Esas esquinas perdidas de la soledad.

Hay esquinas que no figuran en los mapas. No tienen nombre, ni número, ni pertenecen a ciudad alguna. Son lugares secretos a los que llegamos sin haberlos buscado. Allí, alguna vez, nos encontramos con nosotros mismos, aunque no siempre sepamos reconocernos.

La soledad tiene esas esquinas.

Uno puede caminar durante años por las mismas calles, atravesar ciudades, frecuentar cafés, conversar con desconocidos y, sin embargo, regresar siempre al mismo sitio. Hay una esquina donde nos espera aquello que no dijimos, otra donde permanecen las personas que se fueron y una tercera donde todavía somos aquel hombre que alguna vez creyó en ciertas promesas.

Quizá la soledad no consista en estar sin compañía, sino en descubrir que hay territorios de nuestra existencia a los que nadie puede acompañarnos.

Con los años aprendemos la geografía de esas calles invisibles. Sabemos dónde doblar para evitar un recuerdo, dónde detenernos para escuchar una voz que ya no existe y dónde mirar cuando el mundo parece haberse quedado sin respuestas.

A veces pienso que cada hombre construye una ciudad secreta con los restos de su memoria. Sus habitantes son los ausentes, sus edificios son los recuerdos y sus calles conducen inevitablemente a una habitación vacía.

Pero hay algo todavía más extraño: quizá no somos nosotros quienes recorremos esas esquinas. Tal vez son ellas las que nos esperan, inmutables, desde antes de nuestro nacimiento.

Y cuando finalmente creemos haberlas perdido, comprendemos que nunca estuvimos del todo fuera de ellas.

La soledad, acaso, sea esa ciudad que nadie conoce, salvo quien está condenado a habitarla.

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