Siento curiosidad por ti. Quiero saberlo todo: cómo eres, qué piensas, tus valores, incluso tus hábitos más insignificantes. Desde tus hombros angulosos hasta tu manera algo lenta de moverte y tus pasos torpes. Esa risa que siempre se te escapa cuando te entusiasmas, y ese sonido extraño al respirar en las pocas ocasiones en que te enfadas. Desde tus mejores momentos hasta los peores. Tengo que conocerte así de bien. Porque así lo decidí.
Disfruto hablando de ti con los demás. Me emociono, me entusiasmo y no puedo evitar contar cosas de ti. Cuando les hablo de ti a mis amigos, las novedades que les voy contando los entusiasman tanto como a mí. Me sabe un poco mal contarles cosas de ti a los demás, pero nos lo pasamos bien hablando de ti.
En algún momento, tu manera de actuar y tus palabras dejan de ser las de antes. Pero no pasa nada. Yo sigo sintiendo lo mismo por ti. Aunque esos rasgos tuyos que me cautivaron se hayan desdibujado un poco, rebusco entre lo que queda para encontrar a ese tú que conocía antes; no, para inventarlo.
Aunque parezca que tu forma de andar ha cambiado, será porque ese día había alguna razón para ello. Volverás a tener ese andar adorable y torpe que yo conocía.
Sé, aunque sea vagamente, que no lo dijiste con esa intención. Pero te malinterpreto a mi antojo, con alegría y sin darle importancia.
No tienes por qué asustarte. Solo siento curiosidad por ti. Y eso no es ningún delito. Además, tampoco sabes exactamente lo que estoy haciendo. En este mundo solo lo sé yo. Bueno, en realidad, yo y uno o dos… tres amigos.
Me haces feliz. Cómo te hará sentir todo esto… no lo sé. Ahora mismo me importa un poco más cómo me siento yo. Al fin y al cabo, este sentimiento es solo mío, así que te pido un poco de comprensión.
Ah, no: no es amor. Hace tiempo que decidí qué sentir por ti.
Siento curiosidad por ti. Porque te odio. Con una ternura que me nace de lo más hondo.El amor sabe a descubrimiento; el odio, a invención.
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