Intenté una mañana, cuando estaba tranquilo y absorto en mis pensamientos, en imaginar que le daba vida a los números: Conjeturé que, si los números imitaran nuestras vidas, no tardarían en cometer los mismos errores y aciertos. Hasta descubrirían que la perfección aritmética no es suficiente para garantizar la felicidad, y que incluso en un universo regido por leyes inmutables puede nacer al deseo del cambio.
Esta sospecha me llevó a crear la historia de un número entero llamado (a), que habitando, como es lógico, en la recta infinita de los números, podría sentir nuevas necesidades.
Era un número positivo y estaba cómodo con su condición. Ocupaba una posición tras el cero, y jamás sintió curiosidad por imaginar un destino distinto.
Sin embargo, esa mañana de otoño, cuando el frío empieza a dar señales de su llegada, le insuflé vida humana; y sin causa aparente, comenzó a interesarse por el otro lado de la recta.
No ignoraba que allí existían números como él. Le intrigaba la vida del otro lado.
—¿Qué me diferencia? —se preguntó—. ¿Soy acaso el lugar que ocupo?
Ningún teorema estaba preparado para responderle.
Después de algunas deliberaciones, decidió recurrir a (-1), un operador conocido. Un ejecutor que no creaba ni destruía, sino que invertía.
—Quiero conocer el otro lado —le dijo (a).
—¿Estás dispuesto a dejar de ser lo que eres?
—No veo por qué habría de dejar de serlo.
La duda lo detuvo por un tiempo. Pero la atracción por conocer pudo más que la prudencia y aceptó el cambio.
La operación fue realizada. No hubo alteración visible en apariencias. El número conservó su magnitud, su historia y hasta sus recuerdos. Pero ahora ocupaba una la posición a la izquierda del cero. Era, (-a).
Transcurrió un intervalo de tiempo para adaptarse a lo sucedido. Pero sabia que nada había perdido y, sin embargo, todo era distinto. La distancia que lo separaba del cero era la misma; pero el sentido era en apariencias, su contrario. Si le preguntaban por su estado, podría decir que seguía siendo él.
—De modo que sigo siendo yo —murmuró.
El descubrimiento lo llenó de satisfacción, no de felicidad. Había cruzado una frontera. Sin aumentar su magnitud, ni destruir su pasado.
—Especuló entonces que acaso la identidad no estaba sujeta a un lugar. Cuando regresó a la región de los positivos —pues también es posible invertir una inversión—, contó lo ocurrido. Algunos se burlaron. Otros lo acusaron de haber introducido una perturbación en un orden que funcionaba desde siempre. Los más prudentes evitaron pronunciarse. Pero hubo quienes escucharon en silencio.
Uno de ellos, un número primo, comenzó a preguntarse si su soledad era un suceso existencial. Otro, que llevaba siglos satisfecho con su divisibilidad, se interrogó sobre el significado de permanecer entero. La noticia se extendió por la recta.
Desde entonces, algunos números se aventuraron a cruzar el límite. No todos regresaron; ni los que lo hicieron llegaban con las mismas ideas, aunque ninguno pudo afirmar que hubiera dejado de ser quien era.
La recta seguía allí, infinita y rigurosa. Fue entonces cuando la propia recta, que hasta ese momento se había limitado a sostenerlos, pareció formular una reflexión: «Los cambios deben ser decisiones personales».
No sé si esa reflexión pertenece a las matemáticas o a la filosofía. Lo cierto es que, desde entonces, cuando contemplo a los seres humanos, me pregunto cuántos permanecen en el mismo sitio, por miedo a descubrir que hay otro lado que también les pertenece.
Tal vez nuestra vida consista en eso: en alterar una y otra vez lo que somos. Encontrar nuestra verdadera identidad o, sencillamente, una nueva manera de vivirla.
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