El tren avanzaba con un zamarreo monótono a través de la mañana gris, empapado por una lluvia fiera que golpeaba de costado contra las ventanillas. El vagón estaba sumergido en un silencio pesado, roto apenas por el traqueteo metálico de las vías y el ronquido estridente de algún pasajero vencido por el sueño. Era la rutina de siempre: cuerpos amontonados en los asientos de plástico duro, cabezas colgando sobre el pecho, rostros grises tiritando de frío. Yo, por pura costumbre de sobreviviente, me refugiaba en un libro barato de bolsillo, apretando el lomo contra los dedos para escapar de la monotonía de la avenida que corría del otro lado del vidrio empañado.
Pero algo en el aire cambió. Una extraña sensación me hizo levantar la mirada. A dos asientos de distancia, un hombre en gabardina gastada se inclinaba hacia adelante en esa postura rota que adoptan los que duermen con fiebre. Algo en la cabeza me llamó la atención. Una araña albina, pequeña como una gota de leche y de caparazón translúcido, emergió despacio de entre sus cabellos grasos, moviendo las patas con una lentitud de gusano.
Sintiendo una punzada de asco en el estómago, murmuré para mis adentros:
—Pobre tipo… qué mugre.
Traté de volver a las líneas de la página, pero la fijación pudo más. Levanté la vista de nuevo. Ya no era una. Seis o siete criaturas albinas brotaban del cuero cabelludo del tipo, empujando los poros con el lomo como si salieran de un panal blando. Un escalofrío me corrió por la espina dorsal. Sentí un hormigueo helado bajándome por los bíceps y me sacudí la campera con un manotazo brusco, aterrorizado por la sola idea de llevar una de esas porquerías sobre la tela.
Miré a mi alrededor buscando la mirada de algún vecino de asiento. Nadie. El señor del frente cabeceaba con la boca abierta; una chica con auriculares miraba el suelo sin ver nada. La ignorancia de la gente era total.
Mientras tanto, en el cuero cabelludo del hombre de gabardina, la masa se multiplicó.
Ya no eran un puñado de bichos aislados: la cabeza entera comenzó a bullir. Las arañas brotaban a borbotones, blancas, pálidas, llenando los pliegues de la piel, metiéndose en las cavidades de las orejas y volviendo a salir teñidas de un cerumen amarillento. La piel de la nuca se le deformaba en pequeñas ampollas que reventaban sin sangre para liberar nidadas enteras.
Me puse de pie de golpe. Las rodillas me temblaron contra el respaldo del asiento de enfrente.
—Che… miren eso… —intenté decir, pero de la garganta solo me salió un soplido seco.
Nadie se movió. El tren desaceleró con un chillido de frenos que hizo vibrar el piso de chapa. Estábamos llegando a la estación.
En ese preciso instante, como si respondiera a una orden invisible, el hombre de la gabardina se incorporó bruscamente. Su movimiento fue rígido, mecánico. En un abrir y cerrar de ojos, la marea blanca de bichos se reabsorbió bajo su piel, hundiéndose en el cuero cabelludo y en los pliegues del cuello como si nunca hubieran salido.
El hombre caminó hacia la puerta del vagón con un paso pesado, arrastrando las suelas sobre la roña del piso.
Las puertas automáticas, se abrieron con un resoplido de aire comprimido. Antes de bajar al andén, el hombre se frenó en el umbral y giró la cabeza hacia mí. Tenía el rostro ceniciento, los labios secos y la mirada fija, desprovista de cualquier rasgo humano. Mientras me sostenía el contacto visual, una araña albina brotó del borde interno de su ojo izquierdo, se descolgó por la mejilla, se metió por la fosa nasal y desapareció en la penumbra de su boca.
El tipo bajó al andén desierto bajo la llovizna.
Lo seguí con la vista pegando la cara al vidrio empañado del vagón. Lo que pasó a continuación no duró más de diez segundos, pero tuvo el peso de una pesadilla eterna: a mitad del andén de hormigón, la figura del hombre empezó a ceder. No cayó; se desarmó.
De cada costura de la ropa, de los puños, del cuello y de la piel misma arrancada a tiras, brotaron miles de arañas blancas que inundaron la plataforma en una marea hirviente de patas y caparazones. El cuerpo se vació como un saco de trapos viejos, disolviéndose en el suelo hasta que la cortina de lluvia y el arranque del tren se lo tragaron en la oscuridad de la mañana.
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