Siempre creí en los giros del destino, pero nunca imaginé que el hilo de mi propia historia se enredaría de una forma tan dolorosa. En mi mente, él seguía siendo el amor de mi vida, ese fantasma del pasado que nunca terminó de irse del todo. Apareció de nuevo como un torbellino cuando yo ya estaba construyendo un camino junto a otra persona, un novio que no merecía la tormenta que desatamos. Cedí a ese desliz, a ese impulso alimentado por la nostalgia y el «qué hubiera pasado si…». Pero las acciones tienen consecuencias, y el precio de ese instante de debilidad fue altísimo: mi novio descubrió la traición y decidió marcharte. En un abrir y cerrar de ojos, el castillo de naipes se derrumbó. Me quedé en el suelo, completamente sola, sin el uno y sin el otro, devorada por la culpa y el vacío.El tiempo pasó y, en medio de la reconstrucción de mis propios pedazos, la vida nos volvió a cruzar. Mi exnovio regresó a mi órbita. Quizás por el peso del arrepentimiento, quizás por la necesidad humana de sanar lo que dejamos roto, decidí darle una nueva oportunidad. Quise creer que el universo nos estaba dando una tregua para volver a empezar. Sin embargo, la realidad me golpeó con una verdad que no esperaba: él ya no estaba libre. Tenía una relación a distancia con alguien más, una vida armada en otra parte, lejos de mí.Aun con esa verdad quemándome las manos, acepté las condiciones del juego. Durante seis largos años, acepté habitar las sombras. Me convertí en el secreto mejor guardado, en la persona que estaba ahí para los momentos compartidos a medias, pero ausente en las fotos, en los planes oficiales y en la cotidianidad del día a día. Ser «la otra» es un desgaste lento que te va minando el amor propio; es aprender a conformarse con las migajas de atención que al otro le sobran después de atender su vida principal.Lo más complejo de todo es que no estábamos ahí por falta de amor, sino por una dependencia mutua que nos nublaba el juicio. Ninguno de los dos quería soltar. Nos aferrábamos a esa relación clandestina como si fuera un salvavidas, cuando en realidad era el ancla que nos hundía. Nos acostumbramos a querernos mal, a esperar un cambio que nunca llegaba, a vivir en una eterna promesa sin cumplir. Él nunca me dio mi lugar, y yo tardé seis años en entender que el lugar no se mendiga: se reclama o uno se marcha.Y un día, el cansancio fue más fuerte que la costumbre. Entendí que el amor de verdad no se esconde ni se dosifica. Di el paso que ninguno de los dos se atrevía a dar: decidí romper el círculo vicioso y marcharme. No fue porque dejara de quererlo, sino porque empecé a quererme más a mí misma.Hoy me encuentro en este espacio suspendido que le da sentido al título de mi historia: ni pasado, ni presente. El pasado ya no me define y el presente todavía se siente extraño, frío y lleno de ausencias. Estoy atravesando el luto de lo que fue y, sobre todo, el luto de la expectativa de lo que quise que fuera y nunca existió. Duele respirar esta libertad recién estrenada, y hay días en los que la tentación de volver al refugio conocido es inmensa. Pero sé que este dolor es temporal, el precio necesario para limpiar mi alma y sanar las heridas. Estoy transitando mi duelo con la frente en alto, sabiendo que el desierto se cruza paso a paso, pero convencida de que al otro lado me espera la vida que realmente merezco.
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