A veces siento que la vida es una lluvia que cae justo sobre esas heridas que el tiempo nunca terminó de cerrar. Y, aunque al principio duela, hay algo en dejarse mojar por la tristeza, en dejar que todo lo que uno lleva adentro encuentre una salida, como si el agua pudiera llevarse una parte de aquello que ya pesa demasiado.
No todo dolor viene a destruirnos. Algunos llegan para recordarnos que todavía sentimos, que debajo del cansancio y de todas las veces que tuvimos que fingir estar bien, sigue existiendo algo que se niega a rendirse.
Hay días en los que el futuro parece una habitación a oscuras y uno camina sin saber muy bien hacia dónde. El destino hace lo que quiere con nosotros, nos cambia los planes, nos arranca personas, nos enfrenta a versiones de nosotros mismos que jamás imaginamos conocer. Pero, incluso entonces, queda una pequeña llama. A veces apenas se distingue, otras veces parece extinguida, pero sigue ahí, esperando que volvamos a creer.
Capaz de eso se trata todo, de volver a empezar sin ser los mismos, de aprender a caminar con las cicatrices, de encontrar un poco de sol después de tantas noches frías. De entender que no siempre podemos elegir lo que nos sucede, pero todavía podemos decidir qué hacemos con los pedazos que nos quedan.
Yo también me cansé, también hubo momentos en los que sentí que la vida me estaba ganando. Pero no quiero llegar al final con la sensación de haberme rendido antes de tiempo. Quiero darme la oportunidad de volver a sentir, de equivocarme, de perderme y encontrarme tantas veces como haga falta.
Porque todavía hay cosas que me encienden el alma. Sueños que no murieron, aunque los haya dejado olvidados en algún rincón de mí. Y mientras exista algo capaz de hacerme vibrar el corazón, todavía habrá un motivo para seguir.
No quiero una vida sin heridas. Quiero una vida en la que las heridas no tengan la última palabra.
Y si algún día vuelvo a caer bajo la lluvia, ojalá pueda recordar que no todo lo que se moja se apaga. A veces, después de atravesar la tormenta, uno descubre que todavía lleva fuego adentro y que, a pesar de todo, todavía tiene ganas de arder.
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