La gente comenzaba a abarrotar el bajo techo El Fogón. La actividad estaba pautada para las tres de la tarde.
—Esto es increíble —dijo el Mayor, uno de los organizadores—. Este lugar está casi lleno y ahora es que van a ser las doce del mediodía.
La orquesta daba los últimos toques para comenzar.
—A esta gente hay que entretenerla de alguna forma —dijo el Mayor en voz baja—. Voy a decirles a los animadores que comiencen con la lista de promesas.
—¡Señoras y señores, bienvenidos a este acto histórico de lanzamiento de la candidatura del Salvador de la Patria! ¡Que se oiga la bulla! Vámonos ubicando. La comida viene en camino. ¡La orquesta está preparadaaaa! Se siente, se siente, ¡el Matatán está presente! ¡Que se oiga!
—Eto parece que se va a dai bueno —dijo un chinero que estaba justo a la entrada principal.
El lugar estaba totalmente lleno. Desde las tres regiones principales del país seguían llegando guaguas.
A doscientos kilómetros de allí, en una oficina con aire acondicionado, el candidato observaba las imágenes en un celular.
—Estamos ganao, líder. No cabe ni un mandao. Y eso que ahora es que van a ser la una de la taide.
—Eso se ve peligroso —dijo el candidato, muy preocupado—. Llamen al asesor. Creo que lo mejor es cancelar con cualquier excusa. Ya el palo está dado.
En las inmediaciones de El Fogón, el ambiente comenzaba a alterarse. La gente se empujaba, la policía tuvo que retirarse, los equipos de socorro estaban colapsando y la comida no llegaba.
Los mil pica pollos que había prometido un empresario eran lo único que había llegado. No pudieron repartirse: las fundas volaron por los aires. Algunos de los más agüereados alcanzaron una que otra presa. Los fritos terminaron aplastados.
—Dice el asesor que usted tiene razón. Lo mejor es no asistir. Mañana se convoca una rueda de prensa y se explica que el candidato sufrió un accidente y que, por esa razón, fue imposible presentarse —dijo el asistente por teléfono.
El Mayor escuchó aquello por el radio de uno de los miembros de seguridad. Se quedó mirando el bajo techo, reventado de gente.
—¿Y quién va a pagar las guaguas? —preguntó en voz baja.
Nadie le respondió.
Abajo, el griterío ya no era de campaña:
—¡Agua, agua…!
—¡Me carteriaron!
Mientras tanto, la orquesta, sin nadie que la dirigiera, repetía el himno del candidato:
«Se acabaron los problemas, llegó el hombre… Adelante, pueblo, adelante, a votar temprano».

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