Cruzo la puerta de mi casa y no hallo más que un paisaje desolado. Camino por la acera occidente del barrio donde vivo y parezco ser la única mujer, mejor dicho, la última ser humana que entre las calles de una ciudad mediana camina sin temor al morbo de los hombres sudoroso, con dientes amarillentos y pelos que no forman una cabellera sino un trozo de costal deshilachado en sus calvicies que empiezan a germinar el brío de la madurez.
No encuentro mayor gozo que estar sola entre mi bella ciudad, sin el contacto visual fisgón que todo lo quiere saber, sin la sensación de contacto con extraños, sin la asquerosa idea de ser robada en los parques que de día son el sitio de alegría, sueños y promesas pero que en la noche son arrasados por el filo de una navaja oxidada o el cañón de un revólver calibre 38. Estoy sola, tan sola que en la nada me siento acompañada por mí misma, tan sola que por fin encuentro la calma que tanto deseaba. Soy libre, tan libre que ando desnuda por las calles mientras las cámaras de seguridad me graban, mientras la lluvia baja por el valle de mis pechos y llegan hasta mi sexo extasiado por el frío del clima invernal.
No reniego al Dios que es invisible ante nuestra vista, pero observable ante la maximización del microscopio. Gracias doy a ti por haberme dado la libertad que añoraba años atrás en mi juventud y aún más gracias por tomar a mis padres como fruto de tu poder. Adiós le digo a Dios que con sus tantos muertos y pocos recuperados ha decidido salvarme de la enfermedad de ser una mujer enclaustrada en cuatro paredes. A Dios le digo adiós, no como un hasta pronto sino como un hasta nunca porque mi libertad no perecerá, aunque muera, porque siempre estaré en la memoria de un computador, enlazado a alguna cámara de seguridad, la esbelta figura nívea que anduvo sola en medio de la gran soledad de un mundo inhóspito.
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