Me revienta la necesidad del ser humano de ocuparlo todo. De meter nuestra opinión en el dolor ajeno. Como si una tragedia sirviera para sentirnos mejor con nuestra vida de mierda.
Donde una familia acaba de perderlo todo, encontramos una ocasión para publicar lo mucho que nos afecta. Nos tomamos la molestia de escoger una imagen, buscar una canción emotiva y escribir algo sobre lo tanto que hay que valorar lo que tenemos.
Me repugna pensar que quienes no hemos sufrido esa pérdida podamos sentirnos un poco más vivos gracias a ella. Que, mientras alguien recibe la peor noticia de su vida, nosotros encontramos la frase perfecta para recordar que la nuestra merece la pena. Que, mientras alguien espera junto a un familiar que se debate entre la vida y la muerte, otros aprovechan para hacer propaganda política y echarse mierda unos a otros, cuando todos son la misma porquería vestida de colores distintos.
Y así, apenas unas horas después del desastre, conseguimos que la desgracia de otros termine hablando de nosotros.
Todos mirándonos el puto ombligo. Todos con algo que decir, incapaces de guardar silencio ni tan siquiera mientras hay familias que todavía buscan a sus seres queridos.
Romantizar tragedias se nos da genial como sociedad. Lo de acompañar sin convertirnos en protagonistas parece que nos cuesta más.
Los minutos de silencio no existen.
OPINIONES Y COMENTARIOS