
El mar separa a las personas, pero también puede ser el lugar donde vuelvan a encontrarse…

El sol todavía no había terminado de desperezarse cuando el puerto comenzó a despertar.
Una franja dorada se extendía sobre el agua quieta, dibujando un camino luminoso entre los barcos pesqueros que aguardaban la orden de partir. El aire olía a sal, a gasoil y a redes húmedas. Las gaviotas revoloteaban sobre los muelles, como si también ellas supieran que una nueva jornada estaba por comenzar.
Era la hora de la máxima pleamar, en un astillero los operarios esperaban la orden, un jefe, un encargado armador y la asistente de obra, hacian la última inspección antes de comenzar la maniobra de botadura a un pesquero reparado; su cartel «ALLA VAMOS » era una ironia e invitacion para ir hacia altamar.
A medida que bajaba, el contacto con el agua iba tapando la helice dejando invisible la obra viva, y un ruido a rugido de leones daba el inicio de la puesta en marcha del motor mientras el giro de su hélice provocaba ondulaciones en la superficie del agua espejada.
Una vez amarrado al muelle los tripulantes subían a bordo con sus mochilas y termos bajo el brazo, acomodaban las últimas provisiones y revisaban los motores, el guinche, el pañol de proa con sus cabos enrollados. el generador de hielo sobre la bodega de carga, las redes preparadas, las cadenas con sus anclas, todo debia estar a full antes de zarpar.
Algunos llevaban años haciendo aquella misma travesía; otros todavía sentían, en el momento de alejarse de la costa, ese pequeño nudo en el estómago que nunca terminaba de desaparecer.
Al otro lado del muelle, unas pocas mujeres observaban en silencio. Una sostenía de la mano a un niño que, medio dormido, se frotaba los ojos. Otra levantaba el brazo para despedir a su marido, aunque sabía que él, ocupado entre sus compañeros, difícilmente alcanzaría a verla. O no querría mirarlos por esa nostalgia de ver como el barco lo alejaba de sus seres queridos.
Entre todas ellas estaba Clara.
Llevaba un abrigo azul, el cabello recogido y una bufanda que el viento insistía en desordenarle. No había ido al puerto para despedir a nadie. Al menos, eso se repetía cada mañana desde hacía una semana.
Había regresado a la ciudad después de muchos años, con la intención de quedarse apenas unos días. Sin embargo, desde su llegada, algo la empujaba a caminar hasta el muelle antes del amanecer. Tal vez fuera el silencio, tal vez el olor del mar o aquella luz anaranjada de un sol de amanecer que parecía detener el tiempo.
O tal vez… fuera él.
A unos metros, junto a un viejo barco de casco gastado, un hombre revisaba las amarras. Tenía algunas canas en las sienes y una manera pausada de moverse, como si hubiera aprendido que en el mar las cosas importantes no admiten apuro.
Clara lo miró antes de que él levantara la cabeza. Era imposible no reconocerlo.
Habían pasado veinticinco años desde la última vez que se miraron a los ojos. Veinticinco años en los que la vida había tomado decisiones por ellos, o quizá ellos las habían tomado creyendo que no existía otra posibilidad.
El hombre dejó de trabajar.
Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió. El sol terminó de asomar sobre el horizonte y encendió el agua entre ambos, como si quisiera recordarles que algunas distancias no se miden en kilómetros.
Él fue el primero en sonreír.
—¿Clara?…
Ella sintió que su nombre, pronunciado de aquella manera, seguía perteneciendo a un tiempo que había creído perdido para siempre.
—Buenos días, Julián —respondió.
Y mientras el puerto se llenaba de motores, voces y despedidas, los dos comprendieron que aquella mañana no sería una mañana cualquiera, sería quizás…un nuevo amanecer.
Fin
rubenielmini@derechosreservados
Foto «Amanecer» : Gentileza de Agustina Landi.
Tema Musical: Lo que el tiempo no puede borrar
Intreprete; Mary Marthy
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