“Y cuando creíamos que todas las respuestas estaban agotadas, cambiaron las preguntas.”
— Mario Benedetti
Enero no fue un mes.
Fue una intemperie.
No hubo calendario capaz de contenerlo,
ni reloj que pudiera nombrar lo que ocurría dentro mío.
Era un tiempo suspendido, espeso,
como si la vida hubiera decidido quedarse detenida
en el instante exacto en que todo comenzó a quebrarse.
Me había quedado sin temperatura.
El cuerpo estaba ahí, sí,
ocupando espacio, respirando por inercia,
pero sin ese pulso invisible que hace que existir
no sea apenas una función biológica.
Había algo en mí que ya no respondía.
Caminaba como quien atraviesa un paisaje ajeno,
como si cada gesto fuera una repetición
de algo que alguna vez tuvo sentido
y ahora no era más que una sombra mal aprendida.
Enero me dejó desangrándome en silencio.
Sin heridas visibles.
Sin testigos.
Sin explicación.
Solo un cansancio que no se iba con el sueño
y una pregunta que regresaba, obstinada,
como un eco imposible de silenciar:
¿para qué seguir?
Me exigía claridad
cuando por dentro era pura niebla.
Me pedía decisiones firmes
cuando todo en mí temblaba.
Y aun así, decidí.
Tomé una decisión que no era ligera,
que no admitía medias tintas,
que pedía entrega total
como si el alma fuera un territorio negociable.
No sabía —o tal vez no quise saber—
que atravesarla sería como caminar descalza
sobre brasas invisibles.
Cada paso ardía.
Cada avance dolía
en un lugar donde el dolor no tiene nombre.
Pero mi mente, obstinada,
seguía buscando una promesa al final del recorrido:
una luz,
una salida,
una forma —aunque mínima, aunque frágil—
de volver a sentir algo parecido a la felicidad.
Ese deseo simple.
Casi ordinario.
Casi imposible.
La cama, que alguna vez fue refugio,
se había vuelto territorio hostil.
Dos plazas y media de vacío compartido con nadie.
Paredes que absorbían mis gritos
como si estuvieran entrenadas para el silencio.
Ahí dejé partes de mí.
No recuerdos.
Fragmentos.
Tormentos que no supe nombrar.
Guerras íntimas que nadie vio.
Una versión de mí que ya no podía sostenerse en pie.
Me pregunté muchas veces
si había un error en mi existencia.
No en mis decisiones.
No en mis vínculos.
En mí.
Como si hubiera sido lanzada al mundo
con una falla de origen,
con una grieta inicial
que ningún intento lograba reparar.
Le hablé a Dios.
No desde la fe serena,
sino desde la urgencia de quien se está rompiendo.
Con la garganta quebrada.
Con palabras que no eran oraciones
sino restos de algo que ya no sabía cómo pedir.
Si alguien hubiera escuchado esa voz,
habría sentido frío.
Un frío distinto.
El que deja el alma cuando se queda sola.
Sentí —por momentos—
que mi existencia era un error suspendido en el tiempo.
Como una nota mal escrita
en una partitura que nadie se detuvo a corregir.
Y sin embargo…
seguía.
No por valentía.
No por esperanza.
Tal vez por inercia.
Tal vez por algo más profundo
que todavía no tenía nombre.
Enero no terminó.
Se transformó en mí.
Y yo, todavía sin saberlo,
estaba aprendiendo a sobrevivir
en el único lugar donde no podía huir: mi propia vida.
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