Sus manos eran robustas, callosas. Y una de esas manos, tan acostumbradas a sostener herramientas, tocar la tierra, arar el campo, ahora agarraba con una fuerza innecesaria la delicada cuna en la que dormía el bebé. Su bebé. ¿Su bebé?
La mano estaba ahí por lealtad, o eso es lo que él se decía, pero su cuerpo giraba en dirección contraria, evitando mirar al niño, en una postura antinatural para cualquier padre que está de pie al lado de la cuna de su hijo recién nacido.
Hace tan solo unos minutos lo había conocido, pero ya sospechaba lo que se iba a encontrar al ver el gesto suplicante de su esposa, sus ojos llorosos mientras le recordaba la inocencia del niño. Ella no quería dejarlo con el bebé, pero tampoco pudo impedirlo. Cuando por fin se quedaron solos, lo miró. Al principio no notó nada que pudiera delatar si era o no era hijo suyo, pero entonces el niño hizo una mueca, una risita que desveló el hoyuelo y, con él, todo lo demás.
Se giró hacia la pared, donde la única decoración visible era una mancha de humedad todavía no muy profunda, pero que desvelaba el estado deplorable de aquel hospital comarcal. La mancha era una buena alternativa, no se sentía capaz de mirar al bebé, pero tampoco era capaz de soltar la cuna. Con los nudillos blancos por la fuerza, se imaginaba estrangulando al verdadero padre de la criatura. Los dos hoyuelos, el del padre y el del hijo, se alternaban en su mente para torturarlo, mofándose, recordándole que, igual que él lo sabía, todo el mundo lo sabría. Sería el hazmerreír, el pelele que mantiene a un niño que no es suyo, un hogar mancillado, una mujer que no ha sido capaz de defenderse contra un sinvergüenza, o peor, tal vez lo buscó, tal vez le gustó, tal vez se alegra de que herede los genes del guaperas del pueblo, de una familia bien, y no su sangre de muerto de hambre.
Las quejas de ella eran cada vez más difíciles de ignorar, pero él las escuchaba como un zumbido, un leve eco de fondo, no como aullidos de desesperación de una madre encerrada en un baño, con su recién nacido al otro lado en compañía de aquel hombre de manos ásperas y fuertes que tantas veces la habían acariciado, al que sabía capaz de querer, pero también de acabar con todo si su honor estaba en juego. Ella cogía impulso y arremetía contra la puerta con una fuerza que no parecía poder habitar en su cuerpo maltrecho y debilitado por el parto. Los golpes en la puerta del baño se fueron convirtiendo en tambores que hacían la mancha de humedad palpitar, crecer, como iba creciendo el rencor en el corazón del padre.
¿Se le puede llamar padre? Imaginaba al chico crecer, parecerse cada vez menos a él, enterarse de su procedencia y escoger a su padre biológico sobre él, puesto que podría proveer mejor, ofrecerle cosas que él nunca podría. Imaginaba el rechazo de su propia esposa, que tendría que vivir con las habladurías del pueblo con lo que esto supone para una mujer. Y la duda. Siempre la duda. ¿Sería realmente como ella lo narró? O tal vez hubo cosas que omitió. Cosas que él se imaginaba con todo lujo de detalle, viendo sus cuerpos desnudos entre las sombras de la mancha de la pared, fornicando al ritmo de los tambores. Pam, pam, pam.
Ella ya no podía sentir el lado de su cuerpo con el que estaba intentando echar la puerta abajo. Y en la entrepierna una mancha se extendía hasta llegar a un charco de sangre en el suelo.
Tenía que seguir, tal vez alguien la escucharía, una de esas enfermeras que caminan como zombies con prisa por el hospital tras varios turnos de trabajo.
Una voz desde el otro lado interrumpió la siguiente embestida. “Voy a abrir”. Era él, pero con una voz extraña. Escuchó la silla apartarse desbloqueando la puerta, luego unos pasos alejarse con prisa hacia la ventana. No. La ventana abrirse. No. Se asomó solo para ver a su marido saltando, de espaldas a ella. No pudo ver si había cogido al bebé, pero en ese instante ella decidió que se había matado él solo, que se había apiadado del pequeño.
No reparó en el silencio procedente de la cuna, que se hacía más palpable con los gritos y sirenas de la calle. Mirando la cuna desde el umbral de la puerta del baño, se imaginó a su bebé ahí, tranquilo, mostrando el hoyuelo en una sonrisa que no traería consigo ningún peligro. Así que se dio la vuelta, preparó un baño caliente, porque estaba muy cansada y eso le limpiaría bien toda la sangre. Lo limpiaría todo.
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