Nakamura

El próximo mes celebro mi boda con Hirose. Nos casaremos en un lugar privado y la fiesta será solo con familiares y amigos cercanos. Nuestro primer baile será una melodía muy lenta, pero romántica. Los dos seremos inmensamente felices por toda la eternidad.

Los labios de Nakamura se curvaban en una sonrisa fantasiosa mientras contemplaba la foto de él y Hirose durante el viaje escolar del primer año. Había visto cientas veces esa foto anteriormente, tanto que la sensación del papel sobre sus dedos ya le resultaba familiar. Pero esa tarde, una reciente ilusión había transformado su mirada.

Suspiraba cada vez que veía los lindos ojos de su amigo y el ulular del viento se mezcalaba con los recuerdos que se obligaba a revivir. Era imposible ignorar la cercanía que habían compartido últimamente. Como ese roce entre sus manos y, en especial, el abrazo que le había dedicado. Si bien al principio todas sus reacciones tardaron en aparecer, el juvenil aroma de Hirose le cosquilleó la nuca hasta detrás de las orejas. La distancia dejó de existir. Estar abrazado a él fue mil veces mejor de lo que alguna vez se atrevió a imaginar.

Ahora vislumbraba una posibilidad. Sin embargo, necesitaba estar seguro de las señales. Necesitaba confirmar que no fueran simplemente una muestra de la usual amabilidad de Hirose. Y qué mejor recurso que los mangas. Toda la información que él sabía la había adquirido de una desconocida cantidad de páginas leídas.

La serialización de El bento del amor estaba en pausa, así que había acudido a la librería en busca de alguna serie que le resultara útil. Paseaba con sutileza los dedos entre cada lomo hasta encontrar alguno que le llamara la atención, pero había tantos que se sentía perdido. Y tampoco deseaba toparse con cierto género para adultos. No porque le incomodara, sino porque conocía la inmensa e inoportuna voluntad de su imaginación, y si empezaba a ver a Hirose de una manera menos inocente, le costaría trabajo encontrárselo en el colegio.

Su entrecejo se arrugó cuando cayó en la desesperación de no saber qué buscar. Estuvo a punto de sacar el celular para mandarle un mensaje a Kawamura y preguntarle su opinión, pero un chico de cabello negro y desordenado apareció junto a él.

—Hola, perdón si te asusté. No pude evitar ver que estás batallando con algo aquí. ¿Buscas algo en especial?

—Ah, hola. Uhm… —Nakamura le dio un vistazo rápido a su ropa. Llevaba puesto un chaleco azul encima de una camisa blanca. Quizá se trataba de un nuevo encargado de la librería—. Sí, estoy buscando alguno que…

—¿Te gusta el BL? No te has movido de esta sección desde que llegaste.

La mirada color chocolate del chico estaba cada vez más cerca de él, por lo que fue capaz de notar el pequeño lunar que reposaba del lado izquierdo, justo abajo del ojo.

—Eh, sí. Sí me gusta. —Dio unos pasos hacia atrás para recuperar su espacio personal—. Quiero alguno que me ayude a… Digo, parecido a El bento del amor.

—¡Ese me encanta! Mira, te recomiendo este, es muy bueno. Justo el nuevo volumen salió la semana pasada. También puedes leer este, los protagonistas son demasiado adorables, más que nada el uke te va a derretir. Uy, igual en este otro, el romance escolar se vuelve adictivo. La relación es diferente a la de Makunouchi y Taku, pero tiene lo suyo. Dime, ¿no te voló la cabeza el arco de «El despertar a nuevos sabores de Taku y Makunouchi»?

—¡Claro que sí, ese es mi favorito! —Nakamura tuvo que apretarse contra el pecho los mangas que el encargado le había dado conforme hablaba. Siempre le emocionaba cualquier conversación relacionada a su serie favorita—. Adoro cómo Makunouchi siempre está al pendiente de Taku, y que Taku tenga una personalidad tan linda. Se parece a Hirose.

—¿Hirose? A él no lo conozco, ¿en dónde sale?

¡Ay! ¿Qué acabo de decir?

—¡Miyano!

Un chico alto y de complexión atlética salió detrás de un estante. Sus múltiples perforaciones le conferían una vibra intimidante, por lo que tuvo el deseo repentino de enterrarse bajo tierra.

—Miyano, ¿encontraste lo que buscabas? —Se acercó a ellos y rodeó con un brazo al encargado.

Nakamura parpadeó varias veces. El mayor mostraba tanta seguridad que era abrumador y no se molestaba en ocultar la proximidad íntima que intercambiaba con el encargado. Aunque, seguramente eran amigos.

—No, aquí también lo tienen agotado.

—Hm. Vamos, nuestra suerte aún no termina —comentó el más alto mientras sujetaba con ligereza la mano del encargado—. Estoy seguro que lo encontraremos en la siguiente librería.

El chico pelinegro sonrió y después se volvió hacia Nakamura. Él había estado presenciando la escena como un espectador silencioso que prefiere guardarse sus propios comentarios hasta que la película terminara.

—Espero que te gusten mis recomendaciones. ¡Por cierto! Me llamo Miyano.

—Oh, gracias —la respuesta se revolvió con un pensamiento que cruzó su cabeza. Creía que tenía unas bonitas facciones—. Yo soy Nakamura.

Luego de que los dos chicos salieron de la librería, Nakamura percibió cierta envidia en la boca de su estómago. Quiso frenarla o mandarla a lo más hondo de su ser. Pero la imagen de ellos dos tomados de la mano se ancló a sus retinas.

¿Algún día tendría a una persona con la cual pudiera compartir sus gustos? Alguien que estuviera ahí para acompañarlo, y que en vez de sentirse incómodo, disfrutara de escucharlo hablar todo lo que quisiera. Su soledad nunca le había molestado ni generado vergüenza; era, de cierta manera, su zona de confort. Sin embargo, el deseo de experimentar una auténtica conexión incondicional le raspaba el pecho más de lo que le gustaría admitir.

¿Acaso era un efecto secundario de su timidez?

Cuando puso un pie fuera de la librería, cayó en la cuenta de que Miyano no era un nuevo encargado como lo había supuesto. Al siguiente instante consideró la idea de que deberían contratarlo. Y que quizá, él mismo se convertiría en un cliente frecuente.

Dejándose llevar por el bullicio crepuscular, acomodó la bolsa con los mangas en la canasta de su bicicleta. Empezó a pedalear sin prisa mientras le otorgaba la libertad al amasijo de pensamientos que se arremolinaron en su cabeza.

Una serie de escenarios donde él y Hirose eran los protagonistas de una historia romántica y cliché se proyectó con tal estrellato que terminó por opacar la realidad que lo rodeaba. Entre breves momentos se le escapaba una que otra risilla o sus ojos se perdían en la inmensidad de las calles. Como siempre, a la llegada de los créditos, su sonrisa se desvanecía y lo único que persistía era el anhelo de estar junto a él.

¿Pero y si eso cambiaba? Él tenía la capacidad de dar ese siguiente paso, de alcanzar una confesión. Claro, estaba la posibilidad de que las cosas no acabaran como él quería, incluso que Hirose lo llegara a odiar. Por otro lado, las señales que había percibido ese día en su casa hacían eco con gran estrépito. No habían sido casualidad, ¿cierto?

Tan pronto como estacionó la bicicleta frente a su casa, una ráfaga de valentía le calentó la sangre. Estaba decidido, lo haría. Sí lo haría. Sí podía hacerlo. Confesarse. Ya no esperaría sentado a que los créditos finales aparecieran.

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