ganar tanto como a su padre y a poco de comenzar la partida se percató de que su padre era un rival accesible.
No recordaba cuando había sido la última partida que
habían jugado. Pero ahora lo veía todo más fácil. Aunque ante algunos errores gruesos de su padre pensaba: “¿Y si me está dejando ganar?”
El juego transcurrió en silencio. La lluvia implacable como música de fondo. Juan Pablo ya veía en el tablero dos o tres vía de acceso para el jaque mate a su padre. Fernando, entre puteadas contra su ingenuidad y sus reiterados “cómo creciste nene”, comenzó a pensar “antes que perder, empatar”.
Si no fuera porque sabía que podía perder la partida en tres o cuatro movidas, la inesperada visita de Omar le habría irritado mucho más.
— Pasá al baño y secate que te traigo algo de ropa.
— Perdoname Nando – dijo Omar tiritando – no sabía que…
— Dejáte de joder y cambiate que la pulmonía viene por el ascensor.
Aquel sábado, Omar no le acertaba ni a una letra. Sentía que todas sus visitas eran impertinentes. Y en el perdón que le pidió a Fernando y a Juan Pablo hubiera querido llegar a Rodolfo, a sus hijas – que poco y nada veía – a sus dos ex mujeres y a todos sus acreedores de dinero y afecto.
Aprovechó el ruido de la ducha y de la lluvia para llorar un poco. Se arregló lo mejor que pudo y salió a la cancha a jugar sin golero.
— ¿De quién son las negras? — preguntó para evadir cualquier pregunta sobre su circunstancia. Tal vez era el ajedrez de los pocos juegos que Omar no gustaba.
— Las negras son de Juan Pablo – dijo Fernando – y las blancas también — agregó – porque se mueven para donde él quiere.
Los tres rieron.
— Te voy a dar algo caliente, ¿que querés?
— Lo que tengas Nando.
Fernando estaba lejos de ser un buen amo de casa, mucho menos un gran anfitrión. Pero cuando sabía que sus hijos venían trataba de aprovisionarse lo mejor posible.
— ¿Un café ?, ¿un cortado?
A Omar, con sólo 3 meses de trabajo en el bar, esas palabritas le rechinaban los oídos. Pero estaba muy fresca en su mente la impertinencia con Rofolfo y no dijo nada al respecto. No quería irritar ni ofender a nadie más por el resto del día. Y todavía tenía que ir a trabajar por la noche.
— ¿Tenés mate? — alcanzó a decir, aunque le chiflaba la
panza de hambre.
— Sí, claro. Lástima que no sé hacer tortas fritas.
— Sí, qué lástima, yo tampoco – dijo Omar, mientras se le hacía agua la boca.
Juan Pablo y Fernando todavía estaban a media digestión, pero el “qué lastima” de Omar les resultó demasiado elocuente.
— ¿Y unos bizcochos? — apuró a decir Juan Pablo.
— ¡Ahí va! — dijo Fernando – voy y vengo enseguida.
— No viejo. Dejá que voy yo. Dame un paraguas y encaro.
No quiero que te engripes de nuevo.
Fernando se sonrojó de vergüenza aunque sabía que Omar no sabía nada de su gripe inventada. Recordaba perfectamente que cuando se vieron en el bar se la había cambiado por una pequeña licencia de vacaciones de invierno.
De todos modos, Omar, en aquel estado, no reparó en ello.
Sólo se le dibujaron unos bizcochos calientes en su mente.
— Gracias Juan Pablo – alcanzó a decir Fernando cuando su hijo ya cerraba la puerta de calle.
— ¡ Te sacaste la lotería con este guacho! — dijo Omar
De haber utilizado Omar otra expresión, tal vez Fernando hubiera compartido la expresión de Omar, deshaciéndose en elogios hacia su hijo. Tal vez hubieran conversado un rato sobre el mundo de los afectos y la educación de padres e hijos. De dolores y gratificaciones al respecto. Tal vez incluso, Fernando le habría preguntado por qué había llegado hasta su casa en tal estado y sin avisarle. Pero en el interior de Fernando sólo repiquetearon algunas palabras y sentimientos: gripe, lotería, basta de miedos, basta de mentiras.
— Mirá Omar. Antes de que vuelva Juan Pablo te tengo que contar una cosa que no puedo guardar más – habló Fernando con la velocidad de un rayo.
— ¿Qué pasó Nando?
