
La lluvia caía sobre Buenos Aires con esa indiferencia que tienen las cosas eternas ante las desgracias de los hombres. Desde la ventana de un bar, yo contemplaba una calle cualquiera, una de esas calles que nadie recuerda y que, sin embargo, acaso guardan el secreto de todas las calles.
Un hombre caminaba bajo un paraguas negro. Una mujer, detenida en la esquina, miraba el reloj. Un taxi atravesó el agua acumulada junto al cordón y desapareció en la niebla gris de la tarde. Pensé que cada uno de ellos regresaba a un lugar donde alguien lo esperaba, o donde nadie había advertido todavía su ausencia. No pude saber cuál de las dos posibilidades era más triste.
El café se enfriaba sobre la mesa. En el vidrio, las gotas descendían lentamente, trazando caminos que se encontraban, se separaban y volvían a encontrarse, como si obedecieran a una geometría que ignorábamos. Me pregunté si nuestra vida no sería algo semejante: una serie de recorridos que creemos elegir, aunque quizá ya estaban escritos en algún libro cuyo autor ha olvidado nuestro nombre.
Buenos Aires tiene esa curiosa facultad de convertir lo cotidiano en una forma del infinito. Basta una esquina, un farol encendido antes de tiempo, el reflejo de una librería en el pavimento mojado, para que una calle deje de ser una calle y se convierta en todas las calles que hemos perdido.
De pronto recordé otra lluvia, ocurrida muchos años atrás, en otra ventana, en otro bar. También había un café, también una calle, quizá la misma mujer mirando el reloj. No pude establecer si aquel recuerdo pertenecía a mi vida o a una vida que alguna vez imaginé. La memoria, después de todo, no es un archivo fiel: es un narrador que modifica los hechos para convencernos de que hemos existido.
Entonces comprendí que no estaba mirando la lluvia. Estaba mirando el tiempo.
Cada gota borraba una pequeña porción del mundo y, al hacerlo, lo devolvía a su misteriosa condición de irrepetible. Aquella calle, que al día siguiente sería idéntica, nunca volvería a ser la misma. Tampoco yo. Quizá ninguno de los hombres que pasaban bajo los paraguas volvería a cruzarse conmigo; quizá uno de ellos había sido, sin saberlo, la persona que yo habría necesitado encontrar muchos años antes.
Pero el destino no suele anunciar sus visitas. A veces pasa frente a nosotros, protegido por un paraguas, y nosotros seguimos mirando por la ventana.
Pedí otro café.
La lluvia continuaba.
Afuera, Buenos Aires seguía representando su antigua ceremonia de calles, sombras y transeúntes. Adentro, un hombre sentado junto a una ventana trataba de recordar qué había venido a buscar.
No lo consiguió.
Y acaso esa fue su única certeza: que algunas tardes no están hechas para encontrar respuestas, sino para descubrir que la pregunta nos ha acompañado durante toda la vida.
Cuando finalmente me levanté, la lluvia había cesado. Sobre el vidrio quedaban unas pocas gotas inmóviles, como puntos suspensivos al final de una historia.
Salí a la calle.
Por un instante tuve la extraña impresión de que alguien, desde la ventana de otro bar, me estaba observando. Tal vez era yo mismo, muchos años atrás, esperando que la lluvia terminara para comenzar una vida que, sin saberlo, ya había vivido.
Seguí caminando.
Buenos Aires no se dio vuelta para mirarme.
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