La esperanza se da mejor en los jóvenes.
A mi edad, uno ya no espera nada. Administra. Ajusta. Sobrevive. No creo que sea un pecado. Hice lo que pude con lo que tenía. Y, para ser honesto, nunca tuve demasiado.
Monté esta tienda.
No es grande, pero está bien iluminada. La luz correcta vuelve valioso cualquier objeto, y también cualquier vida, supongo.
Entra una mujer. Bien vestida. Pulsera discreta, pero cara. Camina lento. No pregunta precios. Mira.
Yo no la miro a ella. Miro cómo mira.
Se detiene frente al abrecartas.
Lo toma.
Lo pesa en la mano.
Se acerca.
—Buen día.
—Buen día.
Lo sostiene con cuidado. Eso siempre ayuda.
—Es bonito. ¿Qué antigüedad tiene?
Sonrío apenas.
—Las antigüedades no se miden en años, señora. Se miden en historia.
Me observa. No retrocede.
—Es un objeto.
—Claro. Pero algunos objetos estuvieron en el lugar correcto. Eso los convierte en reliquias.
Dejo que el silencio trabaje.
—Ese abrecartas perteneció al general San Martín.
La frase cae limpia.
No cambia su gesto.
Saco el tubo de cuero. Lo abro despacio. El papel tiene el color adecuado. La tinta correcta. Sellos. Firmas. Membretes. Registro de subasta en Europa. Museo. Número de inventario.
Todo en orden.
La mujer revisa cada hoja. Las huele. Las toca.
—He pensado en donarlo —digo—. Pero las instituciones ya no custodian como antes. A veces un objeto histórico está más seguro en manos privadas. En manos que lo respeten.
Ella asiente.
—Mi marido admira mucho a San Martín. Sería un regalo extraordinario.
—Soy un convencido de que las cosas llegan cuando tienen que llegar.
Me mira fijo.
—¿Cuánto vale?
Le digo una cifra que cubre tres meses de alquiler.
No pestañea.
—¿Acepta tarjeta?
—Todas.
Paga.
El posnet imprime el comprobante, y pienso que el entusiasmo es un músculo frágil: hay que usarlo antes de que se enfríe.
Envuelvo la pieza. Guardo los certificados. Se la entrego como quien entrega un fragmento de patria.
Se va agradeciendo.
Cierro la puerta. Bajo la reja.
No por seguridad. Por costumbre.
En la trastienda levanto el teléfono.
—Hola.
—Marquitos. Soy de calle 2, 33.
—Decime.
—Se fue el San Martín.
Silencio breve.
—Buena. ¿Cuánto sacaste?
Dudo apenas. No por culpa, por cálculo.
—Un mes de alquiler.
Marcos ríe.
—Nada mal.
Nunca conviene que el proveedor conozca el margen real. Los números, en este oficio, siempre se dicen a medias.
—No me mates con el reemplazo —agrego.
—Tengo algo que te va a gustar. Un Rosas. Abrecartas también. Documentos de Southampton. Impecable.
—¿Cuánto?
—Un quince de lo que cobraste.
Hago otra cuenta mental.
—Hecho.
Corto.
Apago las luces del local y paso a mi casa.
Prendo la radio. Un tango viejo empieza a sonar. Pongo la pava. Cebo el primer mate.
Mientras espero que enfríe, pienso en la mujer. En el marido. En el abrecartas.
Dentro de unos días, tal vez él lo muestre orgulloso a algún amigo. Dirá que sostiene la historia en la mano y no permitirá que nadie lo toque.
Y no estará del todo equivocado.
La historia, al fin y al cabo, siempre fue eso: alguien contando algo con suficiente convicción.
Tomo el mate. Amargo.
Me pregunto, a veces, si de tanto inventar pasado no terminé perdiendo el mío.
La radio sigue sonando. Lo dejo en la misma estación.
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