— Nada, mucho, todo, no sé, todavía no lo entiendo, me saqué el Cinco de Oro.
Omar percibió ipso facto el nerviosismo de Fernando al que comenzó a temblarle todo. Trató de calmarlo.
— Tranquilo Nando. Contáme qué te pasa.
— ¿No te digo?, que me saqué el Cinco de Oro y que nadie
sabe – la voz de Fernando era ahora también temblorosa.
— ¿Pero cómo? ¿Cuándo?
— El domingo pasado.
— Pero Nando. Por favor. Escuchame. Tranquilizate.
¿Qué estás diciendo?
— Te estoy diciendo una cosa que hace una semana me estoy guardando y que me tiene loco. Ayudame. Decime lo que tengo que hacer para cobrarlo y que no me perjudique en nada.
Omar sintió mucho miedo por el equilibrio psíquico y emocional de su amigo, pero actuó con mucha calma.
Había estado en situaciones peores.
— Te entiendo Nando. Te entiendo. Te juro que no quiero contradecirte ni ponerte más nervioso, pero el Cinco de Oro del domingo pasado quedó vacante.
— ¿Qué es eso? ¿Qué decís?
— Vacante quiere decir que no lo sacó nadie.
— ¿Y vos cómo sabés?
— Pero Nando. Si vos sabés que le juego religiosamente. Y el domingo pasado no fue la excepción porque había como un palo verde de pozo. Seguí el sorteo por televisión, como siempre, y no lo sacó nadie.
Fernando caminó temblando y con mucha dificultad extrajo el papelito de su apuesta del escondite.
— Decime Omar. ¿No son éstos los números sorteados?
— 04, 11, 18, 23, 42; leyó Omar en vos alta – sí , me parece que sí, pero no puede ser.
— ¿Por qué no puede ser?
— Porque sino…. pará, pará, dejame ver, hay algo que no me cierra – Omar encontraba aquellos números tan familiares con los sorteados que también se puso bastante nervioso. Pero no quería alterara más a Fernando, que a esa altura sólo lo miraba esperando un veredicto certero y favorable.
Sospechaba qué entre su ropa mojada y sus múltiples bolsillos podría tener una de sus últimas jugadas y tal vez su boleta del Cinco de Oro. Pero se le ocurrió un camino más corto. Tomó el teléfono de Fernando sin pedirle permiso y digitó rápidamente los números de un celular.
— ¿A quién llamás?
— A un amigo.
— ¿Para qué….
— Hola ¿Raúl?….el pelado…Sí, me imaginé que estabas ahí. Te la hago corta, ¿qué números salieron al Cinco de
Oro el domingo pasado?….No seas tarado…Después te explico….Dale, cantame, despacio por favor…… aaaahhh…..ok, gracias, chau.
— ¿Y? ¿Qué pasó? — fueron las últimas palabras de Fernando.
— El 24 – dijo Omar – El último número sorteado fue el
24. No el 42.
CAPITULO XXIII
Fernando Torres estuvo internado un mes en un psiquiátrico. Su madre rezó todo ese tiempo el doble de lo que lo hacía habitualmente y con una foto de su hijo apretada contra su pecho.
No todos los que lo conocían se enteraron. Y de los que se enteraron pocos lo visitaron.
Omar salvó el trance con cero falta. Juan Pablo estuvo casi a la par de Omar. Muchas veces fueron juntos.
Rodolfo y Luis fueron a verlo un par de veces cada uno, al principio, cuando Fernando apenas los reconocía por las drogas, y ellos a él casi tampoco, por la impresión y el miedo que les causaba.
La situación de Adela fue más complicada. Algunas veces fue por propia iniciativa, con sentimientos encontrados; y, en los breves diálogos que mantuvieron, siempre intentaba no mezclar el afecto con la condescendencia.
Otras veces Juan Pablo la empujaba a ir.
A Graciana le dijeron que su padre había tenido que viajar urgente, por el trabajo. Nunca lo creyó totalmente. Mucho menos cuando supo, un mes después y por boca de su padre,
toda la verdad. En el interín , la tristeza se apoderó de su personita, sus lágrimas afloraron con frecuencia y su madre firmó de mala gana un carné que rezaba “bajó sensiblemente su rendimiento”.
Omar guardó el secreto del Cinco de Oro abortado lo mejor que pudo. Sólo lo compartió con Juan Pablo. Y Juan Pablo con su madre.
¿El diagnóstico? Poco original. Cuadro de depresión aguda por crisis emocional.
