Henchida de rabia y orgullo acampó a la puerta del hormiguero, dispuesta a dejarse la vida en ello, si era necesario. Embarazada de varios meses, los huevos crepitaban en su interior, como las chinches entre el pelaje de las crines.
El invierno apuntaló el sol en lo más bajo del horizonte; la nieve cubría los campos antes fértiles y abundantes. Con un palo y una hoja la cigarra se tapaba y soportaba el frío con la cabeza recostada contra el suelo, adormecida. Por la ventana del hormiguero creía distinguir, a veces, a la hormiga y sus pequeños, que se asomaban de puntillas apartando con cuidado los visillos.
La noche de Navidad la puerta se abrió. La imagen borrosa de varias hormigas que la arrastraban adentro se disipó cuando hubo entrado en calor. Sus alas, otrora lustrosas, arañaban el suelo endurecido por la nieve.
Devoró día tras día todo lo que le pusieron en el plato sin importarle cuánto ni cómo. Las palpitaciones de su interior resurgieron casi al momento y sus alas volvieron a reflejar la luz espesa de las velas. Los niños correteaban a su alrededor y tocaban su barriguita, sobre la que tamborileaban al son de los villancicos. Acercaban sus antenitas y acariciaban con tesón la piel estirada de su abdomen.
El Día de Reyes la casa bullía de invitados. A la cigarra le fue concedido el butacón, reservado a los ancianos. A pesar de estar al lado de la chimenea se le antojó húmedo y empalagoso. Las patas las notaba pesadas pero dejó que el calor de la hoguera acariciara su cuerpo. Pronto se convertiría en madre, el invierno pasaría y podría volver a cantar, reír y jugar.
Se había reunido la familia al completo para darse los regalos. Una de las más pequeñas comenzó a mordisquear las alas de la cigarra, que lanzó un grito sofocado.
—Todavía no —le amonestó su madre, mientras sonreía con una mueca dolorosa a la cigarra.
Se removió en el asiento provocando un ruido desagradable al frotar las alas, lo que atrajo la atención de los presentes.
—¿Va a dar a luz ya? —dijo una hormiga vieja de antenas caídas.
—Creo que sí —respondió la anfitriona.
Quiso protestar y alzar las patas, pero un líquido pegajoso se lo impedía. En realidad, todo su cuerpo se hallaba encolado al asiento. Quiso gritar, pero un engrudo de jalea y babas le tapó la boca.
—Bueno, siempre podemos optar por la cesárea.
Mientras las hormigas más pequeñas se abalanzaban sobre el vientre y las alas, las de más edad arrancaban suavemente las antenas y mordisqueaban el cuello. Las ninfas nonatas aún calientes se debatían entre las fauces y el líquido de sus entrañas les manchaba el babero mientras las madres les gritaben que no estropearan los trajecitos nuevos.
Mientras agonizaba, aún llegó a escuchar:
—¡Felices Reyes!
OPINIONES Y COMENTARIOS