Desde lejos puedo ver cómo mi pasado se esfuma, cómo lo que fui dejó de ser para darle paso a un hombre que en medio de las tribulaciones comienza a cavilar en su futuro venidero, un futuro que está lleno de incertidumbre y desazón, el cual solo permite exhortar a mi cerebro a ver una providencia basada en el día a día mas no en los planes y proyectos que se destruyen con el tiempo o la misma ignominia del ser humano perpetrada a partir de los estados dubitativos, que más que claridades, solo provocan la vacilación cáustica del amor, la profesión, los sueños y la vida misma.
Era conocido como Guillermo, el mejor detective de la ciudad, terruño que se caracterizaba por la paz, la armonía y la comunicación asertiva de sus conciudadanos, sin embargo, desde el momento en que aquel mórbido y funesto feminicidio tocó la puerta de la paz con sus cruentas garras, nada volvió a ser igual, ni yo como detective volví a ser el mismo, ni mucho menos la población, porque todo se tornó frío, truculento y trémulo.
Me encontraba en el computador, cuando en la bandeja de entrada de mi correo electrónico llegó un mensaje bastante alentador, pues eran, según su asunto, las pruebas fehacientes para dar con el asesino de esta mujer a la que se le había arrancado la vida con premura, con la celeridad de las pirañas en banco; la fuerza desgarradora de un oso; y la astucia para no dejar huellas de un leopardo.
Este mensaje provenía de un correo de esos que usan los que no quieren dejar evidencias, aquellas direcciones que son creadas para luego dejar de existir y solo vivir en el olvido de una base de datos universal que constantemente se renueva; no obstante, respondí el mensaje, esperando una respuesta de este, pero nada. Pasaron dos semanas y volví a recibir un mensaje desde un correo con caracteres alfanuméricos que solo orientaban a un mismo ser, la persona testigo o el asesino que quiere ser conocido sin ser atrapado.
Dos meses después retomé el primer mensaje enviado por esta persona para poder identificar lo que realmente había enviado. Fisgoneando a detalle cada palabra pude ver de manera encriptada, con cada primera letra de cada palabra que solo mencionaba lo correspondiente a cómo fue asesinada esta fémina, un enlace que llevaba a una galería repleta de fotografías del antes, durante y después de la partida de esta dulce muchacha que tan solo tendría 26 años aproximadamente.
A la primera serie de fotos la había denominado “Un alejado reencuentro” y en estas aparecía cómo el, aparentemente, victimario le tomaba fotografías a esta joven adulta. Existían en esta primera colección, una cantidad arbitraria de fotografías que iban desde la salida de su casa, hasta la salida de su trabajo, pasando por las compras rutinarias de alimento en la tienda más cercana. Todas estas fotos fueron tomadas a una distancia no muy cercana, pero tampoco muy alejada, aproximadamente 50 metros de distancia desde la posición del supuesto asesino hasta la víctima.
Pasé a la siguiente colección de capturas fotográficas la cual tenía por nombre “No temas, estoy para ti”. Aquí ya no se veía a una distancia considerable, sino estaba cada vez más cerca, tan cerca que ya en las fotos se percibía en algunos momentos como la chica volteaba para atrás o miraba por el rabillo del ojo atemorizada.
Las siguientes dos carpetas solo eran diferenciadas por un “6” y un “2”, números que si los invertimos dan la edad de la que ya no nos acompaña y al dejarlos organizados de acuerdo a la edad, dan una muestra de cómo fue el secuestro, amordazamiento y a su vez las suaves caricias que el, vuelvo y repito, aparente asesino le brindaba para consolar sus sollozos.
La última carpeta tenía por nombre “Perdón, no había tomado mis pastillas”. Esta última carpeta me revolvió el estómago cuando vi cómo su cuerpo pedía a gritos el descanso eterno, porque ya no era una masa con forma humana, sino un trozo de cuerpo que solo era decorado por el grotesco rojo de la sangre que brotaba de su pecho gracias a las múltiples heridas que en él se alojaban, pero sí se destacaba, justo en donde reposa el corazón, un cuchillo de combate que perforaba el esternón y pernoctaba en el miocardio. La última foto era el cuerpo álgido de la mujer, con la tonalidad blanquecina de los cuerpos que ya no tienen alma, ni voz, ni pensamientos y que ya dejaron de ser para convertirse en un finado más. Ya no se observaba rastro de sangre alguna, estaba limpia, ya toda su vitalidad se había escapado por cada herida; al lado del rostro inerte, en un primer plano, se encontraban dos botellitas de pastillas, vacías ambas, y al lado un mensaje que rezaba: “Gracias sistema de salud, acabas de matar a alguien”.
El día de mi cumpleaños, seis meses después, solo e inmerso en mi oficina, llegó un mensaje, con las características mencionadas previamente en donde, de manera imperativa, me indicaban revisar nuevamente las carpetas y extraer de las cuatro primeras las cuatro letras escondidas y de la última recopilación de fotos las cinco letras restantes para dar con la persona que la había asesinado. Escudriñando foto por foto extraje las nueve letras y colocándolas en mi pizarra de evidencias apareció el nombre: “Asenapina”.
Cuando leí ese nombre quedé petrificado, borré todo e hice como si no hubiese visto nada, no era difícil para mí, pues mi Trastorno de Identidad Disociativo, junto con mi esquizofrenia, me permitía facilitar esta tarea de hacerme el loco. Solo me queda pensar en que mañana tendré que sí o sí conseguir mi asenapina junto con mi olanzapina para evitar estos malentendidos.
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