Daniela Ordoñez rompió su ortodoxia en mil pedazos y lo visitó varias veces en un rol muy lejano al de una terapeuta.
Sus hermanas lo visitaron por separado. Pero no pudieron romper ni un pedacito de la coraza largo tiempo formada entre los tres.
Fernando no colaboró nada al respecto. El hermano menor prefería mil pinchazos de la enfermera de turno que palabras fraternas, totalmente huecas para sus oídos.
Del trabajo, solamente Cacho lo fue a visitar.
La noche antes de salir de alta, Fernando escribió una carta para su terapeuta.
Querida Daniela Ordoñez:
Después de mucho tiempo me
he decidido a escribirle o ya estaría bien decir a escribirte esta carta. Las palabras que aquí leerás, porque espero que las leas, son, tal vez, las más sinceras que he escrito en mi vida.
Aquí no hay afán de seducirte, ni de hacerme la vícitma para que me consueles. Es más, esta carta no espera respuesta y me permite explayarme sin interpelaciones.
Es una carta de despedida.
En estos años que hemos “trabajado juntos”, como tú dices, he visto, sin duda, muchas cosas de mí que no conocía, gracias a tu ayuda. Pero últimamente, ya hace un tiempo que me siento caminando en círculos por esos senderos descubiertos sesión tras sesión.
Pensarás que escribo desde la depresión, desde un lugar más oscuro que el de costumbre, pero no es así. Por el contrario, es un rapto de lucidez el que me impulsa a escribirte esta carta. Uno de esos de los que presumo tú habrás tenido tantos. Seguramente aún más sobre tus pacientes que sobre ti misma. No sé. Tampoco sé lo que siente un terapeuta al no poder curar a sus pacientes. Porque
no me como el verso de que la terapia es una herramienta para ayudar al paciente a convivir con su neurosis.
Eso es lo que rezan los manuales de moda, hipócritas y conformistas, pero los dos sabemos que en el fondo, todo terapeuta con ética, sueña con curar a sus pacientes como un padre sueña con evitar el dolor a sus hijos. Aunque tú no tengas hijos y yo no sea terapeuta. Por eso no conozco un terapeuta que le haya dado el alta a un paciente. Muchos por el dinero; estoy casi seguro, aunque ni ellos mismos se animen a admitirlo en su interior. Pero supongo que la mayoría, los que tienen ética y orgullo, se aferran a sus pacientes como un niño pequeño al cuello de su madre.
Muchas veces he pensado que hubiera sido de la Madre Teresa de Calcuta si algún plan de la ONU, UNICEF, o vaya a saber uno que filántropo semi dios, hubiera solucionado el problema de los pobres, procurándoles comida, afecto, techo y vestimenta. Pienso que se habría suicidado. Porque ,
¿quién necesitaba más a quién?
Yo te agradezco de mil amores todo lo que hiciste por mí.
Con razón pensarás que después de este episodio depresivo, del tan mentado Cinco de Oro que nunca fue, tendríamos mucho para “trabajar”. Que de lo contrario
puedo ser un penal contra mí mismo y contra los que me rodean. Pero, ¿qué más podría yo ver en cada sesión?
Empezaríamos por tratar de averiguar por qué yo vi un 42 donde había un 24. ¿Llegaríamos tal vez a la conclusión de un acto fallido motivado en que yo tengo 42 y quiero parar el tiempo aquí y no pude ver el 24 porque fue cuando me casé y no me gustó lo que vino después?
Sé que esta grotesca caricatura de una sesión que nunca existirá puede ser hiriente. Y no estoy diciendo, aunque lo parezca, que ese haya sido el estereotipo de nuestras muchas y polifacéticas sesiones. Sólo quiero darte a entender, lo más gráficamente posible, la impotencia y el atolladero en el que yo me siento cuando se presentan estas situaciones. No puedo pasar de ahí. Del darse cuenta. Cambiar, tú lo sabrás, es bien otra cosa.
No me quiero justificar más. Esta separación y despedida es sólo otra pequeña muerte. De esas que nos van acompañando en el camino de la vida.
No sé bien lo que es, pero si pudiera, me gustaría abrazarte el alma.
Te quiero mucho.
Fernando.
Esa noche se durmió plácidamente y al otro día no recordó haber soñado cosa alguna.
