– Ya ni mi nombre recuerdo; y no lo quiero recordar luego del espantoso pasado que viví en mi pueblo, cuna de mi padre, madre y toda mi ascendencia. Ansina rememoro mi natal terruño, mas con mi actual nombre de pila, como prefiero que me llamen, recojo mi pasado para permitirme dejar a un lado esa reminiscencia que me cala en las noches y me hace sentir tan vacío como los que prenden viaje con la huesuda para vivir en el barrio de los eternos durmientes – inicia su relato un hombre de 40 años de edad ornamentado por el curtido que el sol provoca a quienes trabajan día y noche.
– Sí, permítase dejar a un lado eso que llena su corazón de ira. No sé si sumercé sea de creer en Dios, sin embargo, Él nos enseñó a perdonar 70 veces 7, y uno de los primeros pasos es comunicar lo que siente y para eso estamos hoy – enunció la enviada del gobierno, una joven locuaz, simpática, joven y con una mirada que demostraba su dominio en el tema, gracias a los testimonios que había escuchado en las zonas que habían sido pintadas por el escarlata de muchos conciudadanos.
– Soy del 86, y toda mi vida ha girado en torno a la violencia; en algún momento quise enlistarme en las AUC y ayudar a mi patria contra esa parranda de sinvergüenzas de las FARC y los Elenos. De niño veía como en las tiendas llegaba esa gente con sus fusiles y trajes manchados por el barro y la sangre; ese olor penetrante similar a las monedas ya repletas de oxido mezclado con el sudor de las interminables jornadas sin ducha. Lo más gracioso era ver reunidos a ambos bandos en las tiendas en plenos festines; ahí no existía diferencia que valiera y se olvidaban del daño que provocaban en las veredas más alejadas del casco municipal.
– He escuchado de algunos sucesos violentos que ocurrieron por aquí en la provincia de Vélez, ¿usted vivió alguno de ellos?
– El único que no viví fue el del 85, pero mi madrecita sí lo vivió indirectamente, porque allá, en la vereda de el Mercadillo en Guavatá, un pueblo cerquita de puaquí, asesinaron a mi padre; no se supo que grupo fue, pero sí la forma en la que le robaron la vida dándole un tiro de gracia en el ceño fruncido que tanto lo caracterizaba, según mi madre y algunas fotos que sirven de evidencia. Soy huérfano de padre e hijo de la violencia.
– ¿Perdió seres allegados en medio de este conflicto?
– Todos se fueron al camposanto en medio de esta violencia que muchos en estos pueblos ven con normalidad y que también los gobernantes menosprecian porque no ha sido mucha la sangre que se ha visto por las calles como en otros pueblos de la costa o Norte de Santander; pero el dolor que ha dejado es harto, tanto es así que he querido olvidarlo. Atestigua lo ya ocurrido las noches donde la luna se pone redonda y el color se intensifica. El entorno se acalla. Todo se viene a mi cabeza recordando las manos manchadas de rojo, la cara llena de tierra y escombro; los oídos lacerados por el estruendo de las balas. Para los que no la han vivido, la luna llena es una dulce decoración, para nosotros es la hiel de un pasado no muy lejano.
– Aunque todos los sucesos de violencia dejan una huella ineludible, ¿cuál fue el momento qué más lo marcó?
– El 8 de agosto del 2001, mi madre y yo nos fuimos a Barbosa, a festejar que ya estaba próximo a salir del colegio y todo iba bien. Aquí siempre me recrimino esto, porque de haberme quedado en casa con ella no hubiese ocurrido nada de lo que pasó en el Bar Gato Negro. Cuando llegamos nos pedimos unas polas para celebrar. El bar estaba repleto, nadie se podía distinguir, excepto dos hombres que ingresaron apresurados al establecimiento y como letra de narcocorrido “sacaron unas metralletas” – Lo dice con el ritmo de la canción de Las monjitas – y sin mediar palabra apretaron el gatillo y no hubo poder alguno que los detuviera. Tiempo después me enteré que fueron las AUC del Bloque Central Bolívar.
Al recordar comienza a sacar un par de lágrimas que pronto seca para que nadie se dé cuenta. Sus manos se convirtieron en unas maracas que no podía contener. Su cuerpo parecía recrear el algor mortis que su progenitora seguramente experimentó cuando tres plomos de ese funesto fúsil le arrebataron la vida. Su mirada parecía recorrer ese cortometraje inolvidable.
– Mi madre falleció ese día y también lo hice yo, me entregué al trago y al rencor, pero llegó mi esposa a darme calidez en medio de su historia de violencia marcada por la muerte de sus padres en el 99 en Güepsa. Fueron muchos años en donde me entregué a los vicios para intentar olvidar, pero en el 2019 la conocí y en el 2022 nos embarazamos de nuestra hermosa hija, Esperanza.
– ¿Ya perdonó a los actores de la violencia que le quitaron a sus seres más preciados?
– Aún me cuesta, no es algo sencillo, hay días en donde quisiera ser un ángel justiciero y acabar con ellos, pero Esperanza me ha enseñado a amar, a ver cómo la inocencia de los niños es más grande que el calor de las balas saliendo del fúsil. Por mi hija soy parte de este grupo y por mi hija no buscaré la continuidad de la guerra. Soy sirviente de la paz y la educación. Mi nombre es Siervo, nací el 20 de marzo de 1986 y esta fue mi historia.
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