“Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído.”
— Jorge Luis Borges
Antes de él,
ya había historia.
Antes del amor,
ya había marcas.
Ella no era solo mi abuela.
Era una forma de mundo.
Rígida.
Intensa.
Indomable.
Su carácter no pedía permiso.
Se imponía.
Y yo crecí aprendiendo
que el amor también podía ser exigencia,
silencio,
resistencia.
Prometió un buen final.
Como si la vida pudiera organizarse
en términos de cierre digno.
Pero el cuerpo no miente.
Durante meses —quizás años—
fue avisando.
Dolores.
Síntomas.
Señales.
Ella los ocultaba.
Como si ignorarlos
fuera una forma de vencerlos.
Yo la miraba
y entendía sin entender.
Había algo en sus ojos
que no coincidía con sus palabras.
Como si una parte de ella
ya supiera
que el final no iba a ser negociado.
El último día lo supe.
No por lo que dijo,
sino por lo que no dijo.
—Gracias, flaquita. Muy rico.
Nada más.
Sin crítica.
Sin corrección.
Sin ese filo habitual
que la hacía ser quien era.
Ahí comprendí.
Se estaba despidiendo.
No con dramatismo.
No con palabras grandes.
Con un gesto mínimo.
Y fue suficiente.
Esa noche soñé con ella.
La cocina iluminada.
El resto, oscuro.
Sus ojos… negros.
Sin brillo.
—No se pudo —dijo.
Y al día siguiente,
la realidad confirmó lo que el alma ya sabía.
El cuerpo cedió.
La presencia se apagó.
Pero algo quedó.
No en los objetos.
No en la casa.
En mí.
Comprendí entonces
que algunas formas de amar
no saben ser suaves.
Pero no por eso dejan de ser reales.
Ella me amaba.
A su manera.
Y esa manera,
aunque imperfecta,
también me construyó.
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