Se levantó de buen ánimo. Se vistió con bastante celeridad, llenó unos papeles de rutina a propósito de su alta de internación y no miró para atrás. No quería despedirse de nadie. Querría haber podido borrar cualquier huella física y emocional de su estadía en aquél sitio. Aunque intuía que nunca olvidaría algunos momentos, diálogos y sensaciones. La atmósfera de aquel lugar, quedaría fijada para siempre en algún lugar de su cuerpo, tal vez por el resto de su vida, para bien o para mal, pensaba. Pero ahora tenía cosas urgentes que hacer – se decía y reflexionaba al respecto – entré por una urgencia y me voy lleno de urgencias — anque se lo tomó con humor, porque en la clínica habían hecho un buen trabajo, pensó.
Volvió a tomar su agenda y a marcar una lista de prioridades.
— poner esta carta en el correo
— hablar con Juan Pablo
— hablar con Adela y Graciana.
Lo de la carta fue rápido. Quince minutos después de
cruzar el umbral del psiquiátrico. Lo de Juan Pablo, sucedió ese mismo lunes, después del mediodía.
Cuando llegó a su casa la encontró en estado impecable.
Unas horas más tarde se enteraría por Juan Pablo que la responsable había sido su madre. La de Fernando. “Gracias mamá, por fin algo útil”, pensó. Pero jamás se lo diría.
No anduvo con rodeos respecto a su hijo.
Borró sin escuchar todos los mensajes de su contestadora refunfuñando “hubieran ido a verme” y llamó a su hijo. “Cuando puedas venite por casa que me gustaría hablar contigo”, le dijo en un tono firme sin ser brusco.
Juan Pablo estaba allí en media hora. Sólo dos vasos de agua mineral y la mesa ratona entre dos sillas que ocupaban padre e hijo, y lo que sería casi un monólogo de Fernando comenzó.
— En primer lugar nunca te quedes solo. Vas a tener momentos en tu vida en que la soledad te parezca atractiva. Ya sea la de tu mundo interior o la de la intimidad de la pareja. Tratá de salir y entrar permanentemente de ella.
Aunque te parezca una estupidez y te cueste un esfuerzo, aunque te parezca que vas contra la corriente, aunque te parezca masoquista.
— Pero papá…..
— Sí, yo sé que tenés muchos amigos y amigas. Pero el tiempo pasa volando. Algunos harán sus familias y otros se irán del país; otros se volverán banales y hasta tontos a tus ojos, y el círculo se irá cerrando. No te alejes, no te encierres, no te acomodes en un sofá relleno de afectos muy dulces porque tarde o temprano te empalagan y cuando por fin te hartas y te deshaces de él, los demás siguieron su rumbo y es muy difícil desandar ese camino. El pasto ya no crece en ese sendero y los años de alejamiento forman una coraza que nunca más se rompe.
— No te entiendo viejo.
— Yo sé que es difícil que me entiendas ahora, porque estoy hablándole más al Fernando de 18 y 42 años que a ti. Pero no te preocupes. Te lo voy a dejar por escrito y de forma más clara. Ahora teneme paciencia. Yo sé que tal vez esto sea más un buen desahogo para mí que un consejo útil para ti.
— Pero papá. Me hablás como si te fueras a morir mañana.
¿Pero si ya estás bien?
— Yo sé que estoy bien y que no me voy a morir mañana. Pero no quiero desaprovechar ni un minuto más del tiempo
que tenemos para compartir y decirnos cosas. Gran parte de mi vida como padre la he pasado dudando en si lo que me venía a la mente decirte estaba bien o estaba mal. Y ahora no lo quiero hacer más. Quedate tranquilo. Después te toca hablar a vos.
— Pero me confundís papá. Tanto tiempo escuchándote despotricar contra los profetas….
— Pude ser que te suene a profeta o predicador y lo entiendo. Sólo quiero prevenirte de algunas cosas que a mí no me previnieron o tal vez no supe oír. Aunque me inclno por lo primero. Por eso te digo que te las voy a escribir después con más tiempo. Y sé muy bien que tal vez nunca las necesites. Porque vos sos Juan Pablo y yo soy Fernando. Porque vos tendrás tu historia y yo ya tengo bastante de la mía. Más aún, estoy casi seguro que cuando tengas mi edad y aún mucho antes, encontrarás sin buscar, mil preguntas para las que yo no te di ni la más mínima orientación. Pero por lo menos tengo la ilusión de evitarte algunos laberintos dolorosos. ¿Me entendés?
— Más o menos.
