Después de un largo viaje, uno de esos que te obligan a perderte para intentar encontrarte, regresé a aquello que me hacía renacer, respirar y sentirme libre. Pero antes de volver a mí, tuve que enfrentarme a mi propia sombra, luchar contra mis pensamientos y aprender a caminar con heridas que nadie más podía ver. Amé desesperadamente. Amé con esa intensidad que no conoce límites, con el corazón abierto y sin imaginar que, algún día, tendría que aprender a vivir con una ausencia imposible de llenar.
Perdí a mi estrella, a mi padre. A la persona que más he amado en esta vida, a ese lugar al que siempre podía volver sin importar cuán difícil se volviera el mundo. Y cuando él se fue, algo dentro de mí también se apagó. Hubo días en los que respirar parecía demasiado, en los que el dolor ocupaba cada rincón de mi existencia y yo no sabía cómo continuar sin su presencia.
Entonces apareció Alexander.
Llegó cuando mi mundo parecía derrumbarse y yo apenas tenía fuerzas para sostenerme. Se convirtió en mi salvavidas, en esos brazos que me recibían cuando el duelo me sobrepasaba, en ese refugio donde, por un instante, el ruido de mi tristeza se hacía más pequeño.
Me enamoré profundamente de él. Quizá porque, en medio de tanta oscuridad, su presencia se sintió como un poco de luz. Con él, la tormenta parecía calmarse; poco a poco, volví a imaginar un futuro, a reconstruir mis pedazos y a creer que todavía podían existir un paisaje que valia la pena observar. Volví a hacer planes, a soñar y a dibujar una vida en la que él también tenía un lugar.
Pero, mientras yo imaginaba un futuro en el que caminábamos juntos, él estaba construyendo el suyo sin incluirme. Y fue entonces cuando su ausencia rompió el puente que yo había construido con tanta esperanza. La tormenta regresó, las heridas volvieron a doler y tuve que enfrentarme, una vez más, a ese vacío que creía haber aprendido a sobrellevar.
Dejar ir a mi salvavidas también dolió. Porque no solo estaba soltando a una persona; estaba despidiéndome de todo lo que había imaginado a su lado, de las promesas que mi corazón había construido en silencio y de la versión de mí que creyó haber encontrado, por fin, un lugar seguro donde quedarse. Sin embargo, con el tiempo entendí algo: aunque Alexander me acompañó en una parte de mi dolor, no fue él quien creó la luz que me mantenía viva. Esa luz ya existía en mí, aunque por un tiempo no pudiera verla.
Después de aquel camino tan complicado al que me aventure, entendí que el recuerdo de mi padre era tan intenso que su amor vivia y aquel amor que sentía y siento por el se convirtió en mi refugio, en la fuerza que me sostiene cuando siento que vuelvo a caer, en esa presencia invisible que me acompaña incluso cuando el mundo parece demasiado grande para mi corazón. Él ya no está aquí como antes, pero sigue viviendo en lo que soy, en lo que me enseñó, en la forma en que amo y en cada pequeño instante en el que vuelvo a sentir su esencia. A veces imagino que mi padre brilla desde otra constelación. Que, aunque mis ojos ya no puedan encontrar los suyos, existe una parte de él que sigue acompañándome desde algún lugar del universo.
Y quizás sanar sea eso, aprender a mirar el cielo sin dejar de extrañar la estrella que perdimos, aceptar que algunas personas llegan para acompañarnos durante una parte del camino, pero que no todas están destinadas a recorrerlo hasta el final.
Hoy sé que puedo agradecerle a Alexander por los abrazos que me sostuvieron sin tener que convertirlo en el lugar donde debía quedarme para siempre. Puedo extrañarlo, aceptar lo que significó para mí y, aun así, aprender a soltarlo. Porque mi historia no termina con su partida, así como mi vida no terminó cuando mi padre se convirtió en una estrella.
Todavía me queda un camino por recorrer. Todavía hay partes de mí que necesitan sanar, sueños que esperan ser descubiertos y una versión de mí misma a la que quiero volver a abrazar. Y aunque algunas noches la tormenta regrese, quiero recordar que no necesito encontrar otro salvavidas para aprender a flotar. Puedo hacerlo poco a poco, con mis propias fuerzas, llevando conmigo el amor de quienes marcaron mi vida.
Al final, tal vez nunca deje de extrañar a mi estrella. Tal vez siempre haya una parte de mí que busque a mi padre en el cielo y otra que recuerde a Alexander en los rincones donde alguna vez fui feliz. Pero ahora quiero aprender a caminar sin confundir la compañía con la salvación, ni la despedida con el final de mi historia.
Porque, incluso después de perder tanto, todavía puedo renacer.
Todavía puedo respirar. Todavía puedo volver a sonreir
Y, aunque mi estrella brille desde otra constelación, su amor seguirá siendo una de las luces que me guíen de regreso a mí.
Te amo padre y gracias Alexander.
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