Todavía siento la presión de tus manos sobre mi cuello.
Guardo la cicatriz de aquella vez que tomé el cuchillo
para arrancarlas mientras dormía.
Y al despertar con él clavado, fue redentor:
lo que me hiciste se desasía de mí
en el carmesí renacer de mi conciencia.
Pero una tarde tu recuerdo me acometió
y otra vez tus manos atenazaron mi cuello.
Tomé una pinza para quebrarte los dedos uno por uno.
Clac… clac… clac.
En cada corte supuraron tus ramas,
ramas de un árbol infinito poseído por tu oscuridad.
Se prendieron de mi rostro, treparon por mis orejas,
se enredaron en mi pelo y me anudaron el cuello.
Quedé yerta entre tus caprichos.
Intenté clamar:
pero cubriste mis labios y mis ojos.
En aquella tiniebla ardí,
llama mortecina,
alarido de auxilio que nadie escuchaba.
Solo tú.
Porque habitas en mí.
Tus manos aún cercan mi cuello,
me obstruyen el aire, me extinguen la vida.
Solo puedo saborear tu perfume,
escuchar el líquido que cae de ti sobre mí
y sentir el crujido de tus huesos bajo la pinza:
¡Bañándome! ¡Manchándome!
¡Pintándome! ¡Cambiándome!
Tus ramas se enroscan en espiral,
me ciñen hombros, pecho y vientre
hasta horadarme el ombligo.
Como un ariete quebraste mis muros
y anidaste en mi conciencia.
¿Estas palabras son acaso mías?
En el fuego de mi memoria
tus ramas ya no arden.
Los rescoldos devoraron las últimas gotas de oxígeno.
Solo resta el humo
donde puedo perderme para huir de ti.
Me repliego, exigua,
en el último reducto de mi alma.
¡Toma mi cuerpo y déjame escapar!
Tiene que existir un resquicio
donde habite mi memoria:
sin tus manos, sin tu sabor,
sin tu olor, sin tu color…
sin tu humo.
OPINIONES Y COMENTARIOS