— Bueno. Ya termino. Sé que lo que te voy a decir ahora tal vez te huela a mierda. Quiero hablarte del dinero. Me
habrás visto renegar muchas veces contra los bobos con plata. Quiero decirte que el dinero y el humanismo no son irreconciliables. La guita es importante. Cuidala. Cuidala siempre. Preocupate por ella igual que por la mujer de la que te enamores o cualquier otra de tus pasiones como la música y el deporte.
— Pero papá, ¿y todo lo que me decís de la abuela…
— Eso no tiene nada que ver. Vos no te vas a convertir en un viejo avaro e inseguro porque te preocupes por la plata, porque vas a saber cómo disfrutarla y porque ya sabes que no te salva de la muerte ni de otros muchos dolores y contingencias. Pero el mundo funciona así. Ahora sos muy joven y no lo podes ver claro. Estás lleno de ideales, ilusiones y proyectos, y eso me alegra porque te hace sentir feliz. Sobre todo porque en estos tiempos, son muchos los adolescentes que andan vagando sin rumbo por ahí. Pero poco a poco vas a ir descubriendo que la vida en familia y en sociedad es un permanente trueque. Un permanente intercambio de facturas. Facturas de dinero pero también de afectos. Y muchas veces, para tu dolor, verás que las facturas de dinero cotizan más alto que las más loables facturas de afecto.
— ¿Terminó la clase? — lo interrumpió Juan Pablo entre cansado y molesto.
Pero Fernando no sintió culpa ni dio marcha atrás.
— Una cosa más. La gente se aburre pronto de los tristes, de los deprimidos, de los melancólicos, de los que se cuestionan demasiado sobre la vida. Incluso las personas que tienen esa estructura no consiguen fácilmente encontrarse y apoyarse entre sí.
Ahora podemos hablar de lo que quieras.
— ¡Pero si hablaste sólo vos!
— Sí, tenés razón. Tal vez fue una clase muy aburrida, de esas que vas a tener muchas. Estudies lo que estudies. Hagas lo que hagas. Pero después de lo que me pasó tuve demasiado tiempo para pensar y tenía la necesidad imperiosa de contarte y decirte lo que pareció una clase. Y como te dije antes, después, con más calma, te lo voy a escribir. Y luego tú, con más calma, y si querés, la podrás interpelar y discutir. Pero por favor dame un tiempo.
— Está bien papá. ¿Ahora me voy al recreo a jugar? — dijo Juan Pablo que seguía molesto pese a entender la actitud de su padre y su cambio de carácter, sobre el cual más de un médico le había advertido.
— Yo te agradezco mucho tu paciencia; el haber estado siempre conmigo en este tiempo tan difícil para mí.
Te quiero mucho juanpa.
La última frase de Fernando y su tono, aflojó por completo la resistencia de su hijo y se dieron un apretado abrazo en el que no faltó la humedad fácil de los ojos del padre pero tampoco la difícil de los del hijo.
Ambos sabían que se había terminado un idilio. Ninguno sabía si para bien o para mal.
— Bueno viejo. Si no necesitas nada más me voy yendo.
— Andá Juan Pablo. Andá tranquilo y gracias de nuevo.
Fernando se sentó en su sillón, que, tras su pasaje por la clínica, sentía mucho más confortable y suspiró con alivio: “sólo me quedan las mujercitas”, dijo mientras pensaba en Adela y Graciana.
CAPITULO XXIV
Pese a la llamativa vehemencia de su estudiado discurso, rato después que Juan Pablo se fuera, Fernando se sintió algo débil.
La cama lo sedujo con una siesta.
Por la ventana, precoces brotes de primavera y el aire tibio de aquel día, lo hicieron dudar. Recordó una de las reglas de oro de sus prescripciones médicas que inclinaron la balanza hacia la calle. Hasta la bicicleta, largo tiempo guardada en un cuartucho, había sido alcanzada por las manos de su madre. Fernando trató de borrar de su mente aquel gesto de su madre lo antes posible. Se calzó un viejo equipo deportivo que olía a naftalina y se marchó. Quiso ignorar también la rambla tan cercana, porque le evocaba una rutina de enfermo. Pero no pudo. Mientras cruzó la cebra, casi sin mirar a los apurados autos que frenaban de golpe soltando algún chillido, pensó: “vayan a trabajar esclavachos”. Y enseguida, antes de montar su bicicleta: “no cambias más envidioso de mierda”
A ritmo de paseo tomó rumbo a ningún lado. Casi no se detuvo en la gente que casi no había en su camino.
