
El día estaba llegando a su fin cuando seis desconocidos se encontraron en una carretera solitaria, rodeada por un bosque inmenso.
Camila Reyes, una joven inteligente y observadora, viajaba junto a su amiga Daniela Cruz. También estaban Marcos Vidal, un hombre impulsivo; Samuel Torres, tranquilo y analítico; Adrián Méndez, reservado y desconfiado; y Nicolás Peña, el más amable del grupo.
Sus caminos se habían cruzado durante un viaje que debía ser sencillo. Sin embargo, una avería y un desvío inesperado los obligaron a abandonar la carretera principal.
—No creo que debamos seguir por aquí —dijo Camila, mirando el camino de tierra que se internaba entre los árboles.
Marcos comprobó su teléfono.
—No hay señal. Pero si seguimos caminando, encontraremos otra carretera.
—¿Y si nos perdemos? —preguntó Daniela.
—Entonces regresamos.
Samuel observó el bosque. Algo en aquel lugar le producía una inquietud difícil de explicar.
—Deberíamos regresar ahora.
Pero ya era demasiado tarde para tomar una decisión tranquila. El automóvil había quedado atrás, el camino parecía interminable y la oscuridad comenzaba a cubrir los árboles.
Los seis entraron en el bosque sin imaginar que alguien los observaba desde una posición oculta.
Un hombre tenía un rifle entre las manos y seguía sus movimientos con paciencia.
Se llamaba Feliz José.
No conocía a ninguno de ellos. No tenía cuentas pendientes con sus familias. No buscaba dinero ni venganza.
Simplemente los había elegido.
Y quería verlos luchar por sus vidas.
### El primer disparo
Después de caminar durante casi una hora, los seis llegaron a un pequeño claro. Nicolás dejó su mochila junto a un árbol y se sentó para descansar.
—Necesitamos encontrar un lugar donde pasar la noche —dijo—. Mañana podemos buscar ayuda.
Camila estaba a punto de responder cuando escuchó un ruido seco.
¡PAM!
Nicolás cayó al suelo.
—¡Nicolás! —gritó Daniela.
Los demás se arrojaron al suelo mientras un segundo disparo golpeaba un árbol cercano.
—¡Nos están disparando! —gritó Samuel.
Camila se arrastró hasta Nicolás, pero pronto comprendió que ya no podía hacer nada por él.
El joven había muerto.
Daniela comenzó a llorar. Marcos miró hacia el bosque, lleno de rabia.
—¡Sal de ahí, cobarde!
—¡Cállate! —ordenó Samuel—. ¡No sabemos dónde está!
Otro disparo golpeó la tierra cerca de ellos.
Los cinco supervivientes corrieron hasta encontrar refugio entre unas rocas y la vegetación.
Desde la oscuridad llegó una voz masculina.
—Pueden correr todo lo que quieran. Este bosque es mío.
Camila contuvo la respiración.
—¿Quién eres? —gritó.
El hombre respondió con una calma aterradora:
—Me llamo Feliz José.
—¿Qué quieres de nosotros?
Hubo una pausa.
—Nada. Los elegí.
Aquellas palabras fueron peores que una amenaza. No había ninguna negociación posible ni una explicación que pudieran comprender.
Feliz José quería cazarlos.
Y acababa de empezar.
### La cacería
Los cinco supervivientes pasaron las primeras horas de la noche escondidos, intentando decidir qué hacer. Marcos quería enfrentarse al asesino, pero Camila se negó.
—No podemos salir a buscarlo sin saber dónde está —explicó—. Eso es precisamente lo que quiere.
Samuel estuvo de acuerdo. Los disparos habían llegado desde diferentes direcciones debido al eco del bosque, y cualquier movimiento precipitado podía condenarlos.
Adrián, sin embargo, comenzó a comportarse de manera extraña. Se apartaba del grupo, miraba constantemente hacia el norte y evitaba responder cuando Camila le preguntaba si conocía aquella zona.
—¿Qué estás escondiendo? —le preguntó ella.
—Nada.
—Entonces mírame cuando te hablo.
Adrián finalmente levantó la cabeza.
—No tengo tiempo para tus interrogatorios.
Antes de que Camila pudiera responder, se escuchó un disparo.
Marcos, que había salido unos pasos para buscar agua, cayó herido.
Los demás corrieron a protegerse. Samuel intentó ayudarlo, pero el francotirador volvió a disparar, obligándolos a retroceder.
Marcos murió antes de que pudieran ponerlo a salvo.
Ahora quedaban cuatro.
Daniela se aferró a Camila, llorando desconsoladamente.
—¡Nos va a matar a todos!
Camila también tenía miedo, pero comprendió que dejarse dominar por el pánico solo facilitaría el trabajo del asesino.
