Los ojos del otro lado

La casa nunca estaba vacía, aunque vivía sola, aunque a veces pasaban días enteros sin que nadie golpeara a su puerta, siempre había movimiento, algún ruido, una presencia que la acompañaba de una habitación a otra. Estaban ellos. Sus mascotass. Los que dormían a sus pies, los que la seguían hasta la cocina y los que parecían conocer, mucho antes que ella, el momento exacto en que regresaría a casa.

Había aprendido a convivir con sus silencios, a interpretar sus gestos y a reconocer en cada mirada una forma particular de decirle algo. Nunca había necesitado palabras para entenderlos.

Por eso fue la primera en advertir que algo estaba cambiando. Al principio fue una impresión fugaz. Una de esas sensaciones que aparecen sin motivo aparente y que una descarta enseguida, como si reconocerlas pudiera darles una consistencia que todavía no tienen.

Una tarde, mientras estaba sentada en el sillón, levantó la vista y encontró a uno de ellos observándola desde el otro extremo de la habitación.

No había nada extraordinario en aquello. Sus mascotas la miraban constantemente. Sin embargo, esa vez sintió algo diferente.

No era la mirada habitual de quien espera comida, una caricia o una invitación a salir. Había en esos ojos una quietud extraña, una profundidad que la hizo sentir, por primera vez, que no era ella quien estaba mirando. Era ella la observada.
Apartó la vista y continuó con lo que estaba haciendo. Se dijo que estaba cansada, que quizá había dormido poco, que a cierta edad la imaginación encontraba formas curiosas de entretenerse.

Pero, cuando volvió a mirar, el animal seguía allí. Y sus ojos parecían saber algo.
Durante los días siguientes, la mujer comenzó a observarlos con una atención que nunca antes había tenido. Ya no podía ignorar aquella sensación de extrañeza. Había algo en sus miradas que parecía contener una verdad que ella todavía no estaba preparada para conocer. A veces los encontraba mirando fijamente hacia la puerta, como si esperaran a alguien. Otras, los sorprendía inmóviles frente a una ventana, aunque del otro lado no hubiera nada más que la calle vacía.

También había comenzado a notar que el tiempo se comportaba de una manera peculiar en aquella casa. Las horas pasaban sin dejar huellas. Los días se sucedían unos a otros y, sin embargo, todo parecía permanecer exactamente igual. Una tarde, mientras acariciaba a la gata, recordó el día en que la había adoptado. Había ido a buscarla a una casa. le contaron que era sobreviviente de una inundación casi de milagro y que viva en los techos. era una pequeña gatita gris, temblorosa, abandonada a su suerte.

Se la entregaron en una cajita y asi la había llevado a casa.

Recordaba perfectamente la sensación de aquel cuerpo diminuto muerto de miedo. Recordaba haber pensado que, de no haberla adoptado, la pequeña no habría sobrevivido sola por los techos.

Durante mucho tiempo había contado aquella historia como una de las cosas buenas que le habían sucedido en la vida: el día en que había adoptado a Una, un ser tan indefenso.

Pero ahora, mientras observaba los ojos de la gata, algo se quebró en su memoria.
La gata ronroneó contra su pecho. La mujer sintió un escalofrío.
—¿Qué me estás ocultando? —susurró.

El animal levantó la cabeza y la miró con una serenidad casi humana.

Entonces, por primera vez, la mujer tuvo la certeza de que aquella pequeña criatura sabía quién era ella. No quién había sido, ni quién creía ser, sino quién era realmente.

Y esa certeza le produjo más miedo que cualquier otra cosa.

Aquella noche le surgieron muchas preguntas sobre la vida, la muerte, la soledad y pensó en si sus hijos estarían bien, se dijo a sí misma que por la mañana los llamaría.

Se sentó junto a la ventana y comenzó a repasar su vida, buscando el instante en que todo había empezado a cambiar. Fue entonces cuando recordó aquella noche.

Había sido una de esas noches en las que el pensamiento la habitaba más que nunca, ese pensamiento en que le traía los recuerdos de su vida, donde pesaba lo vivido.

No era una soledad nueva. La conocía desde hacía años. Pero aquella vez había sido diferente, más pesada, como si algo dentro de ella se hubiera rendido definitivamente.

Había llorado, había tenido sentimientos que no parecían ser suyos, una experiencia extraña. no recordaba qué había desencadenado aquel dolor. Quizá no había sido una sola cosa, sino la acumulación de todas las ausencias, de las personas que ya no estaban, de los vínculos que se habían perdido y de esa sensación de estar llegando a una edad en la que una comienza a preguntarse cuánto tiempo le queda para hacer todo aquello que todavía desea.

Había mirado a sus mascotas, que descansaban cerca de ella, y les había hablado como tantas otras veces.

—Y acá estamos, todos juntos, en manada —les sonrió—. Ustedes nunca me dejan sola.

Después, algo había sucedido. O quizá no había sucedido nada.

Ese era el problema: no podía recordar cómo había terminado aquella noche. No recordaba

haberse acostado, ni haberse despertado a la mañana siguiente. Solo recordaba sus propias palabras y, después, una especie de silencio.

Un silencio absoluto.

La mujer se llevó las manos al rostro.