Pasado reciente y futuro cercano alternaban presencia en su mente.
Comenzó a cantar canciones que habían marcado a fuego a cierto sector social de su generación. Canciones libertarias, de rebeldía social, por un mundo mejor.
Se sintió libre y de buen ánimo a los quince minutos de haber comenzado.
“¡Todavía estoy acá, hijos de puta!” — afloró de su interior un casi grito, que algún peatón escuchó sin que a Fernando le importara. Lo que realmente le importaba era que aquél grito de guerra, que bien recordaba en otros momentos de su vida haber lanzado al viento, llegara a los fantasmas que lo perseguían y los ahuyentara para siempre.
Comenzó a sentir el sudor de su cuerpo en la camiseta.
Enseguida en la frente y luego en el pelo húmedo al viento. Le recordó su juventud; cuando cualquier deporte era cotidiano y lo hacía sentir fuerte. Cuando odiaba el olor a cigarrillo, un vicio que había adquirido tardíamente a los 30 años pero que parecía definitivo, cuando le gustaba mirarse al espejo bañado en sudor y paradójicamente se sentía más limpio que recién bañado, cuando se sentía un todo con la naturaleza.
Le preocupaba también que le siguieran preocupando tanto las cuestiones de estética cuando aquella primavera cumpliría ya 43 años de vida. Se sentía tonto y superficial. Más aún, cuando no había podido resolver cosas que consideraba necesidades básicas de la vida. Como todas las que le había aconsejado a Juan Pablo que buscara y cuidara.
Ahora, sabía que necesitaba el dinero más que nunca. Y que no sería fácil conseguirlo con sus estudios y su formación humanística. Le costaba mucho la idea de empezar de nuevo.
“No se puede servir a dos amos, o Dios , o el dinero…” — fue la añejada sentencia bíblica que afloró en su mente sin su permiso.
Frenó. Bajó de su bicicleta y la dejó contra el muro de acceso a la playa. Se sentó en él e intentó responderle a su inconsciente: “pero que me decís; si yo hace muchos años que no sirvo a ninguno de los dos” — pero ni su inconsciente ni ninguna parte de su mente, ni nadie, le respondió nada. Decidió dejarlo para más tarde. Tenía claro que, por el resto de sus días, sólo él podría ser su propio analista.
Habían pasado dos horas y pensó en Adela y Graciana.
Subió a la bicicleta y emprendió el regreso. Las extrañaba mucho a las dos. No quería demorar más el reencuentro por agridulce que fuera. Igual lloró un poquito cada tantas pedaleadas. — ¿por qué usted no pudo doctora? ¿por qué vos no pudiste mamá? ¿por qué menos podés ahora? ¿por qué no me enseñaste sentido práctico papá? ¿por qué no puedo yo?
CAPITULO XXV
Cuando estaba llegando a su casa vio a Omar sentado en el muro del vecino.
Aunque estaba corto de tiempo para ir a buscar a Graciana a la escuela, se alegró de verlo.
Omar, concentrado en un crucigrama, no lo vio venir. Por un momento Fernando se puso en los zapatos de
Omar esperando.
— ¿Cómo haces para no fumar?
Omar levantó la vista y también se alegró de ver a Fernando, cuya imagen deportiva le trasmitió salud y su tono de voz buen humor. Pero no evadió la pregunta.
— Igual que vos para no jugar. No lo siento.
— Bueno, queda pendiente un poco de filosofía al respecto del tema. Ahora tengo menos de una hora para bañarme e ir a buscar a Graciana a la escuela; pero pasá y charlamos un ratito.
— Sí, dale, yo tampoco tengo mucho tiempo. Tengo que entrar al bar.
En diez minutos Fernando estaba ya bañado y a medio
vestir.
Pese a los dolores del alma que afloraban en aquellas descargas físicas, su cuerpo recuperaba energía y se tornaba más dinámico en cada movimiento.
Omar seguía enfrascado en su crucigrama. Pero en realidad esa era la imagen que ofrecía a simple vista. Había abandonado la empresa desde que entraron y disimulaba mientras pensaba cómo le diría a Fernando lo que le quería decir.