—Escúchame —le dijo—. No podemos seguir huyendo sin pensar. Tenemos que descubrir cómo nos encuentra.
Durante las horas siguientes, Camila comenzó a observar el terreno. Se fijó en los espacios abiertos, en las zonas elevadas y en la manera en que el sonido de los disparos cambiaba entre los árboles.
No podía determinar la posición exacta del tirador, pero empezaba a reconocer patrones.
Feliz José elegía lugares desde los que podía observarlos sin acercarse demasiado.
Y cada vez que ellos se exponían, él aprovechaba la oportunidad.
Camila comprendió que la única posibilidad de sobrevivir era dejar de comportarse como presas.
### El tercer ataque
Al amanecer, los cuatro supervivientes encontraron una pequeña construcción abandonada. Dentro había una mesa rota, latas vacías y una ventana desde la que se veía parte del bosque.
Samuel revisó el lugar.
—Alguien utilizó esta cabaña hace poco.
Adrián permaneció junto a la puerta, mirando hacia el exterior.
Daniela se sentó en el suelo, agotada.
—No puedo más. Quiero irme a mi casa.
Camila se arrodilló a su lado.
—Vamos a salir de aquí juntas. Te lo prometo.
Un ruido los interrumpió.
Algo había golpeado la pared exterior.
Samuel se acercó a la ventana con cautela. No alcanzó a ver quién había provocado el sonido.
Entonces llegó el disparo.
Samuel cayó.
Camila y Daniela se escondieron mientras Adrián salió por la puerta trasera.
—¡Adrián! —gritó Camila—. ¡No te vayas!
Pero él desapareció entre los árboles.
Cuando el silencio regresó, Camila comprobó que Samuel había muerto.
La joven cerró los ojos durante un instante.
Nicolás. Marcos. Samuel.
Tres personas que habían entrado vivas en aquel bosque y que ya nunca regresarían a casa.
Solo quedaban Camila, Daniela y Adrián.
Y Camila empezaba a sospechar que no conseguirían sobrevivir si continuaban actuando por separado.
### La verdad sobre Adrián
Camila y Daniela abandonaron la cabaña y siguieron un sendero estrecho, buscando una salida.
Después de caminar un buen rato, encontraron a Adrián escondido detrás de un grupo de árboles.
—¿Por qué huiste? —le preguntó Camila, furiosa.
—Porque no quería morir.
—¡Samuel murió mientras tú escapabas!
Adrián bajó la mirada.
—No sabía qué hacer.
Camila quiso creerle, pero algo no le cuadraba.
Durante unos minutos, los tres avanzaron juntos. Entonces Adrián confesó que había visto una estructura de vigilancia en una zona elevada del bosque, mucho antes de que se produjera el último disparo.
—¿Y por qué no lo dijiste? —preguntó Daniela.
—Porque no estaba seguro de lo que había visto.
Camila lo observó fijamente.
—¿Sabes dónde se esconde?
—No exactamente.
La protagonista comprendió que aquella información podía ser su única oportunidad. No necesitaban lanzarse directamente contra el francotirador. Necesitaban descubrir cómo se desplazaba y encontrar una manera de obligarlo a abandonar su escondite.
Pero antes de que pudieran seguir hablando, una bala golpeó un árbol cercano.
Feliz José los había encontrado otra vez.
Los tres corrieron en direcciones distintas para evitar quedar expuestos juntos. Camila logró esconderse entre unas rocas, pero cuando llamó a Daniela, no recibió respuesta.
Esperó unos segundos.
Volvió a llamar.
Nada.
Al salir con cautela, encontró a Daniela herida entre las hojas. Se arrodilló junto a ella y le sostuvo la mano.
—No me dejes, por favor. Ya casi encontramos una salida.
Daniela intentó hablar, pero apenas pudo pronunciar unas palabras.
—Camila… no dejes que gane.
Después, murió.
Camila quedó sola con Adrián.
De los seis que habían entrado en el bosque, solo quedaban dos.
Y Feliz José seguía cazandolo
### La decisión de Camila
Camila lloró durante unos minutos, hasta que el miedo comenzó a convertirse en determinación.
Había pasado toda la noche huyendo. Había visto morir a sus compañeros. Había escuchado al asesino hablar como si sus vidas fueran un juego.
Ya no podía seguir así.
Encontró a Adrián cerca de un arroyo, y juntos comenzaron a pensar cómo detener al francotirador.
—Si seguimos corriendo, nos matará —dijo Camila—. Tenemos que hacer que crea que estamos indefensos.
Adrián la miró con incredulidad.
—¿Quieres enfrentarte a un hombre que nos ha estado disparando desde lejos?
—Quiero salir viva de aquí.
