Cierra los ojos, madre mía,
ya puedes descansar.
Baja los brazos, guarda tus fuerzas,
que el largo camino de andar
por fin se terminó;
es el momento justo
en que debes regresar.
Ya no te afanes, madre,
que todo concluyó.
I
¿Aún recuerdas el jardín que sembraste,
en tierra dura y regado con sudor?
Míralo ahora, cómo floreció,
mira sus brotes, contempla su esplendor.
Ese es tu esfuerzo, ese es tu merecer,
tranquila, madre, ya puedes descansar.
II
No pienses, madre, que no te extrañaré,
que no harás falta o serás innecesaria.
Estoy seguro, cuánto te añoraré
cuando la vida se vuelva rutinaria,
cuando busque el refugio de tus consejos
o venga a buscarte para escuchar tu voz.
Miraré tu silla y ya no estarás allí…
Perdona, madre, que empiece a hablar de mí.
Vuela tranquila, reposa de tu andar,
que mi egoísmo no te ate a mi dolor.
III
Abraza ahora, madre, a tu Creador,
deja que Él seque el llanto de tus ojos.
Descansa, madre, que esto no es un adiós:
tarde o temprano nos vamos a encontrar,
y hasta entonces, te voy a recordar.
Descansa, madre…
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