La música de fondo mezclada con las risas de los chicos, y la mesa que se va llenando de latas y vasos de cerveza, fernet, gin. De todo. Al costado, un ventanal gigante que da a la esquina; la puerta abierta deja entrar el aire apenas fresco de una noche de verano y, cada tanto, las luces de los autos que paran en el semáforo de la cuadra anterior iluminan la mesa.
Todo está bien. El combo de noche, calor, birra y amigos tendría que ser perfecto.
El problema es él. Me encanta cuando lo veo llegar todo serio, pero me mira y sonríe.
Qué bronca me da.
Y me pone loca con solo verlo. Me pasa sobria, me pasa cuando habla, cuando me mira, cuando sostiene la mirada aunque sea tres segundos más de lo debido. Me pasa cuando me toca por error o cuando lo hace adrede. Me enciende cada parte del cuerpo y, al mismo tiempo, me entorpece. No sé bien qué hacer con las manos, ni cómo disimular que me muero de ganas. Me habla y yo solo pienso en comerlo, aunque le esté asintiendo con la cabeza mirándolo fijo a los ojos (capítulo aparte…).
Disocié, respondo. A veces es excusa, pero solo yo lo sé.
Mientras las birras van bajando, todo el resto aumenta.
Estar solos es para problemas, me dijo un día. Palabras más, palabras menos. Justo a mí, que me encanta quedarme hasta tarde, retrasar la vuelta a casa y estirar el tiempo con tal de robar un par de minutos más. Sé que también le gusta quedarse hasta el final, pero no sé si coincidimos en el motivo. Quizás todo es obviedad pura, pero las palabras nunca me alcanzan para explicar lo que me pasa. Podría pasarme rato escuchándolo, mirándolo. Podría pasarme ratos largos besándolo. Y esto último es lo que menos hacemos, pero lo que más se me acumula adentro. Es difícil controlar los pensamientos intrusivos. Las ganas de hacer algo que no esté del todo bien.
¿Besarlo de golpe, sin más? Me da miedo que me rechace.
¿Besarnos lento, sin límite de horario? Ideal e imposible.
Ahí me acuerdo de la palabrita esa: Basorexia. Deseo repentino, intenso e irrefrenable de besar a alguien. Eso es exactamente lo que me genera: una urgencia de sentirlo, soy un capricho andante de nena que no se cansa nunca y siempre quiere más.
Ahí arranca el juego en silencio… Una mirada que se sostiene, un chiste con doble sentido que se le escapa, el análisis minucioso de cada gesto. Por fuera, carita de nada, charlando con el resto. Por dentro, un quilombo.
Ya lo sé.
Ya lo sabe.
Ya lo sabemos.
Es como cuando éramos chicos y la habitación de nuestros papás estaba prohibida. La puerta no tenía llave, solo estaba la advertencia y nuestra palabra. Pero justamente por eso era tentador: bordear el límite, la adrenalina de pensar que no iba a pasar nada grave, las ganas de sacarte la duda.
«Qué pasaría si…?», pensábamos.
Y hay besos que no resuelven nada. Al contrario, dejan un recuerdo -físico- incómodo que reaparece en los peores momentos. Mirar esa boca entre el humo y el ruido del bar, y ahí entender que la memoria, cuando se junta con las ganas, puede ser una tortura. Dulce, pero tortura al fin. Por eso algunas cosas se quedan acá, en esta nota de celular que escribo casi sin mirar la pantalla y sin saber a ciencia cierta si lo que escribo tiene algún sentido. Estoy con mis pensamientos acá y allá… Donde él está explicando «algo» que no escucho del todo. Y mientras la noche avanza y se acerca la hora de irnos, la pregunta de siempre vuelve a aparecer, tan inoportuna, claro… Qué tendría de malo un beso más? No lo sabremos, no se puede.
Paciencia, viejo, qué se le va a hacer…
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