QUE NADIE PERSIGA LA ESPERANZA
Canto a la dignidad del inmigrante
César Lacayo
Poesía Positiva Motivacional — Siglo XXI
I. Cuando el miedo toma las calles
Hay días en que las calles pierden su nombre cotidiano,
cuando el miedo comienza a caminar entre los rostros humanos.
Hombres enmascarados avanzan bajo el resplandor de las sirenas,
mientras la incertidumbre golpea las puertas de cada hogar.
La ciudad contempla escenas que estremecen su propia conciencia.
La fuerza irrumpe donde debería prevalecer el respeto humano.
Trabajadores son detenidos en medio de sus jornadas laborales,
mientras sus familias ignoran cuándo volverán a abrazarlos.
El miedo se instala donde antes florecía la confianza,
transformando cada esquina en territorio de silenciosa incertidumbre.
Las ventanas observan, las puertas se cierran apresuradamente,
mientras la angustia atraviesa los hogares sin pedir permiso.
¿Qué justicia puede florecer donde se humilla la dignidad?
¿Quién responde por las lágrimas que nadie consigue detener,
cuando la autoridad olvida la humanidad de quienes persigue?
No confundamos la condición migratoria con una condena moral,
ni permitamos que el prejuicio sustituya las pruebas necesarias.
El inmigrante no es una amenaza nacida de las sombras,
sino un ser humano merecedor de justicia, respeto, dignidad.
II. Los niños de la mañana
Un padre conduce a sus hijos hacia la escuela,
mientras amanece sobre las calles de una ciudad cualquiera.
Los pequeños llevan cuadernos, preguntas, sueños todavía intactos,
ignorando que aquella mañana puede cambiarles toda la vida.
De pronto, varios vehículos interrumpen la tranquilidad del camino.
Hombres armados ordenan al padre abandonar su automóvil.
Los niños contemplan cómo le colocan unas esposas,
mientras sus gritos infantiles hieren el aire de la mañana.
¡Papá, no te vayas!, claman entre lágrimas, sollozos,
sin comprender por qué aquellas manos se lo llevan.
Sus pequeñas voces atraviesan el estruendo de las sirenas,
pero nadie consigue devolverles el abrazo de su padre.
La mochila permanece abierta sobre el asiento del automóvil.
Un cuaderno guarda la tarea que nadie pudo terminar.
Afuera, los gritos se desvanecen por las calles;
adentro, comienza un silencio que los acompañará durante años.
¿Quién podrá devolverles la inocencia de aquella mañana perdida?
¿Quién borrará de sus memorias el rostro del miedo?
¿Quién les explicará que su padre nunca dejó de amarlos,
aunque unas manos desconocidas lo arrancaran de su lado?
Hay heridas que jamás derraman sangre sobre la piel,
pero permanecen abiertas en los territorios profundos de la memoria.
Ningún niño debería descubrir el significado de la injusticia
contemplando cómo el miedo desgarra la paz de su familia.
III. La dignidad no tiene fronteras
El inmigrante lleva su historia sobre los hombros cansados,
con una esperanza que ninguna frontera consiguió arrancarle del corazón.
Es la mujer que madruga para alimentar a sus hijos,
el trabajador que levanta viviendas donde otros encontrarán refugio.
Es quien recoge los frutos que llegan a nuestras mesas,
quien limpia hospitales mientras las ciudades permanecen dormidas.
No son sombras desechables ni cifras perdidas entre fronteras,
sino vidas irrepetibles, portadoras de sueños, memorias, afectos.
Cada mano guarda una historia que merece ser escuchada.
Cada rostro conserva la geografía invisible de sus sacrificios.
Detrás de cada nombre existe una vida entera,
una familia, una ausencia, una esperanza que resiste al olvido.
La dignidad no comienza después de cruzar una frontera,
ni desaparece por carecer de un documento migratorio.
Es anterior a los gobiernos, las banderas, las leyes,
porque pertenece a nuestra condición compartida de seres humanos.
La historia conoce el rostro terrible de la persecución,
cuando el prejuicio se convierte en instrumento de deshumanización.
Europa conserva las cicatrices de una época de exterminio,
cuando millones fueron despojados de derechos, libertad, vida.
Aquella memoria no admite comparaciones históricas hechas a la ligera;
nos exige reconocer las señales que preceden a la deshumanización.
Ninguna sociedad está definitivamente protegida contra la injusticia
cuando permite que el miedo silencie su conciencia moral.
IV. La justicia no puede renunciar a su humanidad
La ley debe proteger sin renunciar a su humanidad,
mientras la autoridad responde ante los principios constitucionales.
Ningún uniforme concede licencia para humillar a una persona,
ninguna frontera borra los derechos fundamentales del ser humano.
El debido proceso no puede convertirse en promesa vacía,
ni las garantías legales desaparecer bajo el peso del prejuicio.
Quien enfrenta una acusación merece las protecciones que correspondan;
quien ejerce autoridad debe respetar los límites de su poder.
No pedimos privilegios que sitúen a nadie sobre la ley,
pedimos justicia que tampoco coloque a nadie debajo de ella.
No defendemos delitos ni justificamos conductas contrarias al derecho;
defendemos la dignidad que corresponde a todo ser humano.
La justicia pierde su grandeza cuando olvida el rostro humano,
cuando una persona deja de ser persona ante sus ojos.
No basta levantar edificios donde se administren las leyes,
si sus puertas permanecen cerradas al clamor de los vulnerables.
América guarda innumerables historias de quienes llegaron buscando horizontes,
con las manos vacías, pero el corazón poblado de sueños.
Sus esfuerzos levantaron edificios, cultivaron campos, abrieron caminos,
fundaron empresas, enriquecieron las ciencias, transformaron comunidades enteras.
El inmigrante no es ajeno a la historia americana,
es una de las voces que continúan escribiendo sus páginas.
Su presencia recuerda que la libertad necesita oportunidades reales,
porque los sueños humanos no pertenecen a una sola patria.
V. Que nadie persiga la esperanza
Que nadie persiga la esperanza de quien busca vivir dignamente,
ni convierta sus sueños en motivo de humillación.
Que ningún niño tenga que despedirse de sus padres
entre sirenas, lágrimas, gritos que desgarran la mañana.
Que ninguna madre contemple impotente la destrucción de su hogar,
ni ningún trabajador sea despojado injustamente de sus derechos.
Que la justicia mantenga abiertas sus puertas a todos,
sin permitir que la autoridad olvide sus propios límites.
No permitamos que el miedo defina nuestra condición humana,
ni que la indiferencia transforme el sufrimiento en costumbre.
Hay silencios que terminan convirtiéndose en abandono,
cuando quienes sufren necesitan escuchar nuestra voz solidaria.
Que prevalezca el derecho sobre cualquier forma de arbitrariedad,
la dignidad sobre toda expresión de desprecio humano.
Que América encuentre en sus principios la fuerza necesaria
para proteger la libertad sin renunciar a la justicia.
Porque el inmigrante es, ante todo, un ser humano,
con un nombre, una historia, un corazón irrepetible.
No es una sombra destinada a desaparecer del mundo,
ni una vida cuyo sufrimiento merezca nuestra indiferencia.
Que nadie persiga la esperanza de quien busca vivir.
Que ninguna frontera nos haga olvidar nuestra humanidad.
Porque cuando se humilla injustamente a un solo ser humano,
una herida se abre en la dignidad de todos.
César Lacayo
Poesía Positiva Motivacional — Siglo XXI
CesarLacayo.Net
OPINIONES Y COMENTARIOS