A Roberto le gustaba llegar primero al aula. Vacía, sin nadie. Así podía ver entrar a la profesora de Literatura, siempre fresca, siempre alegre, con aquella elegancia al caminar.
—Esa mujer me fascina —se decía.
—Hola, Roberto. Siempre tan puntual.
—La estaba esperando, profe. Quiero preguntarle algo sobre el arte de escribir cuentos. Me imagino que lo principal es tener una buena idea, ¿verdad?
—Por ahí se comienza —sonrió ella—. Te voy a prestar un libro. Cuando lo termines, hablamos.
—De acuerdo.
Desde hacía meses, Roberto la seguía. No por vago, sino por oficio. Sabía dónde vivía, que era viuda y que su esposo le había dejado una franquicia de hoteles en las Antillas. Lo sabía todo de ella, mientras ella no sabía nada de él.
—Profe, la clase estuvo muy interesante. Recuerde traerme el libro.
—Claro, Roberto. No se me olvidará —respondió ella mientras se colocaba la cartera y se alejaba con aquella cadencia al caminar que lo fascinaba.
Esa tarde la siguió hasta su casa. Era una mansión al norte de la ciudad, en una zona vigilada, a una hora de su barrio.
—¡Wao! Pero qué casa —murmuró.
Aceleró la moto y se alejó.
Por la tarde, como siempre, se reunió en el parque con Martín, Fefo y el Loco.
—Ahí viene Roberto —dijo Martín.
—¿Qué nos trajiste hoy? —preguntó Fefo.
—La mujer tiene una mansión. La zona es muy vigilada, pero se puede.
—Entonces seguimos con lo de Fefo —dijo el Loco—. La secuestramos y le sacamos un par de millones. Tiene con qué pagar.
Roberto les contó todo: la dirección, la hora en que la profesora salía del liceo y que vivía sola. Mientras más contaba, más se entusiasmaban.
—Vamos a votación —dijo Martín.
Todos levantaron la mano. Roberto también. Si no lo hacía, lo mataban allí mismo. En el barrio, al que se echaba para atrás no se lo perdonaban.
Acordaron llevar a cabo el plan el viernes siguiente.
Al otro día, la profesora llegó con el libro.
—Buenos días, Roberto. Te gané hoy. Ayer se me olvidó, pero te lo traje. ¿Y si, cuando termine la clase, vamos a buscar el otro a mi casa? Tengo muchos.
Roberto se quedó frío. Era la oportunidad perfecta para acercarse aún más a ella y facilitar el plan. Pero, al mismo tiempo, aceptarla se le hacía imposible.
—Gracias, profe. Será otro día.
—Cuando guste, Roberto —dijo ella en un tono más bajo, distinto del habitual.
Roberto bajó la cabeza.
«Este plan se está complicando», pensó.
Los días siguientes no fue a clase. No por miedo a la profesora, sino a sí mismo. Cada vez que la veía explicando o quedándose después de hora con los muchachos que no entendían, se hacía la misma pregunta:
¿Cómo una mujer con una mansión viene a perder el tiempo aquí con nosotros?
La profesora llevaba el libro todos los días. Preguntaba por él.
El jueves, un día antes de la fecha acordada para el secuestro, Roberto la esperó en la puerta de su mansión.
—Roberto, ¿y ese milagro? ¿Qué te pasó?
—Disculpe, profe. Vine a buscar el libro.
—Aquí está. Pero pasa, pasa.
—No, profe. Prefiero invitarla yo. ¿Vamos en la moto?
—¿En la moto?
—Sí.
Ella se rio.
—Déjame ponerme cómoda.
Pasaron la tarde juntos. Comieron, pasearon, se rieron. Por primera vez en meses, Roberto no estaba investigando a nadie. Estaba aprendiendo.
—Profe, quiero mostrarle un lugar. Un secreto. Una cabañita de mi abuela. Le va a gustar.
Ella aceptó.
La profesora sintió que un vehículo se acercaba, al girar la cabeza, vio que era la policía.
Martín, Fefo y el Loco ya estaban dentro de la cabaña.
__Roberto, nos está siguiendo la policía.
__Tranquila, Profe. Mire, ya se van.
La moto se detuvo frente a la cabaña. Caía la tarde.
—No se preocupe, profe. Solo es para que vea.
La puerta chirrió. Tenía años sin abrirse. Roberto sacudió el polvo de una mecedora.
—Siéntese aquí. Voy a prender la luz.
Caminó despacio hasta la habitación.
—Ahí la tienen —les dijo en voz baja—. Vayan por ella.
Los tres se le fueron encima. Ella gritó:
—¡Roberto! ¡Roberto!
Él no miró. Abrió la puerta del jardín. Afuera lo esperaban seis policías.
—¡No se muevan! Quedan detenidos por intento de secuestro.
—¿Qué has hecho, Roberto? —gritaron los tres casi al mismo tiempo.
Roberto se acercó a la profesora, que temblaba en la mecedora cubierta de polvo. Se agachó para quedar a su altura.
Y le dijo lo único que de verdad había querido decirle desde la primera vez que la vio entrar en el aula vacía:
—Profe, quiero escribir cuentos.
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