Bien, como siempre

Fulgencio el de la herrería, así le conocían, el nombre se lo pusieron porque nació un catorce de Enero y el santo de ese día era San Fulgencio Obispo, como decía él su santo obispo y él ni monaguillo, nunca fue mucho de ir a la iglesia, y “de la herrería” porque sus bisabuelos arreglaron para vivir cuando se trasladaron al pueblo la vieja casa del herrero, y aunque ninguno de su familia ejerció el oficio así empezaron a ser conocidos desde entonces, los de la herrería, y hasta ahora.

El caso es que Fulgencio el de la herrería, era el único habitante que quedaba en Pandeciervos, allí nació y allí transcurrió toda su vida, excepto los dos años de servicio militar que ha preferido borrar de su memoria. Eran ocho hermanos, hubo otros dos, pero no llegaron a cumplir el año de vida, y todos menos él habían decidido marcharse lejos de su tierra, al País Vasco, a Asturias, a Barcelona a probar suerte en la industria y así dejar de depender de la lluvia, del granizo, de que el tiempo sea bueno y no estropee la cosecha.

Los que se habían ido regresaban al pueblo una o dos veces al año, sobre todo a ver a los padres, por Navidad y por las fiestas de la patrona, en Agosto. Cuando fallecieron, estas visitas comenzaron a espaciarse y poco a poco, sin darse cuenta, el contacto entre los hermanos desapareció.

Pero Fulgencio no les necesitaba, de mozo, en la fiesta de un pueblo cercano había conocido a Herminia, ella tampoco tuvo suerte con el santo de su día de nacimiento, la cortejó dos años y se casaron, la llevó a vivir a Pandeciervos, al principio en la casa paterna, hasta que, entre los dos, levantaron la que sería su hogar, el que cobijaría su cariño y donde nacerían sus tres hijos.

Ni Fulgencio ni Herminia fueron a la escuela más que lo necesario, que en aquella época era poco más que para aprender a leer, escribir y las cuatro reglas, tampoco hacía falta más para trabajar la tierra y ahí sí se empezaba temprano, eran solo niños y ya tenían las manos encallecidas y ásperas del trabajo en el campo. Precisamente fue eso lo que impulsó a ambos a querer que sus hijos sí estudiaran, primero en la escuela del pueblo, luego, yéndose internos a la capital, al instituto y más tarde alguno incluso a la universidad, estaban muy orgullosos de todos ellos, y por otra parte tristes, habían estudiado, sí, pero eso también había ocasionado que hubieran echado raíces lejos de casa.

Pero eran felices, todos los años por la patrona iban a visitarles con sus nietos y la casa se llenaba de alegría, de risas, de alboroto, eran días felices.

Un invierno Herminia enfermó, posiblemente en una ciudad con un hospital cerca no hubiera sido nada grave, pero se empeñó en no ir al médico: “solo es un catarro, en unos días estaré bien”. Cuando el doctor vino a verla no pudo hacer nada, una neumonía acabó con ella.

A pesar de que los hijos insistieron en que viviera con ellos: “Vamos papá, ya lo hemos hablado entre nosotros, estarás tres o cuatro meses con cada uno de nosotros”. Faltaría más, iba a hacer él ahora la vuelta a España. Se empeñó en permanecer en Pandeciervos, era su casa, allí estaba enterrada su esposa, ¿Qué iba a hacer él en la ciudad? ¿Qué iba a hacer él rodando de casa en casa, que no era la suya, por más que fueran las de sus hijos?

Y allí se quedó, las visitas se fueron espaciando, ahora todo se arreglaba con una llamada telefónica ¿Qué tal estás papá?, ¿necesitas algo?

Cojones, estoy bien, ¿Cómo voy a estar? Como siempre. Trabajando, aunque casi no pueda sujetar la azada por culpa de la maldita artrosis, aunque me duela cada vez más la espalda, aunque el pueblo se haya ido vaciando poco a poco y ya ni siquiera pueda jugar la partida al dominó, Manolo, su compañero de toda la vida, se había ido a vivir a Bilbao con su hija. Pero claro, eso nunca se lo decía a sus hijos cuando llamaban, para ellos su padre era un cabezón que estaba “bien, como siempre”, ya podían ellos, pensaban, tener su fuerza y su carácter.

Y así fue como Fulgencio pasó a ser el único habitante de Pandeciervos, pasaba los días cuidando las cuatro gallinas que tenía y cultivando un trozo de tierra al lado de la casa de donde sacaba lo que necesitaba, el resto lo compraba en un camión-tienda que paraba en el pueblo de al lado una vez a la semana, estaba a cinco Km. pero siempre tuvo buenas piernas para andar en bici y “así me doy un paseo y tomo un vino” se decía.

Además todas las semanas visitaba la tumba de Herminia y le ponía flores.

Las llamadas telefónicas fueron escaseando, pues no iba a ser él quien les llamara, sabían donde estaba. La última que recibió fue para decirle que había sido bisabuelo, su nieta mayor había tenido un hijo, le dijeron que cualquier día pasarían a presentárselo, de eso hacía ya varios meses.

Lo cierto es que nunca les reprochó nada, bastante tenían ellos con sus familias y trabajos como para preocuparse por un viejo, ni siquiera lo hizo cuando aquel maldito dolor en el pecho le dejo sin respiración…

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