Fernando adivinó la pose de Omar, y supo perfectamente que había venido a decirle algo importante de lo que tal vez no se quería enterar en ese momento. Por eso sólo le hablaba alguna trivialidad sin interrumpirlo demasiado, esperando que se fuera el tiempo. Pero Omar también adivinó la intención de Fernando, que jamás hablaba del clima ni de lo limpia o sucia que estaba la playa. Así que tiró su revista sobre la mesa y habló: “Bueno Nando, vamos a dejarnos de joder. Te quiero decir algunas cosas.”
— Bueno dale – dijo Fernando casi resignado.
— Pasaron muchas cosas durante tu internación,
— Sí. Ya me di cuenta que el mundo siguió andando sin mí.
— Te pido por favor que no te hagas la víctima ni el gracioso. Porque lo primero, realmente, nunca lo fuiste; y en cuanto a lo segundo hace ya tiempo que tu público es muy poco.
— Bueno Pelado, si estás en una mala racha con los números no te la agarres conmigo….
— No. No estoy en una mala racha. Al contrario.
Mientras estuviste internado saqué dos veces a la quiniela y pegué un pleno en el casino. Sólo te pido, aunque tengamos poco tiempo, que por una vez me escuches sin interrumpirme y sin hacerte el boludo. Mirá que a mí me cuesta mucho hablar de verdad y vos lo sabés.
Todo gesto, postura, mirada y timbre de voz que acompañaron las palabras de Omar derrumbaron la guardia y las evasivas de Fernando, que casi cayó de nalgas en una silla. Y, abierta la brecha, Omar cobró impulso.
— Dentro de unos minutos te vas a encontrar con Graciana; pero sobre todo con Adela. No desperdicies la oportunidad. No te pongas necio.
— No te entiendo.
— Que juegues todas las cartas a esa familia. Que pongas todas las fichas que tenés guardadas a ese número. Que tenés el Cinco de Oro más fácil de ganar en el mundo y que no le querés jugar.
— Pero Omar, ¿vos tenés idea de todas las cosas que pasaron entre Adela y yo en estos 4 años?
— Sí. Claro que la tengo. Tenía una idea aproximada cuando vos me contabas, pero ahora tengo una clarísima después de charlar mucho con ella. Por eso te dije que pasaron muchas cosas durante tu internación.
— ¿Así que estuviste intimando con Adela?
— ¿Ves que pones celoso como un pendejo? Claro que estuve charlando con Adela y con Juan Pablo sobre vos. ¿O te parece que era para menos? Y no te equivocas: hubiera intimado mucho más si tuviera alguna posibilidad de que me diera bola, si Juan Pablo no fuera tan astuto y si vos no fueras mi amigo. Y mirá que te digo los obstáculos en orden de prioridades. Porque seremos muy amigos, pero nunca cuentes plata adelante de los pobres.
— Está bien que no soy la víctima, pero ¿tan afortunado me ves?
— Mira Nando. Yo tengo dos hijas que me quieren, por
ahora incondicionalmente, porque son niñas. Pero tal vez me odien con razón dentro de un tiempo no muy largo, como lo hacen hoy sus madres. A ellas no les va a importar que yo les explique que nunca tuve madre ni padre, que me crió una tía, ni toda mi historia. Sólo van a ver, como ven sus madres hoy, a un jugador y mujeriego empedernido.
— Así que yo puedo cambiar y vos no.
— No sé si yo pueda cambiar. No niego totalmente esa posibilidad. Pero vos tenías todo lo que yo hubiera querido tener. Y lo perdiste por boludo. Te hiciste echar. Y ahora tenes un penal a favor y no quiero que lo tires afuera.
No sacaste el Cinco de Oro, pero conseguiste remover todos los corazones más cercanos. Y sobre todo el que más te interesa. No mires para atrás. No te digo que te va a recibir con los brazos abiertos. Vas a tener que pelear un poco. Pero te aseguro que no vas a tener otra oportunidad como esta. Y no me vengas con esas boludeces intelectualoides de que la familia nuclear tiene sólo cien años de historia y que hubo y hay otros caminos. ¡vos sos de este tiempo y de este lugar! Y en estos tiempos y por estos lares no conozco a nadie que me haya mostrado otro camino más claro y feliz pese a todas sus dificultades. Todas las
alternativas que conozco abortan mucho antes que una familia tradicional y generan más dolor y confusión.
Me voy a ese bar de mierda. Apurate. No llegues tarde.
Tomá para el taxi.
