Capítulo II — La voz que condena

Capítulo II — La voz que condena

“El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, es el que ya está aquí.”

— Italo Calvino

El dolor no siempre grita.

A veces susurra.

Y cuando susurra, se vuelve más peligroso,

porque se instala sin resistencia,

como una verdad que nunca fue cuestionada.

La voz apareció sin anunciarse.

No tenía forma, pero tenía peso.

No tenía rostro, pero sabía exactamente dónde herir.

“No sos suficiente.”

No fue la primera vez que la escuché,

pero sí la primera en que la creí sin discutirla.

Había algo en su tono

que no dejaba margen para la defensa.

No venía de afuera.

Venía de adentro.

Como si alguien hubiera aprendido a hablar en mi nombre

y decidiera, sin mi permiso,

dictar sentencia sobre todo lo que soy.

Intenté callarla.

Escribiendo.

Hablando.

Amando.

Pero volvía.

Siempre volvía.

En cada silencio incómodo.

En cada mirada que no se quedaba.

En cada gesto que no alcanzaba.

Entonces hice lo que tantas veces había hecho antes:

intenté reparar.

Tender puentes.

Pedir perdón.

Buscar la armonía incluso donde ya no había música.

Creí —ingenuamente—

que si hacía todo bien,

si me entregaba sin reservas,

si lograba convertirme en lo que el otro necesitaba…

la voz se iría.

Pero no.

La voz no depende del otro.

Se alimenta de uno.

Y cuanto más daba,

más se fortalecía.

Porque no importaba lo que hiciera:

siempre había algo que faltaba,

algo que fallaba,

algo que me volvía, inevitablemente, insuficiente.

Ese fue el verdadero desgaste.

No la falta de amor.

Sino la imposibilidad de alcanzarlo.

Elegí llorar.

No como derrota,

sino como única forma de vaciar el exceso.

Le entregué a ese llanto

todo lo que no podía sostener.

Y aun así,

antes de que el día terminara,

me hice una promesa:

no intentar más.

No desde el rencor.

No desde el cansancio.

Desde el límite.

Pero incluso esa promesa

temblaba.

Porque hay hábitos que no se rompen con decisiones,

sino con conciencia.

Y yo, todavía,

estaba aprendiendo a verme.

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