Camila explicó su idea: utilizarían el terreno y el ruido para confundir al asesino, manteniéndose protegidos mientras buscaban una oportunidad para acercarse a él. No intentan ganarle en su propio terreno; intentaría obligarlo a cometer un error.
Adrián aceptó ayudarla.
Durante las horas siguientes, avanzaron con cautela y observaron las señales que el tirador dejaba al moverse por el bosque. Camila descubrió marcas recientes en la tierra y ramas rotas en una zona que dominaba parte del sendero.
No tenía certeza de que aquel fuera su escondite principal, pero era la primera pista sólida que habían encontrado.
—Está cerca —susurró.
Adrián tragó saliva.
—¿Y si nos está esperando?
Camila apretó los labios.
—Entonces tendremos que estar preparados.
### La emboscada
Al caer la tarde, Camila puso en marcha su plan.
Los dos se separaron lo suficiente para no exponerse juntos y dejaron señales que podían hacer pensar al asesino que estaban intentando escapar por el sendero.
Feliz José observó sus movimientos desde su posición.
Por primera vez, creyó que tenía la situación bajo control.
Se desplazó para buscar una mejor vista del camino, sin darse cuenta de que Camila estaba siguiendo las señales de su movimiento desde una zona protegida.
La joven escuchó una rama quebrarse.
Después, unos pasos.
Y finalmente, una silueta apareció entre los árboles.
Era él.
Feliz José llevaba el rifle y avanzaba con cautela, convencido de que sus dos últimas víctimas no tenían ninguna posibilidad de escapar.
—Se acabó el juego —murmuró.
Camila salió de su escondite.
—¡Feliz José!
El hombre se volvió de inmediato.
Durante un instante, ambos quedaron frente a frente.
—Así que tú eres la que ha estado intentando descubrirme —dijo él.
—Mataste a mis amigos.
—Ellos estaban en el lugar equivocado.
Camila sintió una oleada de rabia.
—No. El lugar equivocado eres tú.
Feliz José levantó el rifle, pero Adrián apareció desde otro punto y lo obligó a retroceder. Comenzó una lucha desesperada entre los árboles.
El arma cayó al suelo.
Feliz José golpeó a Adrián y trató de escapar, pero Camila se interpuso. Los tres forcejearon en medio de la maleza hasta que el villano cayó por una pendiente corta.
Adrián consiguió sujetarlo mientras Camila apartaba el rifle.
Feliz José intentó liberarse, pero esta vez no tenía una posición ventajosa ni un bosque entero para esconderse.
—¡Suéltame! —gritó.
Camila lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Por qué nosotros?
El hombre no mostró arrepentimiento.
—Porque podía.
Aquella respuesta terminó de destruir cualquier esperanza de encontrar una explicación humana a sus actos.
Adrián consiguió inmovilizar lo mientras Camila pedía ayuda con el teléfono. Contra todo pronóstico, encontró señal durante unos segundos y llamó a emergencias.
—Estamos en un bosque. Hay un hombre armado. Ha matado a nuestros compañeros. Necesitamos a la policía.
Dio las indicaciones que pudo y mantuvo la comunicación hasta que la señal volvió a desaparecer.
Ahora solo quedaba esperar.
### El final
La noche cayó de nuevo sobre el bosque.
Camila y Adrián mantuvieron a Feliz José bajo control, sin apartarse demasiado de una zona abierta donde pudieran ser encontrados. El villano permaneció en silencio, con la mirada fija en Camila.
—Podrías haber seguido huyendo —le dijo finalmente—. Quizá habrías tenido suerte.
Camila negó con la cabeza.
—Mis amigos no tuvieron esa oportunidad.
A lo lejos se escucharon sirenas.
Primero parecían un sonido lejano, casi imposible. Después se hicieron más fuertes.
Luces azules y rojas comenzaron a iluminar los árboles. Varios agentes entraron en la zona y rodearon a Feliz José, ordenando le que no se moviera.
El francotirador fue arrestado.
Cuando los policías se acercaron a Camila, ella intentó responder a sus preguntas, pero las palabras no le salían. Solo podía pensar en los cuatro amigos que no regresarían con ellos.
Un agente le colocó una manta sobre los hombros.
—Ya terminó —le dijo.
Camila miró hacia el bosque.
No respondió.
Porque sabía que, aunque el asesino estuviera detenido, nada volvería a ser como antes.
Horas después, mientras una ambulancia la trasladaba, observó por la ventana los árboles
que se alejaban.
Había entrado en aquel bosque junto a cinco personas.
Solo ella y Adrián habían conseguido salir con vida.
La carretera apareció finalmente entre las luces de los vehículos policiales.
Camila cerró los ojos y dejó escapar un suspiro tembloroso.
Había sobrevivido.
Pero una parte de ella se había quedado para siempre entre aquellos árboles.
SALIDA EQUIVOCADA.
FIN
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