Desde el barco encerrado en alta mar no hay ningún faro, no hay descanso, solo olas sin parar. Están enojadas, vuelan alto y bajan con detención. Me hacen pensar desde lo profundo de mi corazón. Inundada, abordo cada segundo revisando que quizás estés bien o estés mal. Desde el barco casi no observo nada, siento poca cordura y mucho dolor que me desespera. Desde mi pecho arde una llama vigorosa. Late una vez, late dos veces y duele, sangra un poco rosa…
¿Será que al amanecer el mar encontrará un espacio de calma para que el barco pueda transitar?
Bajo una pequeña esperanza, el barco decide continuar. Pasan muchas noches en las que puede ver muchas estrellas, incluso fugaces que aparecen como en una idea. Hay noches donde se escucha el eco del canto de las ballenas; hay otras donde salen a flote las medusas, brillando, ocultando su toxicidad.
La tormenta no se hace esperar, llega tan acelerada. El chico se esconde en su barca buscando refugio, pero poco a poco su barco se agrieta. ¿Sería cuando pasaron las ballenas, cuando miraba hipnotizado las estrellas, cuando propuso tocar las medusas? No recuerda, pues desvaría un poco de la verdad, de lo que siente, de lo que refleja. Su barco se agrieta, se está llenando de agua y nunca lo nota.
Bajo el reflector de una tormenta, el barco del chico se hunde y, poco a poco, con él, sus prioridades, su terquedad, la manera de comportarse. Pero, aunque lo sabe, no se quita su coraza dura. Prefiere ahogarse lentamente dentro de sus sentimientos. Acciones no quiere, ayuda no quiere, que se acerquen no quiere. Quiere, desde un lado, disfrutar de aquella futilidad que se vende a sí mismo.
Mientras se ahoga, recuerda su propia insensibilidad y la manera tan despiadada en la que fue. Quizás lo más dulce de su vida es la manera en que se va en un bote que, en alta mar, se hunde en las olas que bajando van. Al llegar a él, el agua comienza a subir rápidamente. Mientras alza su mirada, ve una hermosa luna llena que lo hace derramar una lágrima de felicidad.
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