¿Y si ella estaba viviendo otra realidad? y si eso que creía era su vida habia cambiado? era algo así como un mundo paralelo? 

¿Desde cuándo no recibía una noticia inesperada?

¿Desde cuándo veía siempre los mismos rostros?

¿Desde cuándo las personas que encontraba parecían tan lejanas, tan poco capaces de advertir su

presencia?

Y, sobre todo, ¿desde cuándo había dejado de sentir el paso del tiempo?

La gata se acercó y apoyó la cabeza sobre su pierna.

La mujer la acarició con una ternura desesperada.

—¿Qué pasó aquella noche? —le preguntó.

La gata cerró los ojos.

Y ella recordó.

No fue una imagen completa, sino una sucesión de fragmentos: el cansancio, el llanto, la

habitación a oscuras. Después, una calma extraña. Una quietud que no se parecía al sueño.

Y sus propias palabras, repetidas una vez más en la oscuridad:

La mujer dejó de respirar por un instante.

No había despertado a la mañana siguiente.

No había habido una mañana siguiente.

Aquella noche, mientras se sentía angustiada, mientras dormía, había muerto. Y sus mascotas, de alguna manera que no podía comprender, habían permanecido con ella.

Después de aquel descubrimiento, los recuerdos comenzaron a regresar con una claridad aterradora.

¿Pero si había muerto como era que sus mascotas estaban con ella?

Recordó a sus perros, hizo un repaso de todo.

No podía entender como ellos habrían llegado hasta allí.

Pero ahora recordaba algo, imágenes fugaces, a su perro corriendo hacia el final de la calle. Ella lo había llamado. Él se había detenido y había girado la cabeza para mirarla.

Había sido una mirada extraña, serena, casi una despedida.

Después, nada.

No había vuelto a buscarlo en las calles porque, sin saberlo, ya no pertenecía a ellas.

Su perra había desaparecido de otra manera. Su muerte había ocurrido tiempo después, aunque ahora la mujer comenzaba a sospechar que ese tiempo era una ilusión. Recordó una enfermedad, una tarde de angustia y el dolor de comprender que no podía hacer nada para retenerla.

Sin embargo, también de ella había conservado una última imagen: sus ojos fijos en los suyos,

como si quisiera decirle que no tuviera miedo.

La mujer comenzó a llorar.

Había creído perderlos uno por uno. Había sufrido cada ausencia como una separación definitiva.

Había pasado noches enteras preguntándose dónde estaban, si habían tenido frío, si la recodaban… todo era tan confuso…

Y ahora comprendía que, mientras los lloraba, seguían a su lado.

Los tres.

La gata, los dos perros.

Todos habían cruzado el umbral en momentos diferentes, pero ninguno había terminado de marcharse.

O quizá, pensó, nunca habían dejado de acompañarse. Entonces miró a la pequeña gata gris.

Ella había creído rescatarla de una inundación, darle refugio, ofrecerle una vida que de otro modo

no habría tenido. Pero ¿y si aquella historia era la forma en que su memoria había logrado

explicar el encuentro? ¿Y si la gata también había muerto, y la mujer, incapaz de aceptar otra

pérdida, había construido el recuerdo de un rescate para poder comprender por qué estaba allí?

No tenía respuestas.

Solo sabía que aquella criatura había llegado a su vida cuando más necesitaba compañía.

Y que, de alguna manera, la había encontrado.

Al día siguiente. todo parecía normal! pero y la visita de sus hijos? no sabía explicar que ella los veía y hablaba con ellos, pero claro siempre por las noches, entendió que todo ocurría en el sueño de ellos, ahí los visitaba y tenían experiencias increíbles compartidas, pero casi siempre se repetían, empezó a entender todo, pero con un inmenso dolor porque podía sentir el afecto y hasta el abrazo, pero solo algunas noches, 

Estaba confundida creyendo llevar la vida que había tenido

Los dos perros estaban allí, echados sobre el suelo, como tantas otras veces. La gata caminaba

entre ellos con su paso silencioso.

Los observó durante largo rato.

Ya no había nada extraño en sus ojos. O tal vez todo seguía siendo extraño, pero ella había comenzado a comprenderlo.

—Así que estamos todos acá —dijo finalmente.

Los perros levantaron la cabeza.

La gata se acercó a sus piernas.

La mujer sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de preguntar dónde estaba, cuánto tiempo había pasado ni qué había sucedido con el mundo que recordaba.

Pensó en aquella noche, en su ruego desesperado, en la última voluntad que había pronunciado antes de morir, No me dejen sola, Y comprendió que, de algún modo incomprensible, su deseo había sido escuchado. No sabía si aquello era el cielo, un sueño, una ilusión o una dimensión de la que los vivos no podían tener noticia. Tampoco sabía si alguna vez volvería a ver a las personas que había amado. Pero sus animales estaban allí.

Y ella estaba con ellos.

Quizá la muerte no fuera siempre una puerta que se cierra. Quizá, a veces, fuera una casa que

permanece abierta, un lugar donde las almas que se han acompañado en la vida encuentran una

manera de seguir juntas.

La mujer se sentó en el suelo y los abrazó a todos.

Por primera vez, comprendió que no estaba sola.

Y, por primera vez, dejó de tener miedo.

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