La hipercomunicación nos dejó sin conversación.
Lo veo en todas partes: en el mercado, en el subte, en las mesas familiares. Cada cual, inclinado sobre su pantalla, como si allí adentro estuviera la vida. Nadie mira a nadie. Los matrimonios conviven como socios que se soportan por conveniencia; los hijos hablan en monosílabos, envían mensajes desde la misma casa, y los amigos son apenas notificaciones en una pantalla.
No me excluyo.
El silencio en casa se volvió funcional. Mi marido solo me habla para reprochar que no salimos o que no tenemos suficientes relaciones. Mis hijos me buscan cuando necesitan dinero. Yo aprendí a administrar esa distancia.
Aquella tarde no pude.
Llamé desde el teléfono de línea. No quería dejar rastros. Cuando escuché el tono, estuve a punto de cortar, pero no lo hice.
—Hola.
La voz del otro lado me detuvo. No era impostada. Tenía una naturalidad que ya no se escucha.
—Hola —respondí.
—Buenas tardes. Dígame.
—Me equivoqué… Perdón.
—Nadie llama sin querer.
No me apuró. No me preguntó nada más. Se quedó ahí, sosteniendo el silencio como si fuera parte de la conversación.
—Estoy… —dudé.
—Sola —dijo—. Sola y cansada. Como casi todos.
Me senté.
Hablamos.
De los hijos, de los maridos, de esa sensación de estar rodeados y, al mismo tiempo, no estar con nadie. No tuve que explicarme demasiado. Entendía antes de que terminara las frases.
—¿Sos casada? —pregunté.
—Infeliz y casada.
Reímos.
—¿Te considerás atractiva?
—Sí.
—¿Tu mejor arma?
—Pechos —respondí, sin pensar.
—Igual que yo.
La coincidencia me resultó incómoda.
—Decime algo que hiciste y te arrepentís —propuso—. Y algo que no hacés porque sabés que te arrepentirías.
Pensé.
—Maté un caballo enfermo. Me obligaron. Nunca me lo perdoné.
—¿Y lo que no hacés?
—Separarme.
Silencio.
—Yo desvirgué a un pariente lejano —dijo—. No debí hacerlo. Y lo que no hago… es matar a mi marido.
No me asusté.
—No lo hagas —le dije—. Si te apresan, no volvemos a hablar.
Se rio.
—Podemos arreglarlo fácil.
—¿Cómo?
—Mañana. A esta hora. Bar de la 1 y la 4. Mesa de la ventana. Tenés quince minutos. Si venís, nuestras vidas cambian. Si no, seguimos igual.
—Hecho.
—No te preocupes. Nos vamos a reconocer.
Cortó.
Al día siguiente fui.
Ya estaba sentada. Me miró antes de que me acercara, como si me hubiera estado esperando desde siempre.
No hubo sorpresa.
Me senté.
No hablamos demasiado. No hacía falta.
Hace cinco años de eso.
Hace cuatro que vivimos juntas.
Casi nunca usamos el teléfono.
Ayer, mientras preparaba la cena, escuché el teléfono de línea.
No sonó.
No lo escuché.
Lo supe.
Fui hasta el aparato.
Estaba apoyado en la mesa, desconectado.
Aun así, levanté el tubo.
—Hola —dije.
Hubo un silencio breve.
Después, mi voz respondió del otro lado:
—Hola.
Colgué.
Cuando volví a la cocina, ella me estaba mirando.
—¿Quién era? —preguntó.
La miré unos segundos.
—Nadie —le dije.
Sonrió.
No insistió.
Desde entonces, cada vez que suena el teléfono que no tenemos, atiendo.
Siempre soy yo.
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