Si ya no miro la noche desde ese Enero
es porque caminé de tu mano bajo la eternidad.
No entendí cómo mirar la noche,
porque el perfil de tu cara me llenaba los ojos.
Pensé: si vuelvo a mirar la noche será porque te he olvidado.
Y es obvio que aún no la miro.
Y es obvio que aún no te olvido.
¿Pues cómo hacerlo si apareces aquí,
ardiendo, dejando brazas de lo que un día fue mi corazón?
Ardes, sí. Ardes. Quemas. Eres fuego en medio de mi pecho
las madrugadas que mis mejillas son mar.
Enséñame a mirar otra vez la noche, porque ya no se cómo.
Enséñale a mis ojos cómo dejar de buscar tus huellas;
a mis brazos, cómo dejar de añorar tus hombros;
a mis labios, cómo dejar de pretender tus espalda,
o cómo olvidar los tuyos.
La noche dejó de buscarte poetas y me puso tu aliento en la boca, para poder escribirte estrofas extraídas de un alma
callada, sumergida por las olas saladas que son tus párpados.
Dejé de mirar, pues, el horizonte, allá donde se pone el sol después de haberte alumbrado,
ahí donde la Luna espera para verte dormir, y todo por haberte visto respirar a mi lado.
Dejé de observar el mundo por mirarte a ti esa noche fría de Enero.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS