Apunte de un nacimiento metafísico.

Apunte de un nacimiento metafísico.

Ignoraba dónde estaba, aunque conservaba —como quien recuerda un sueño ajeno— la certeza de encontrarse en algún lugar. Le resultaba familiar y extraño a la vez, semejante a una casa que hubiera imaginado sin haberla visto.

Creía descansar sobre una manta. A su alrededor se extendía una oscuridad tan densa que pensó que, si un fotón llegara a penetrarla, sería devorado antes de alcanzar el otro lado. La idea era absurda, pero allí parecía razonable.

Por su mente desfilaron pensamientos que no parecían pertenecerle del todo. Vio rostros conocidos y supo que había amado a algunos de aquellos seres, aunque no consiguió recordar sus nombres ni las razones de aquel afecto. Era como si las emociones hubieran sobrevivido a los recuerdos que les daban sentido. Entonces algo cambió.

La antigua identidad comenzó a desprenderse de él, como un traje que hubiera llevado durante tanto tiempo que ya no recordaba cuándo se lo había puesto. No sintió dolor. Tampoco alivio. Simplemente dejó de reconocerse en aquello que hasta entonces había sentido como yo.

Unas pinceladas de luz violeta comenzaron a deshacer la oscuridad.

No era un amanecer. Era una obediencia. La luz parecía cumplir una orden pronunciada en algún lugar, aunque no había nadie a quien pudiera atribuírsela.

Intentó comprender lo que ocurría, pero una profunda somnolencia lo arrastró hacia una región donde los pensamientos perdían sus contornos.

Cuando volvió en sí, el sol violeta ocupaba una parte del firmamento.

No sabía cuánto tiempo había transcurrido. Quizá el tiempo había dejado de ser una medida, o quizá era él quien ya no sabía medirlo. Miró sus manos, si aquellas formas eran realmente manos, y descubrió que podía moverse con una facilidad desconocida. La gravedad, que alguna vez debió imponerle sus límites, parecía ahora el recuerdo de una antigua costumbre.

Pensó, sin temor, aunque tampoco sin asombro: He muerto.

Se volvió hacia un lugar donde no había nadie. Sin embargo, tenía la certeza de que una inteligencia lo observaba. No podía verla ni escucharla, pero su presencia era evidente.

—¿Quién eres? —preguntó—. ¿Quién soy yo?

Las preguntas parecieron alejarse de su pensamiento y llegar hasta aquello que lo rodeaba.

—Somos tus iguales —respondió una presencia.

No era exactamente una voz. No había sonido, pero el significado estaba allí, completo, como si alguien hubiera depositado las palabras directamente en su conciencia.

—¿Y quién soy?

Hubo una pausa que no supo medir.

—Eres la transformación de lo que fuiste.

Quiso recordar. Buscó una infancia, un rostro amado, una casa, una voz que alguna vez lo hubiera llamado por su nombre. Algo se movió en la profundidad de su conciencia, pero no llegó a convertirse en recuerdo. Solo quedó una vaga impresión de haber vivido.

Comprendió entonces que podía haber perdido mucho más que su cuerpo.

Y, sin embargo, no se sentía vacío.

Aquellas presencias parecían rodearlo con una atención silenciosa. No lo interrogaban ni le exigían explicaciones. Su llegada era recibida como si hubiera alcanzado un lugar al que, de alguna manera, pertenecía desde antes de conocerlo.

Volvió a sumergirse en un sueño.

Se vio convertido en una semilla suspendida en una dimensión sin suelo ni horizonte. No sabía quién la había sembrado ni de dónde procedía. Solo sentía que algo en ella comenzaba a despertar. La semilla se abrió.

Brotó hacia una claridad nueva. Sus raíces buscaron una tierra inexistente. Creció sin saber qué era crecer, hasta que la sensación de ser parte de algo mayor se volvió inseparable de ser él mismo.

Era individuo y totalidad, fragmento y organismo. No necesitaba comprender aquella contradicción. Le bastaba experimentarla.

A su alrededor se extendía una realidad que apenas comenzaba a descubrir. Había formas, presencias, posibilidades que su antigua inteligencia no habría sabido nombrar. Nada le resultaba familiar y, sin embargo, nada le parecía ajeno. Entonces comprendió que no había llegado a un final. Tampoco sabía si aquello era un comienzo.

Quizá la diferencia entre ambas cosas solo existía en la mente de quienes todavía necesitaban medir el tiempo.

Por primera vez, no buscó una respuesta. Se volvió hacia sí mismo, hacia aquella presencia que había permanecido cuando los recuerdos se apagaron.

Y pronunció la única palabra que parecía pertenecerle:

SOY.

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