Omar se fue sin saludar. Bajó corriendo las escaleras y desapareció. Los últimos tres minutos Fernando lo escuchó casi hipnotizado. Sólo el golpazo que Omar dio a la puerta lo despertó. Agarró la plata de Omar, se puso un saco y salió enseguida. Paró el primero que vino. Miró su reloj y calculó que llegaba.
CAPITULO XXVI
Llegó diez minutos tarde y casi se baja sin pagar.
Quedaban algunos pocos padres y madres conversando en la puerta de la escuela, a los que Fernando no conocía.
Igual preguntó: “perdón, ¿no vieron a Adela Aragón y su hija?”
Mientras los padres sorprendidos por aquél desconocido reaccionaban, un niño unos metros más lejos lo escuchó y reaccionó de inmediato: “sí, se fueron por allá.”
— Gracias pichón – dijo Fernando y comenzó a correr por el rumbo indicado – tal vez todavía no subieron al auto – pensó.
Corrió casi una cuadra y llegó a ver el auto de Adela con el señalero prendido, pronto a dar vuelta la esquina. Vio a su hija en la ventanilla derecha y desde unos diez o quince metros grito: ¡ Graciaaaaaanaaa!
La cabeza de su hija giró de golpe. Adela, que tembién ecuchó el grito, clavó los frenos y se llevó alguna puteada de los que venían detrás. Su hija bajó del auto y Fernando siguió corriendo, mientras Adela intentaba un estacionamiento forzoso.
Graciana dio tres pasos y saltó sobre su padre que le había extendido los brazos. Pese a cierta vergüenza por el que dirán Fernando festejó en su interior como un gol en el último minuto. Mientras exteriormente no dejaba de abrazar y besar a su hija, que le devolvía beso por beso y palabra por palabra.
— ¿¡ Cómo estás mi amor!? ¡ Qué ganas de verte y abrazarte tenía!
— Yo también papá. ¿Dónde estabas?
— Después te cuento. Ahora vamos a tomar la leche y nos contamos todo ¿ta?
— ¡Taaaa!
Adela se acercó con cierta cautela y parsimonia. No quería interrumpir el reencuentro. Pero cuando la euforia se calmó tampoco sabía mucho que decir. Sólo un “que raro vos tarde”, que reprimió inmediatamente. Se saludaron con un beso y un “cómo estás” dicho uno encima del otro. “Ahora mejor” dijo Fernando mientras se secaba el sudor de la frente. Pero Adela respondió con un “que bueno” sin decir un parco monosílabo que aludiera a cómo estaba ella. Una sonrisa sincera que afloró de sus labios dijo mucho
más. De hecho estaba emocionada y satisfecha con el reencuentro de Graciana y su padre.
— Bueno. Tengo que sacar el auto de ahí antes que alguien se lo lleve por delante – dijo Adela mientras Fernando mantenía aún a Graciana en sus brazos. Cinco segundos de silencio en que las miradas de los tres se entrecruzaron fueron interrumpidas por la voz chillona de Graciana :
¡Vamos que tengo hambre!
— Sí. Vamos.– dijo Fernando algo timorato.
— Suban con cuidado que estoy mal parada — dijo Adela y pensó – en todo la extensión del término.
Fernando sólo escuchó “suban”, en plural, y su corazón se agitó.
Desde un auto último modelo que en ese preciso instante pasó por el lugar, un hombre y su hija saludaron a Adela con la bocina y con las manos. Adela devolvió el saludo con una sonrisa de oreja a oreja que Fernando juzgó sobreactuada.
Casi involuntariamente Fernando dio unos pasos hacia atrás, con Graciana todavía a upa.
Cuando Adela volvió su cabeza vio el semblante de Fernando totalmente transfigurado. No se animó a repetir la invitación. Tampoco fue necesario. Fernando continuó su
marcha atrás y dijo susurrando: “No gracias. Todavía no estoy en venta.” Y agregó en voz alta: “Vamos a dar unas vueltas por ahí. Después te llamamos.”
— Está bien. Hasta luego. Chau Graciana.
— Cahu mamá.
Fernando continuó su marcha, ahora de frente y con Graciana a caballito.
— ¿A dónde vamos?
— A comer algo rico.
— ¿Pero a dónde?
— Todavía no lo sé.
— No importa. ¿Me contás un cuento en el camino?
— Sí, claro.
— Pero inventado ¿ta?
— Ta…..
Había una vez, un señor que se estaba volviendo viejo.
Pero que todavía era bastante joven….
OPINIONES Y COMENTARIOS