Una reflexión sobre la repentina pasión por las bases
Por Julio González / Un Viandante
En estos días ha vuelto a escucharse una advertencia que, en realidad, nunca debió ser noticia: los funcionarios deben acercarse más a la gente, abandonar la arrogancia, la prepotencia y la altanería, y reconectar con las necesidades de la población. La afirmación, expresada recientemente por Guido Gómez Mazara, contiene una verdad difícil de refutar. [elnacional.com.do]
Sin embargo, en política no basta con analizar lo que se dice. También importa cuándo se dice, desde dónde se dice y para qué se dice.
La desconexión entre ciertos sectores del poder y las bases partidarias no es un fenómeno descubierto ayer. Tampoco apareció con la proximidad del 2028. Se trata de una realidad que numerosos dirigentes medios, militantes territoriales y cuadros comunitarios vienen señalando desde hace años, casi siempre con escasa atención de quienes ocupan posiciones privilegiadas dentro de la estructura del Estado y del partido.
Por eso, quizás la pregunta más importante no sea si el diagnóstico es correcto. Probablemente lo sea. La pregunta verdaderamente incómoda es otra:
¿El contacto con las bases es una práctica sostenida o una necesidad descubierta cuando se aproxima la competencia electoral?
Una interrogante sencilla, pero capaz de desmontar toneladas de retórica.
Porque la cercanía con la gente no se mide por los discursos. Se mide por la trayectoria.
¿Quién estuvo presente cuando no había candidaturas en juego?
¿Quién visitó los territorios cuando hacerlo no generaba titulares ni proyección política?
¿Quién escuchó las frustraciones acumuladas de los dirigentes comunitarios cuando todavía no se hablaba de primarias, encuestas o posicionamientos presidenciales?
Las bases partidarias poseen una memoria que frecuentemente se subestima. Tal vez olviden consignas, documentos y promesas. Pero rara vez olvidan quién caminó junto a ellas en los momentos de silencio y quién apareció cuando comenzaron a contarse los votos.
Incluso las mediciones de opinión más recientes parecen sugerir que existe una diferencia perceptible entre el liderazgo presidencial y quienes ejercen la función pública en el territorio. Mientras la valoración del presidente supera la obtenida por el Gobierno y por buena parte del funcionariado, muchos ciudadanos parecen estar estableciendo una distinción entre quien encabeza la gestión y quienes representan cotidianamente al Estado frente a la población. Más que un dato estadístico, esa brecha luce como una advertencia política: la legitimidad puede construirse desde el liderazgo, pero la confianza se sostiene en la cercanía, la escucha y la presencia permanente allí donde viven y se organizan las personas.
Por eso resulta insuficiente denunciar la arrogancia del funcionariado sin examinar simultáneamente la naturaleza de la propia relación que cada actor político ha mantenido con el territorio.
Desde una oficina pública es posible formular diagnósticos acertados. Lo difícil es demostrar que la crítica surge de una convicción permanente y no de las exigencias de una coyuntura electoral.
La historia política dominicana está llena de dirigentes que descubren la importancia de las bases exactamente cuando estas recuperan la capacidad de decidir candidaturas. Es una especie de milagro cíclico: el barrio vuelve a ser importante cuando se acerca el calendario electoral; el dirigente comunitario recupera valor cuando se convierte en multiplicador de votos; la militancia vuelve a ser escuchada cuando su apoyo resulta imprescindible.
En buen dominicano, es ahí donde aparece la famosa «curvita de la Paraguay».
Porque una cosa es hablar de cercanía desde la comodidad institucional. Otra muy distinta es descender al terreno, exponerse a las críticas, escuchar los reclamos acumulados y compartir las incomodidades de quienes han permanecido esperando respuestas durante años.
La auténtica prueba de la cercanía no consiste en proclamarla. Consiste en demostrarla.
Y esa demostración no puede realizarse durante una campaña de varios meses. Requiere años de presencia, acompañamiento y coherencia.
Quizás por eso el debate no debería concentrarse únicamente en la arrogancia de algunos funcionarios. El verdadero debate consiste en determinar si la conexión con la gente forma parte de una cultura política permanente o si simplemente reaparece cuando el horizonte electoral comienza a dibujarse en el calendario.
Porque al final, las bases suelen ser más generosas con los errores que con las ausencias.
Pueden tolerar una mala decisión. Pueden comprender las limitaciones del poder. Incluso pueden conceder segundas oportunidades. Lo que rara vez olvidan es la sensación de haber sido útiles para subir y prescindibles después.
La sabiduría popular dominicana lo resume mejor que cualquier tratado de ciencias políticas.
Cuando alguien asciende demasiado aprisa, se distancia de quienes lo ayudaron a llegar y parece convencido de que la subida será eterna, desde abajo suele escucharse una frase cargada de memoria, paciencia y experiencia:
«Siga…que lo espero en la bajaíta»
No es una amenaza.
Es un recordatorio.
Un recordatorio de que todo ciclo político tiene un punto de retorno.
De que toda curva ascendente termina encontrándose con la gravedad.
Y de que, cuando llega la hora de volver a mirar hacia el territorio, el territorio también mira hacia atrás.
Entonces ya no importan tanto los discursos pronunciados en la cima.
Importa quién estuvo presente durante la subida.
Porque las bases no suelen desconfiar de quienes se equivocan.
Desconfían de quienes descubren el camino hacia ellas exactamente cuándo necesitan que ellas les ayuden a volver a subir. ☕
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