Hay un fuego que no quema a quien lo mira, sino a quien se atreve a tocarlo, fuego que bautiza e hipnotiza y al que mi corazón no puede ignorarlo.

Su luminar constante y encendido hace que el miedo se vuelva solo ceniza, que lo incierto del tiempo quede rendido y que mi alma encuentre al fin su derecho de ver aquello que estaba oculto.

A su lado, las sombras no tienen abrigo y lo oscuro se disipa con una sonrisa.

Muestras ese calor al tocarte y mi piel entiende… El misterio de querer mirarte, de querer amarte.

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