Me acabo de despedir. La semana laboral ha comenzado, y con ella, el trayecto en tren que me lleva de regreso a ese trabajo que, aunque lo aprecio, siempre deja en mi corazón una punzada de nostalgia. Mis hijos y mi marido se han quedado en la estación, sonriendo, pero esa sonrisa oculta un sacrificio del que soy muy consciente. Una semana al mes, solo un suspiro en el gran reloj del tiempo, pero es una semana que me aleja de los míos.Mientras el tren avanza, arrastrando consigo todo el peso de mis pensamientos, miro a través de la ventana. Enfrente, una pareja sonríe, quizás celebrando pequeños momentos que yo anhelo. A la izquierda, una mujer murmura palabras indescifrables mientras sus ojos recorren el paisaje cambiante. Y un niño juega con un muñeco, ajeno a la complejidad de lo que significa estar lejos de casa.Los paisajes pasan como recuerdos dispersos: campos verdes, cielos grises, montañas distantes. Cada uno de nosotros persigue un sueño o un destino, pero el mío está teñido de melancolía. ¿Vale la pena este trabajo? Es solo una semana al mes, pero a menudo me pregunto si el precio que pago, el desarraigo, realmente compensa lo que gano.De repente, un estruendo nos sorprende. El tren tiembla violentamente y un golpe sordo resuena en el vagón. Mi mundo se vuelve caótico; la cabeza me da vueltas, y el techo parece venirse encima. Siento cómo la sangre se agolpa en mi frente, el pánico se adhiere a mis venas. Hemos descarrilado.La incertidumbre se convierte en mi única compañera. Quizás yo sobreviva, quizás no. En un día cualquiera, uno se despide sin saber lo que vendrá después. Y esta podría ser una de esas despedidas finales, un “quizás” atrapado entre sueños rotos y realidades crueles.Todo lo que puedo hacer es aferrarme a la esperanza y recordar las sonrisas que dejé atrás, esas que iluminan mi vida y que, ahora más que nunca, me hacen querer regresar
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